No hay verdades absolutas
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No hay verdades absolutas

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No hay verdades absolutas

06/01/2020
Actualización 05/01/2020 - 23:20

Vivimos un tiempo fascinante. Delante de nuestros ojos el mundo se transforma. Está cambiando el clima, se están replanteando las relaciones entre hombres y mujeres, el capitalismo y la democracia están en crisis. La rebelión de las masas, vislumbrada por Ortega y Gasset hace casi cien años, ha vuelto a escena, aunque ahora sus actores no se reconocen como masa sino como ciudadanos o activistas. No sabemos a dónde desemboquen estos cambios. No sabemos siquiera si están ocurriendo para bien o para mal. Lo que sí sabemos es que son cambios necesarios. “Espera veneno del agua estancada”, escribió hace siglos el poeta William Blake.

En México no somos ajenos a esa ola transformadora que sacude al mundo. Estamos inmersos en un vertiginoso tiempo de cambio. Vivimos en la historia (somos la historia) y ésta siempre está en movimiento, es problemática e impredecible. El cambio en nuestro país adoptó, por cuestiones que tienen que ver más con la propaganda que con la coherencia histórica, el membrete de la cuarta transformación.

A la mayoría de la gente, hasta ahora, le gustan estos cambios. A la minoría –una minoría creciente– nos disgusta el rumbo que van tomando las cosas. No hay ventanillas de reparto de dinero para la clase media, como sí las hay para la clase pobre: el gobierno reparte a cerca de 21 millones de personas distintos tipo de apoyo económico. Científicos, artistas, pequeños empresarios y empleados fuimos dejados de lado. Y nos quejamos, claro, con los medios a nuestro alcance: prensa, radio, redes sociales. Cada acto del nuevo gobierno recibe nuestro desprecio y nuestras burlas, nuestro más profundo escepticismo.

Hasta ahora el reclamo ha sido estéril. Las marchas que se han organizado van creciendo en número pero aún son pequeñas. La oposición no logra todavía articular propuestas atractivas. Esperar a que aparezca un líder equivale a sentarse a esperar un milagro. No se formula aún una agenda opositora poderosa. Nos disgusta la 4T, por llamarla de alguna manera, pero hemos sido incapaces de ofrecer alternativas. Con quejas, burlas y descalificaciones no se construye nada.

Una característica del presidente López Obrador es que define todo en términos absolutos. No matiza. No reconoce la inmensa gama de grises. Se es corrupto o impoluto. Conservador o liberal. Amigo o enemigo (Carl Schmidt). Estás conmigo o contra mí. Eres pueblo o fifí. Aliados o adversarios. Esa lógicas binaria funciona bien desde el poder. Lo ideal sería que López Obrador gobernara para todos, pero le basta y sobra con el apoyo de los suyos (reflejada en los poderes Legislativo y Judicial). No admite lealtades a medias. O se supeditan servilmente a su gobierno o se les combate, se les insulta, se les restringe el presupuesto, se usan las redes para acosar, amenazar, linchar.

Esa lógica desde la oposición no sirve para nada. La descalificación total del presidente y sus políticas provoca una reacción negativa entre quienes lo apoyan. ¿No ha hecho nada, absolutamente nada positivo? ¿Todo, desde el principio, ha estado mal? Apunto algunos elementos que me parecen positivos: el impulso y la probación de la reforma laboral; la eliminación del seguro médico privado a los funcionarios del gobierno; los aumentos al salario mínimo no han provocado inflación; logró la firma del T-MEC; detuvo la migración centroamericana; la inflación está controlada; las tasas de interés están bajando; se disminuyeron impuestos en la frontera; no ha nacionalizado empresas ni ha controlado los precios; no ha combatido la globalización ni el libre comercio. Criticamos con fuerza, tildándolos de electoreros, los programas sociales y el reparto de dinero en efectivo, pero no hemos atendido el posible beneficio a los que reciben esos apoyos.

Esta larga lista no quiere decir que este gobierno no ha cometido errores: el crecimiento del 0%, los más de 30 mil muertos y la cancelación del NAIM son, a mi juicio, los peores, pero no los únicos. Podría hacer una lista igual de larga con ellos pero ahora lo que quiero señalar es otra cosa. Si queremos comprender a este gobierno (y no se le combatirá eficazmente si no se comprenden sus razones) debemos abandonar esa lógica de blanco y negro. Dejemos esa estrategia binaria a los políticos, cuyo negocio es provocar adhesiones o rechazos.

Brindo un ejemplo difícil. ¿Por qué el gobierno defiende a Bartlett? El dictamen absolutorio de la secretaria Sandoval es ridículo. El costo de mantenerlo en el gobierno es muy alto. ¿Por qué aferrarse a un personaje así? Bartlett representa el nacionalismo priista que está en las raíces de Morena. Desprenderse de él se leería como una renuncia a esas razones nacionalistas. Ha logrado convencer al presidente de que él, que ya no espera nada en lo político, puede recobrar la soberanía energética para el Estado. Por eso lo defiende el presidente. Es más útil hacer la crítica de esas razones que seguirnos mofando del personaje. Maticemos. Analicemos. Construyamos alternativas.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.