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Lo peor

23/03/2020

Estamos en la inminencia de lo peor. Nos decimos: ya viene. La enfermedad, la muerte. Se llevará a cientos, tal vez a miles. Se llevará a conocidos, a mí o al presidente. Se cebará en los viejos, y más aún: en los viejos que son pobres. ¿Se pudo haber enfrentado la emergencia del Covid-19 de otra manera? Desde luego. Vendrá la muerte y tendrá consecuencias.

Después del temblor de 1985 la sociedad tomó la iniciativa frente al pasmo del gobierno. Tres años después esa sociedad consciente e irritada le dio el triunfo –no reconocido– a Cuauhtémoc Cárdenas en la elección presidencial como forma de castigar al PRI. Morena se juega en el presente lance sanitario el resultado de las elecciones de 2021. Si salen mal las cosas, si se dispara el número de enfermos y muertos, si se desborda la solicitud de camas, respiradores y medicinas, todos recordaremos la lentitud de estos días, saldrán a relucir los videos del presidente y su gabinete minimizando la pandemia, abrazando, besando y mordiendo a la gente. La impunidad hasta ahora los ha acompañado. Nadie les reclamó los 135 calcinados en Tlahuelilpan. Ahora es distinto, ¿lo es? ¿Podremos llamarlos a cuentas?

Lo peor está por venir. Cuando se haya mitigado el azote de la pandemia en nuestras tierras y podamos hacer el balance de qué pasó y quién nos falta, tendremos que actuar frente a la crisis económica y social que se avecina. Una crisis que viene de fuera y que nos sorprende muy mal preparados para enfrentarla. No existe un clima de confianza para invertir. Este fin de semana, en Baja California, se llevó a cabo una consulta popular que impulsó el propio presidente López Obrador, no organizada por el INE, para determinar la suerte de la mayor inversión privada que se ha hecho en la historia de esa región. Desconozco al momento de escribir esto los resultados de la consulta. Pero son predecibles sus efectos: ¿qué empresa querrá arriesgar su capital si en cualquier momento el gobierno cambia las reglas del juego y somete a consulta la inversión? Estamos hablando, en el caso de la cervecera de Baja California, del mayor inversionista en México en los últimos cinco años. La historia del NAIM se vuelve a repetir, con un agravante: no se trató ahora de una afectación a la inversión pública sino privada. En plena crisis global, una consulta que mina aún más la confianza de los inversionistas. Algo está haciendo muy mal la oficina de Alfonso Romo.

López Obrador, antes de tomar posesión como presidente, soñaba con un México distinto. Se trataba a todas luces de una fantasía. Convocaría a todos los mexicanos a un gran acuerdo nacional de concordia mediante el cual se alcanzaría la anhelada paz. Bajo su guía moral, el pueblo mexicano se transformaría una vez más, por cuarta ocasión, ahora para bien. Pero no ocurrió el milagro. La corrupción, bandera de su proyecto de gobierno, ha quedado manchada con el caso de Bartlett y los contratos sin licitación otorgados a mansalva. Otra fantasía de López Obrador tenía que ver con su movimiento. Él creía que su triunfo, su ascenso al poder, traería una etapa de purificación nacional. Los miembros de Morena serían ejemplo de casta y probidad, de corrección ideológica y de entrega incondicional. Ofrecieron trabajar sábados y domingos, reducirse el sueldo, en sus ratos libres asistir a pintar las paredes de colonias pobres. López Obrador los soñó con mística. Pero ésta no apareció. En su lugar tenemos a la gente de Morena: improvisados, chambones, soberbios, con inocultables ínfulas de poder.

La enfermedad y su contagio nos hará ser testigos de actos generosos y egoístas de la gente, y de acciones eficientes o desorganizadas de las autoridades. En tres meses veremos a un gobierno más débil e impopular, o bien fortalecido –depende de cómo encare lo que viene. No sabemos, por ejemplo, en un escenario de máxima tensión producido por los efectos de la pandemia y la parálisis económica, qué consecuencias tendría uno de los cíclicos actos de horror y violencia que ocurren en México. El mundo del crimen tiene su propia inercia y no se va a frenar por el Covid-19. En este contexto en nada ayuda la personalidad del presidente, paranoico, irritable, amenazante, verbalmente incontinente.

La globalización, a través de un virus, nos está mostrando una de sus facetas más oscuras (las otras son la agudización de las desigualdades y el poder trasnacional de las grandes corporaciones.) Los países están cerrando sus fronteras y se aconseja a las personas no salir de sus casas. La globalización contribuyó a extender la pandemia y es muy probable que la globalización (en forma de vacunas y tratamientos) nos ayude a enfrentarla.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.