Vivir de “temporadas”
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Vivir de “temporadas”

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Vivir de “temporadas”

02/07/2019

Uno. La crítica, exasperada o serena, al consumismo capitalista (creación de “falsas necesidades”), centrada en el Auto del Año, podría dilatarse a los medios electrónicos (y no sólo a estos), en cuanto temporada. La obsolescencia en estado puro.

Dos. Así sucedió con el vértigo de atención al asesinato, en Lomas Taurinas, Tijuana, de Luis Donaldo Colosio, candidato presidencial de un PRI que se había escindido para imponer la previa candidatura de Carlos Salinas. Asunto de la mayor relevancia sometido al igual que otros al “úsese y tírese”. ¿Qué quedó en pie pasado el rebumbio? No pocas cosas.

Tres. El arrepentimiento de don Carlos, de que su dedo destapador apuntara en dirección de Colosio, en el elenco de la “sucesión pactada”. El descomunal berrinche de Manuel Camacho, uno de los desechados, plenamente convencido de que, a él, a él y a ningún otro, le correspondía “La Grande”. La descomposición del clima político por motivos endógenos (el sueño del primer mundo vuelto pesadilla) y exógenos (el surgimiento de una guerrilla indígena, ideada por un profesor que se moría de aburrimiento en su cubículo universitario).

Cuatro. El distanciamiento creciente entre destapador y destapado, en marcha ya el Tratado de Libre Comercio signado por México, Estados Unidos y Canadá. El pronunciamiento de un discurso público que, se especuló, marcaba la raya entre pasado y futuro. La autopromoción de Camacho como negociador con el EZLN, lo que atrajo sobre su persona cámaras y micrófonos. El desacierto de programar un acto de campaña en un sitio que cobraría los tintes de emboscada. La ausencia en Lomas Taurinas del coordinador de la campaña, retenido en la Ciudad de México.

Cinco. Todo esto se mostró, comentó, “consumió” con fecha de caducidad. De suerte que se perdió, a fe mía, la oportunidad de escudriñar la naturaleza del Crimen de Estado.

Seis. Mera hipótesis. A lo archisabido, autor material visible, autor intelectual en la sombra, condición irresoluble (si no, no se trataría de Crimen de Estado, fraguado con todas las agravantes, una de ellas su impune misterio), habría que añadir el de las condiciones políticas de su ejecución. Esa rumorología, entre verdad y especulación, que envenena y que funde comisión y omisión, las dos especies del tipo penal.

Siete. Más allá del dato cierto de la entrevista del entonces gobernador de Sonora con el asesino, de la especulación de los “muchos Aburtos”, sigue privando la noción del psicópata solitario. Lo que falta de precisarse es el caldo de cultivo de su irrupción homicida. De un lado, la descomposición en la élite, el resurgimiento público de Camacho, de súbito Príncipe de la Paz, y la especie creciente de una substitución del candidato priista; del otro, la elección de Lomas Taurinas, sitio en el que frustraría, como sucedió, la logística de seguridad y protección de Colosio.

Ocho. ¿Doy vuelo a la imaginación, sustentada en la buena impresión de Luis Donaldo, en el contexto de una comida a la que nos invitara en su propia casa el Dr. José Narro, a un grupo de colegas pumas (recuerdo a Mari Carmen Serra Puche, a Rodolfo Rivera, a Elisa García Barragán), con el propósito de elaborar un plan cultural? No.

Nueve. Reparo en la oportunidad perdida, en medio del consumismo exprés del caso Colosio, de ahondar en sus circunstancias todas. Y en sus consecuencias, directas e indirectas.

Diez. La imposición, a la postre, con todo y el protagonismo de un Camacho al que se le quemaban las habas, como sucesor de Salinas, de Ernesto Zedillo, quien, también a la postre, nos resultaría más norteamericano que mexicano. Lo que a lo mejor explicaría su ansiedad por anunciar, adelantándose al órgano electoral, el triunfo electoral del PAN en 2000. Forma de ganarse puntos entre los “head hunters” del otro lado de la frontera.

Once. La rusticidad primitiva del foxismo y del calderonismo. Testimoniado el primero, no obstante, con un negociazo privado: el complejo San Francisco del Rincón (centro de convenciones, hotel boutique, albercas, spa); y, el segundo, con un baldón público: la Estela de Luz (“Pus”), en el estratégico punto simbólico en el que Reforma conecta con el Bosque de Chapultepec (hoy por cierto en manos de un escultor mimado mudado arquitecto del paisaje).

Doce. El peñanietismo: experimento mercadotécnico de Televisa, neosalinismo modernizador, canto de sirena, acicate de una ira social que no tiene para cuando, plataforma de un disque nuevo PRI tejido con gobernadores bandoleros, el Paso de la Muerte en Cuernavaca, los escándalos (plagados de indicios delatores) de la casa blanca, la Estafa Maestra, el teje y maneje brasileño.

Trece. Y el desbarajuste actual.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.