El ambicioso sueño de un político
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El ambicioso sueño de un político

10/12/2018
Actualización 10/12/2018 - 14:00

Como México no hay dos sino muchos. Procesos populistas no sólo lo padecemos nosotros, sino varias decenas de países en el mundo. Nuestro caso tiene particularidades, por supuesto. Pero en general participa de un movimiento internacional no articulado de gobiernos populares autoritarios y semiautoritarios.

Una onda sísmica-política que parte de un epicentro (la crisis económica de 2008) y va expandiendo su impacto en el planeta. No somos los únicos. López Obrador es nuestro avatar local. Comparte con otros rasgos que los identifican: exaltación del líder carismático, apropiación del micrófono público, fabricación de verdades alternativas, reparto de dinero público, la confrontación como forma de hacer política, la movilización social permanente, el desprecio al orden legal, su autodesignación como los representes únicos del pueblo, la cancelación de las instituciones de la democracia liberal (Estos puntos, que retratan con fidelidad nuestro presente populista, los describió Enrique Krauze en 2005).

Este 'movimiento internacional populista' es una reacción al dominio e inmediatez de los mercados mundiales, al creciente control de las grandes corporaciones trasnacionales, al agotamiento del modelo liberal y a la globalización. Nos faltan muchas cosas por ver. Por lo pronto, hemos sido testigos de cosas que parecían imposibles, como la presidencia del populista Trump. Y lo que falta: no es difícil que, como fruto de la crisis actual, Le Pen suceda a Macron. Todavía no es posible prever el alcance del tsunami populista.

En algún momento se detendrá la ola. Gobernarán algún tiempo. Vendrá el desgaste y las crisis. Puede durar 30, 18, seis o tres años. Se trata de un fenómeno político mundial. Mientras no cambien las causas que le dieron origen (agudización de la desigualdad, zonas económicas deprimidas permanentemente, desempleo estructural, pervivencia de la pobreza extrema) será muy difícil revertir el proceso en el que estamos inmersos.

En México, la particularidad de nuestros populistas será el relevo de la democracia representativa por instrumentos de la democracia directa. Sobre todo dos: la movilización callejera y las consultas populares. Un ejemplo de lo que viene es la manifestación oficialista convocada para protestar contra el fallo de la Suprema Corte respecto al sueldo de los funcionarios. La movilización, la presión y la intimidación popular serán recurrentes. Por otro lado, por el lado de las consultas, es una garantía parcial el que las organice el INE, porque este actuará sobre las nuevas reglas que habrá redactado Morena en el Congreso.

Ejemplos de democracia directa (la arena perfecta para los demagogos) hay muchos en la historia, no es un fenómeno nuevo. Más interesante es preguntarse: ¿cómo terminan las democracias directas? La respuesta está en Tucídides. En primer lugar por la abstención popular. Luego por la corrupción. Y finalmente por la demagogia. Las democracias suelen morir no por agresiones externas, mueren por sus demagogos, y tenemos uno en el poder.

A estas alturas del partido (y eso que apenas arranca) tenemos claros varios de sus rasgos más representativos: concentración del poder, intento de control de los órganos autónomos, presión al Poder Judicial, vuelta a la política petrolera y movilidad constante por el país. También tenemos claro que los partidos de oposición jugaran un papel de diques, más que de contrapesos del poder. A la sociedad civil organizada le corresponde proponer ideas alternativas a las oficiales, vigilar las acciones del gobierno, verificar sus cifras, criticar sus excesos. Es imposible prever cuál será el desarrollo de la natural tensión entre el nuevo gobierno y los diferentes actores sociales. Se trata de un sistema complejo. La cuarta transformación no es un designio fatal, se trata de un sueño, del ambicioso sueño de un político tabasqueño.

López Obrador ganó las elecciones, nos decimos, por la 'casa blanca' y Ayotzinapa, por la ineficiencia del gobierno y por la corrupción, por supuesto, pero también ganó por su audacia, su capacidad de aprender de sus errores, su tenacidad de acero, su capacidad de tejer alianzas con Dios y el Diablo, su lenguaje sencillo, su sensibilidad popular y su capacidad para comunicarse mediante símbolos. El personaje importa. La importancia del individuo en la historia que tanto negaron ahora la vemos en pleno ejercicio. La encarnación de la biografía del poder.

Importa el personaje e importa el mundo para entender nuestro presente. La psicología y la geopolítica. Lo local y lo universal. En 1950, Octavio Paz escribió que ya éramos contemporáneos de todos los hombres. Ese presente compartido implica que las complejidades del mundo son las nuestras, que las ondas sísmicas-políticas nos afectan, que estamos inmersos en una globalización inevitable, para bien o para mal.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.