Las ocurrencias oficiales
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Las ocurrencias oficiales

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Las ocurrencias oficiales

02/03/2020

“Ocurrencias” y “oficiales” son dos palabras que jamás debieran aparecer juntas. Palabras que deberían repelarse como dos imanes. No en México. Aquí los caprichos son órdenes, proyectos y ley.

Que Margo Glantz dirigiría el Fondo de Cultura, se anunció. Pero el presidente, todavía en su calidad de “electo”, se encontró con Taibo en un acto callejero y al verlo se le ocurrió decirle: “¿Quién mejor que una gente como tú sustituya a Carreño?” Margo Glantz por decencia se hizo a un lado. Taibo se hizo del rogar pero finalmente, pese a no tener preparación alguna para el cargo, aceptó. Había un problema: nació en España. ¿Problema? Ninguno: que se cambie la ley. Los corifeos presidenciales aplaudieron y justificaron el capricho. Los aguerridos diputados se sometieron con gusto al presidente. Cambiaron la ley a satisfacción del amo. Taibo asumió la dirección del Fondo y lo festejó con obscenidades. Hoy practica la extorsión –o aceptas que te descuente el 20 por ciento de lo que ya vendí o Educal no te vuelve a distribuir– con las editoriales pequeñas. Eso sucede cuando las ocurrencias se vuelven oficiales.

Ocurrió lo mismo con el aeropuerto de Texcoco. López Obrador dijo que aquello era un enorme foco de corrupción (Jiménez Espriú meses después lo desmentiría), pero en realidad lo que quería era mandar un mensaje a quienes él consideraba que se creían “los dueños del país”. Inventó una consulta fraudulenta para justificar su capricho. Miles de millones de pesos a la basura. La confianza de los inversionistas se vino al suelo, y ahí sigue. Se suspendió la avanzada construcción del aeropuerto y se comenzó a construir otro, porque lo digo yo. Al presidente lo “calienta” (lo excita, lo molesta) que The Wall Street Journal diga que México es “el país de un solo hombre”. Pero en Texcoco impuso su capricho, aunque lo avalara con un millón de votos en una consulta hechiza (instaló casillas en zonas remotas de Chiapas pero no en las zonas donde vive la gente que acostumbra viajar en avión). País de un solo hombre que nos impone sus caprichos. Como el de promover a su paisano, sin ninguna experiencia en el ramo, como director de Pemex. Esa ocurrencia presidencial nos costó 346 mil millones de pesos, que es la cantidad que Pemex perdió en 2019.

El movimiento surrealista, cuyos miembros querían insertar la lógica de los sueños en la realidad, creía en la inspiración, en la iluminación súbita. Un rayo de gracia. Un instante que se abre y nos muestra una revelación. Una idea caída del cielo. La inspiración es propia de artistas, no de políticos. Los políticos deben sustentar sus planes de gobierno con estudios, consultas y complejas deliberaciones en las que deben intervenir diversos sectores sociales. No es el caso de López Obrador. Es fama que el presidente no escucha, que sólo hace caso si su interlocutor reafirma lo que él dice. La crítica –todos los hemos visto hasta la saciedad– lo irrita, lo saca de sus casillas. Para no aceptar los comentarios adversos, miente con sus otros datos. Cuando toma una decisión es imposible hacerlo cambiar de parecer. Muchas de sus determinaciones son meras ocurrencias. Ideas sin sustento. Megaproyectos que no cuentan con estudios de viabilidad económica, ni medioambiental, ni de ningún otro tipo porque son proyectos –Tren Maya, Dos Bocas, Santa Lucía– hijos del capricho. La inspiración vuelta política de Estado.

Algunas de sus ocurrencias se agotan en sus conferencias matutinas. Otras se convierten en proyectos y hasta en megaproyectos. Y unas más se convierten en ley, como la Guardia Nacional. ¿De dónde nace la estrategia de seguridad, llamémosle así, del abrazo y el perdón? ¿De un estudio que demostrara con cifras su impacto positivo? No, de las creencias religiosas del señor presidente, de ocurrencias nacidas de su fe. ¿Y qué tiene de malo que provenga de esa fuente? El año pasado murieron más de 34 mil personas de forma violenta. El periodo más sangriento de nuestra historia reciente. Una pacificación letal. Este es el costo de un capricho convertido en ley.

Aeropuertos, refinerías, trenes, programas sociales, ocurrencias, caprichos, puntadas. Algunas ya rayan en lo ridículo como la rifa del no-avión presidencial. Más allá de que se rían de nosotros fuera de México, el asunto es preocupante por el bajo nivel de la ocurrencia. ¿Y si mañana se le ocurre algo peor, algo aún más ridículo? En su entorno no hay nadie que le diga que no: es la hora que usted diga, señor presidente. Nadie en su partido. Ninguno de sus diputados y senadores. No lo hará uno de sus más fervientes admiradores, el ministro Zaldívar. La inspiración le llegará tarde o temprano. Algo se le ocurrirá en uno de sus interminables viajes. Una idea refulgente. Prístina. Resplandeciente. O no, a lo mejor se le ocurre una tontería mayor, como la que provocó el desabasto de medicinas para los enfermos de cáncer. Una tontería mayúscula. O varias. Ocurrencias oficiales de un solo hombre.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.