Los mártires de la IV transformación
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Los mártires de la IV transformación

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Los mártires de la IV transformación

28/01/2019
Actualización 28/01/2019 - 12:34

Ciento catorce muertos en Tlahuelilpan, decenas de heridos graves, un número indeterminado de desaparecidos y cero detenidos. Este es el verdadero rostro de la IV transformación: la impunidad.

La impunidad es el rostro más visible de la ausencia de un Estado de derecho. No somos un país que respete la ley y el nuevo gobierno va en camino de profundizar ese desprecio.

Ha dicho López Obrador en repetidas ocasiones: nadie por encima de la ley. Pero él puede mandar a comprar en Estados Unidos, sin licitación alguna, pipas para transportar combustible. “No licitamos porque no tenemos problemas de conciencia, porque no somos corruptos”. Que en los hechos se traduce en: “Nadie por encima de la ley, salvo Yo”.

El sexenio formalmente comenzó antes del 1 de diciembre. Comenzó con el fraude en el fideicomiso de los damnificados del temblor. Vimos todos los videos que mostraban la maniobra mafiosa. No importó. Un Tribunal medroso y amenazado (con reducir sus sueldos) absolvió a Morena. Primer acto: A pesar de la evidencia, el Tribunal absolvió al partido del presidente.

Segundo acto: Para justificar la cancelación del nuevo aeropuerto y poco después para avalar la construcción del tren maya inventaron unas consultas fraudulentas. ¿Por qué las organizaron antes y no después de asumir formalmente el poder? Para colocarlas fuera de la ley y que no pudieran ser impugnadas en los tribunales.

Tercer acto: Se afirma con voz grave e impostada que el NAIM era un nido de contratos fraudulentos, que la corrupción era tal que su hedor hacía insoportable continuar esa obra manchada. ¿Se castigó a los empresarios y contratistas mañosos? Por el contrario, se les ofreció participar en las obras de la adaptación del aeropuerto militar de Santa Lucía. Gran castigo.

Cuarto: Se ordena en diciembre la disminución de las importaciones de combustible, esto provoca desabasto. La gente en las ciudades hace largas colas. En el campo, la gente desesperada pica los ductos para obtener gasolina. Uno de esos ductos estalla. Hay más de cien muertos: calcinados, irreconocibles. Y no hay un solo responsable. Ni los militares que no pidieron refuerzos para contener a la gente. Ni los operadores de Pemex que tardaron horas en cerrar el ducto. Ni el director de Pemex ni la secretaria de Energía, que son los que provocaron el desabasto que derivó en la tragedia. Ni el presidente que ordenó tales medidas. No hay culpables. Se murieron y ya. Mártires de la IV transformación. En vez de castigo, la popularidad del presidente aumentó. Premiamos al que se coloca por encima de la ley porque nos representa. “El pueblo elige a los políticos que se le parecen”, escribió Malraux.

¿Antes era diferente? Así es. Se violaba la ley mediante artimañas jurídicas. Se torcía el espíritu y el cuerpo de la ley. Ahora no: se pasa por encima de la ley con el pretexto de la superioridad moral. Gran transformación: pasamos de la hipocresía al cinismo.

El ser humano organiza su vida y construye su visión del mundo mediante narrativas. Inventamos historias que justifiquen nuestras acciones. Las grandes religiones funcionaron y funcionan como relatos del fin y del comienzo, y de esos relatos se desprenden normas de vida. La IV transformación –concepto histórico grandilocuente y vacío– no tiene otra función que establecer una nueva narrativa, agotada ya la fuente legitimadora priista que fue la Revolución mexicana. Si la primera transformación (la Independencia) nos ofreció libertad, la segunda (la Reforma) el imperio de la ley, y la tercera (la Revolución) la justicia social, la cuarta nos ofrece el cuento de la lucha contra la corrupción.

Toda narrativa comienza con un hecho fundacional. En este caso la nueva nación decidió asentarse sobre un gran acto de impunidad, al que el presidente gusta llamar –bueno como es él para las fórmulas pegajosas– del “Punto final”, que no es otra cosa que perdón para los corruptos del pasado.

Cuando Fox asumió el poder una discusión dividió a su gabinete, la disyuntiva era: perseguimos a los corruptos (posición que defendían Adolfo Aguilar Zínser y Jorge Castañeda), o nos hacemos de la vista gorda y llevamos la fiesta en paz (como sugería Fox y el resto del gabinete). Se optó por lo segundo. No cayó ningún pez gordo. Conocemos el desenlace de la historia: las manzanas podridas del sistema acabaron por corromper la voluntad de cambio de la presidencia foxista.

Ahora, dicen los panegiristas del gobierno, será diferente. “No perseguiremos a los corruptos del pasado porque no habría cárceles para contener esa multitud de maleantes”. El argumento es ridículo, pero la gente de Morena se siente muy a gusto con él. “Punto final a los huachicoleros de cuello blanco de Pemex”, ha ofrecido López Obrador. Punto final es el que Morena aplicó al diputado de Hidalgo que asesinó a un taxista al impactarlo con su vehículo mientras conducía ebrio.

El verdadero nombre de la IV transformación es Impunidad.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.