Las palabras importan
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Las palabras importan

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Las palabras importan

07/01/2019

Las palabras tienen peso e historia. Importan en la esfera común, pero sobre todo en la vida pública. Las palabras, como los actos, tienen consecuencias. No se puede torcer su significado impunemente. O tal vez sí. Tal vez eso significa la “cuarta transformación”, un estado donde el significado de las palabras deja de importar.

¿Cuándo el Presidente dice fifí qué quiere significar? Busca degradar, asestar al oponente un término que denota afeminamiento (Sandra Barba, Eduardo Huchín, El retorno del fifí, Letras Libres, 241). Busca también representar lo opuesto: el que manda es viril, el macho que puede. El que cancela aeropuertos y construye trenes porque él es el que manda, mientras que los que se oponen a sus designios son afeminados y poco hombres. Dice López Obrador que fifí significa junior conservador. Es decir: las palabras significan lo que yo quiero. El lenguaje sirve para aplastar al crítico, al que se opone a su proyecto. Bajo el gobierno de López Obrador es lícito agredir e insultar, degradar el lenguaje público.

Hasta que no se realicen nuevas mediciones, la impunidad criminal en México ronda el 97 por ciento. Se puede hacer casi lo que sea sin la menor consecuencia. Si insultas a los ciudadanos, te reafirman como director de un organismo cultural. Si eres un constructor corrupto, te cancelo unos contratos aquí y te asigno otros allá. Borrón y cuenta nueva, dice el Presidente. La impunidad criminal tiene su correspondencia perfecta con la impunidad declarativa del nuevo gobierno. Vamos a rescatar el lago. Pero no hay lago. No vamos a tirar ni un solo árbol con el tren maya. Pero el tren atravesará una selva. Vamos a ser totalmente transparentes con la caída del helicóptero que provocó la muerte de dos prominentes miembros de la oposición. Pero hasta el momento no se ha exhibido ni un solo documento técnico que avale que se trató de una falla mecánica o que no hubo explosivos. En este caso la transparencia significa total opacidad. Las palabras significan su contrario.

Abrazos, no balazos, ofreció el Presidente antes de que nos enteráramos de que se dotará a la Guardia Nacional con armamento de alta letalidad. Repite constantemente en sus conferencias amor y paz, y en seguida califica de mezquinos y canallas a sus adversarios. No solamente ha degradado el lenguaje público sino que ha vaciado de contenido las palabras. Le llama “consulta democrática” a un ejercicio viciado y fraudulento. Afirma que respetará la división de poderes y poco después trata de imponerles sus caprichos (que nadie gane más que yo, porque yo soy superior a todos ustedes). Afirma que respetará los organismos autónomos y enseguida les reduce el presupuesto. Sostiene que no habrá nepotismo en su administración y designa como Embajadora de México en Estados Unidos a la tía de su esposa. A pesar de que está dando pasos para militarizar al país y de sus reiteradas agresiones a la prensa independiente, los fascistas son los otros. El lenguaje para López Obrador es un instrumento para distorsionar, para engañar y ocultar, para degradar.

Un ejemplo muy claro de todo lo anterior lo brinda Enrique Krauze en el extraordinario ensayo (El presidente historiador) que publica Letras Libres en el número que celebra su vigésimo aniversario. En él, Krauze demuestra, mediante un exhaustivo análisis de sus libros dedicados a la historia de México, el uso instrumental que López Obrador da a la palabra liberal. “El presidente López Obrador se declara liberal, pero en su declaración de identidad hay una petición de principio: es liberal porque él dice que lo es (o porque le sirve para señalar a sus críticos como conservadores), no porque pruebe serlo”.

Asistimos cotidianamente a una devaluación del lenguaje desde el poder. La propaganda sustituye a la información. Las “benditas redes sociales”, intervenidas y manipuladas desde el partido del Presidente, repiten mentiras mil veces para intentar transformarlas en verdades. Frente a esto la sociedad no puede mantenerse indiferente. Una vía ciudadana para contrarrestarlo consiste en rescatar el lenguaje de su uso como instrumento político de control. Las palabras deben volver a importar. Es una cuestión de higiene verbal y social.

No debemos permitir que el insulto y la mentira se expandan, debemos impedir esa metástasis social. Debemos marcar un alto a la impunidad declarativa. Si el Presidente degrada el lenguaje, imitar sus modos y dichos es la peor de las soluciones posibles. En Estados Unidos se crearon foros para registrar las mentiras y contradicciones presidenciales. Debemos replicar aquí ese instrumento. No debemos caer –ni los medios ni los ciudadanos– en las bravuconerías machistas y derogatorias del gobierno actual. No debemos permitir que se siga devaluando el lenguaje público. Si en una sociedad las palabras dejan de significar, pronto dejarán de importar las personas que las dicen.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.