El segundo año
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El segundo año

02/12/2019
Actualización 02/12/2019 - 15:14

El primer año de gobierno, pese a lo mal que estuvo, me parece que pudo haber estado mucho peor. El presidente López Obrador ha reconocido que necesita “un año más” para lograr la transformación con la que sueña, por lo que es probable que el segundo año que apenas comienza profundice sus errores –la autocrítica y la corrección de sus equivocaciones no son lo suyo.

Es indudable que anacrónicamente se le seguirá apostando al petróleo como palanca de desarrollo: dilapidando recursos en Dos Bocas (que este año ya se inundó) y continuando con la prohibición a realizar sociedades con la iniciativa privada para la extracción de combustible. Continuaremos echando dinero bueno al malo, lo que probablemente nos cueste el grado de inversión. ¿Qué va a pasar si esto ocurre? Aumentará el peso de la deuda de Pemex, que ya es inmensa. Es muy probable que México pierda su calificación soberana.

En vez de arreglar los muchos problemas que heredó, el gobierno de López Obrador los ha multiplicado. Lo podemos ver en el tema de seguridad. Sin duda alguna este gobierno “heredó” problemas, pero una muy mala lectura de la realidad (una lectura ideológica de la realidad) ha conseguido aumentar la cifra de muertes dolosas (31 mil 632 al corte de octubre) y catapultar la extorsión y el secuestro.

En energía y seguridad ocurre lo mismo que con la economía (que puntualmente crítico nada menos que el exsecretario de Hacienda de López Obrador): se ponen en práctica proyectos irracionales sin viabilidad económica. ¿Qué quiere decir esto? Que se cumplen los caprichos del presidente, por costosos que sean. Sus principales colaboradores señalan que jamás, antes de presentar un plan o estrategia, consulta con asesor alguno. Eso sí, el pastor evangélico que lo acompaña y con el que reza diario en Palacio Nacional, dice que López Obrador acostumbra hablar mucho con Dios. No sería extraño que algunos años más tarde nos enteráramos que proyectos tan delicados como el de la seguridad (que desarrolla nociones como el perdón y el abrazo y no el balazo a quien nos ofende) tuvo una inspiración “divina” y no una planeación racional.

La fórmula que López Obrador aplica a sus colaboradores en la administración pública (10 por ciento de capacidad, 90 por ciento de honestidad) me parece que con justicia se le puede aplicar al mismo presidente. A ese 10 por ciento de capacidad podemos atribuir el 0.0 por ciento de crecimiento y los más de 30 mil muertos de su incipiente gobierno.

Vamos mal, pero probablemente vamos a estar peor en un año y recordemos estos tiempos como de bonanza.

López Obrador prometió que en tres años nuestro sistema de salud sería comparable al de los países nórdicos. La realidad –desabasto de medicamentos, recortes en el presupuesto y suma ineficiencia– nos aproxima más a un país africano. Algo parecido al crecimiento económico: López Obrador prometió que creceríamos al seis por ciento y hoy ya bordeamos la recesión. Al respecto el presidente ha resultado igual o peor que sus antecesores: promete y no cumple. Con un añadido: como Trump (con el que presenta desagradables afinidades) nuestro presidente miente con descaro y de forma cotidiana. Un organismo independiente lleva contabilizadas más de 12 mil mentiras en sus primeros once meses de gobierno.

Tenemos un presidente que miente por vicio y al que le gusta derrochar dinero en fiestas para autocelebrarse. Es comprensible. La prensa internacional se burla de sus políticas y descalifica sus ocurrencias. Las “benditas redes sociales” le han dado la espalda. Pese a todos sus intentos de asfixiar económicamente a la prensa, ésta se muestra combativa y crítica. Contrariamente a cualquier gobierno anterior, en su primer año de gobierno han abundado las marchas en su contra. Si él no gasta millones para celebrarse, ¿quién lo haría?

¿Qué nos espera este segundo año de gobierno? Es tal la cantidad de problemas acumulados que no es improbable que para no hacerles frente ponga en práctica una “fuga hacia adelante”. Que radicalice sus propuestas ante el temor de que sea votado y botado en la autoimpuesta consulta para la revocación de mandato. Veremos una cascada de iniciativas de ley, ocurrencias plasmadas en la Constitución. Veremos que las muertes violentas, la extorsión y los secuestros continúan a la alza (los delincuentes ya le tomaron la medida a su estrategia timorata). Veremos también cómo entramos de lleno a la recesión: los programas sociales no son un motor económico. Nos tocará también ser avergonzados testigos de la presión que Trump ejercerá sobre nosotros debido a que su campaña para reelegirse necesita un blanco fácil y débil.

Un segundo año peor que el primero. Un presidente radicalizado. Una economía por los suelos. El crimen organizado como poder indiscutido en vastas zonas del país. Desabasto, desorganización, casos de corrupción e impunidad. Pobre México, en manos de un presidente honesto pero incapaz de enfrentar los retos de México en el siglo XXI.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.