El señor del gran poder
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El señor del gran poder

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El señor del gran poder

16/07/2018
Actualización 16/07/2018 - 11:29

Un gran número de mexicanos decidió entregarle el poder absoluto a una sola persona. Sin contrapesos que estorben su real voluntad.

Supeditadas las cámaras legislativas, en proceso de autosupeditación los medios, los gobernadores podrían haber representado un sano contrapeso al excesivo poder presidencial: eso antes de que se anunciara que serán los coordinadores regionales los que detentarán el poder real en los estados.

Aunque sólo un tercio (30 millones) de los posibles votantes (90 millones) votó por López Obrador, nuestro entramado institucional le otorgará la autoridad para hacer leyes a modo y detentar el monopolio de la violencia oficial. Su único límite será él mismo. Su espejo, su gran consejero.

Nunca sabremos qué habría pasado si el gobierno de Peña Nieto no hubiera empleado todos sus recursos en contra de uno de los contendientes de esta elección. La mancha de haber llegado al poder con la aquiescencia del gobierno federal, para decirlo con un clásico, “no se limpia ni con toda el agua de los océanos”. Los otrora críticos del modo fraudulento de llegar al poder ahora no esconden su satisfacción de haber llegado “haiga sido como haiga sido”.

Es preocupante que un amplio número de miembros del sector empresarial haya decidido poner en práctica la obediencia anticipada, consistente en anunciar su colaboración absoluta con órdenes que no se han dado. “En tiempos como estos, los individuos se anticipan a lo que querrá el gobierno (...) se ofrecen sin que nadie se los pida. Un ciudadano que se adapta de esta manera está enseñándole al poder lo que es capaz de hacer. La obediencia anticipada es una tragedia política” (Timothy Snyder, Sobre la tiranía, Galaxia Gutenberg, 2017).

Después de un largo y sinuoso camino de terracería democrática, nos encontramos de vuelta en el umbral de una nueva presidencia imperial. Hartos del PRI, regresamos a la institución más acabada del priismo: la presidencia sin contrapesos. Secretarios de Estado serviles, legisladores levantadedos, prensa genuflexa, empresarios cooperativos.

Por más diques que se pongan, por más tuberías que se impongan, dicen que el río vuelve siempre a su cauce. La gran mayoría de los países de Europa del este que recobraron su libertad política luego de la desaparición de la Unión Soviética han regresado a gobiernos de signo autoritario. La misma Rusia, luego de siglos de dominación zarista y soviética, ha optado por una presidencia semidictatorial.

¿Existe un modelo profundo, autoritario y vertical que norma el ejercicio del poder en México? ¿Estamos fatalmente condenados al poder del tlatoani, del virrey, del caudillo, del señor presidente? Quisiera creer que no. Que los hombres somos libres para elegir. Que las sociedades son igualmente libres para decidir su destino. Y sin embargo... Kafka cuenta la historia de una fiera que todas las mañanas recibe de su domador latigazos que la obligan a ejecutar todo tipo de suertes. Harta del castigo impuesto, un día la fiera le arrebata el arma al domador. Desde entonces, cada mañana, se puede ver a la fiera azotarse ella misma con el látigo.

Vuelvo a la pregunta: ¿Existe una estructura mental profunda que nos predisponga al autoritarismo? Si vuelvo a insistir que no, tengo que explicar por qué una y otra vez regresamos al modelo autoritario. Por qué, si durante décadas padecimos 'el carro completo', volvimos a entregarle a una sola persona el control del Congreso. Por qué, si nos costó tanto trabajo ganar espacios al periodismo independiente, hoy vemos cómo los medios críticos agachan la cabeza. En principio, creo que no se trata de un fenómeno mexicano. Que los visos del retorno del poder absoluto no son una manifestación de una estructura política piramidal enclavada en nuestro ser. Que se trata de un fenómeno mundial. Que lo que ocurre en México está sucediendo (con obvios matices y diferencias) en Estados Unidos y en muchos países de Europa. Que el modelo chino responde también a ese patrón: un poder que restringe las libertades políticas, pero conserva las libertades económicas. Que lo que estamos viendo –la ola populista– ya lo sufrimos en los años treinta del siglo pasado. Esto es, que si vemos que el regreso del autoritarismo ocurre en otros lugares y ha ocurrido en otros tiempos, significa que no es un fenómeno exclusivamente mexicano y que no responde a una profunda impronta histórica de siglos. Quiere decir que no estamos condenados al tlatoani ni al virrey ni al caudillo ni a repetir la presidencia imperial del PRI. Que, aunque ahora no podamos verlo porque el oleaje está muy alto, tenemos una nueva cita electoral en tres años.

La gran lección de la democracia es que nadie gana ni pierde para siempre. Nada está decidido fatalmente. Podemos volver a elegir. Para refrendar, para cambiar. La Historia no tiene guion. Estamos, decía Sartre, condenados a ser libres. La libertad es nuestro verdadero y auténtico destino.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.