El Presidente Piedra
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El Presidente Piedra

20/05/2019

De joven, mientras cursaba la universidad, Andrés Manuel López Obrador era conocido como Piedra, por su tozudez, por su obstinación y necedad. Las cosas hay que hacerlas como él quiere. No escucha a los expertos. Habla delante del espejo y dice que escucha al pueblo.

¿Y qué le dice el pueblo? Dice que no quiere un nuevo aeropuerto, que lo que quiere es béisbol. ¡Qué casualidad! Lo mismo que él quería en sus tiempos de estudiante. “Piedra decía que él quería hacerse beisbolista profesional. Era un buen fildeador y lo demostraba cada fin de semana” (Jorge Zepeda, Los suspirantes, 2018).

Se redujo el presupuesto para las estancias infantiles, para el tratamiento del cáncer cervicouterino, para los brigadistas que combatían los incendios, pero eso sí: se gastarán dos mil millones de pesos para promover el béisbol en el país, para formar jugadores y entrenadores (Forbes, 6/Mayo/19). “Piedra no era malo; bateaba bien, pero sobre todo dejaba el pellejo para atrapar una bola”, dice un compañero suyo de esos años de formación. Lo suyo no era el estudio sino el béisbol. Escribe Zepeda: “Con frecuencia no iba a la Facultad de Ciencias Políticas porque prefería quedarse a dormir en su cuarto”. Soñaba con ser una estrella del deporte. Por eso ahora en nueve de las 100 universidades para el Bienestar, el Presidente ordenó que se impartiera la “licenciatura en béisbol”.

Una de las universidades donde ya se está impartiendo esta importante carrera está ubicada en Tabasco, que casualmente es el estado donde nació el señor Presidente. También es de Tabasco el actual director de Pemex, que fue puesto en ese cargo sin tener mayores méritos para dirigir una de las empresas petroleras más grandes del mundo. Es paisano del Presidente y con eso basta. Es cierto que Pemex vende cada vez menos petróleo y que las calificadoras internacionales desconfían de su viabilidad, lo cual es muy injusto porque no saben que México ya cambió y desconocen todo lo que Pemex está haciendo para combatir la corrupción, que es muchísimo. Por ejemplo, hace poco se reveló que la nueva coordinadora de Procura y Abastecimiento para Transformación Industrial de Pemex, Reyna María Basilio Ortiz, fue hace tiempo inhabilitada por 15 años para ocupar un cargo público por “autorizar adeudos de obras no reconocidas” en la Línea 12 del Metro (Reforma, 17/Abril/19).

Otro caso notable en relación a la lucha contra la corrupción se dio en la fallida licitación para construir la refinería de Dos Bocas, uno de los proyectos emblemáticos de infraestructura de este gobierno, casualmente también situado en la tierra de origen del primer mandatario. Originalmente se rechazó la opción del concurso abierto porque, a decir del Presidente, se prestaba a la corrupción. Convocó entonces a cuatro empresas a presentar sus proyectos. Sin embargo, a esas cuatro empresas “se les relaciona con diferentes casos de corrupción en el mundo”. El Presidente afirmó que esas empresas “son de las más serias que hay en esta materia”. A pesar de ello, al día siguiente de la declaración presidencial, y ante el señalamiento de corrupción de esas empresas, Rocío Nahle reconoció que “la selección no se hizo basada en que son la Madre Teresa de Calcuta, pues ninguna empresa constructora en el medio puede estar tan limpia” (Gatopardo, 21/Marzo/19).

Finalmente ninguna de estas cuatro empresas (las “más serias” pero “no tan limpias”) pudo cumplir con los requerimientos de costo y tiempo. Así, la refinería, contra todo pronóstico, contra la opinión de los expertos, sin estudios de impacto ambiental, luego de haber causado un gravísimo daño ecológico con la destrucción de manglares, la construirá Pemex en Dos Bocas.

El proyecto recuerda la empresa delirante de Fitzcarraldo, el singular personaje de la película homónima de Werner Herzog. A Fitzcarraldo se le metió en la cabeza erigir una monumental sala de ópera en la selva brasileña, pese a la imposibilidad de transportar los insumos para construirla a través de los ríos amazónicos. Siguiendo la filosofía del “me canso ganso”, Fitzcarraldo ordenó que el voluminoso barco que transportaba los materiales fuera cargado en vilo por entre la selva para librar un escollo fluvial. A costa de un esfuerzo increíble, se cumplió la hazaña. Fitzcarraldo es un símbolo de la tozudez.

¿Por qué una ópera en la selva? ¿Por qué construir una refinería sobre terrenos pantanosos? Porque lo digo yo. Porque así lo quiere el pueblo. No hay estudios de impacto ambiental pero ya se hizo la consulta respectiva y el pueblo dijo que sí. Sí al nombramiento del director de Pemex por ser paisano. Sí al proyecto descabellado de refinación en Tabasco. Sí a la condonación de pagos de luz en el estado de nuestro Presidente. Sí a la Universidad del béisbol en su tierra. Porque sus ocurrencias ningún experto es capaz de quitárselas de la cabeza. Y que a nadie se le ocurra decir que apoyar de ese modo al terruño es un acto de corrupción, porque en México ya no hay corrupción, dice la Piedra.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.