Subterfugios y excusas
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Subterfugios y excusas

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Subterfugios y excusas

01/07/2020

Uno. Toda una especialidad (la neta), con cara de palo, impasible a lo Buster Keaton, es la profesión de salirse por la tangente. Y quizá el recurso más antiguo, pero todavía eficaz, es el de tender una cortina de humo. Si el tema es incómodo, o comprometedor, salgo con otra cosa.

Dos. Recurso, muy usado en la política, aunque no sólo en la política, sino, de hecho, en cualquier campo en el que se rehúya, ora la asunción de responsabilidades, ora la rendición de cuentas. Me constriño a la vida pública.

Tres. Una vez practicada, la técnica de la cortina de humo, puede mudarse segunda naturaleza del ejecutante. Basta una revisión de declaraciones y entrevistas a lo largo del confinamiento para encontrar perlas a porrillo. Descubrimiento, empero, casi siempre extemporáneo, sobrepujado por otras humaredas. A una sigue otra, y a ésta una más, y la última es apenas la penúltima.

Cuatro. Matiz un tanto perverso, en la “polaca”, consiste en que la “otra cosa” se escale de tal manera, que el asunto de origen quede reducido a polvo. Se habla de que tal o cual medida incurre en la arbitrariedad y se contesta con el peregrinar por el país de Benito Juárez, con la República y su carruaje a cuestas.

Cinco. Juego de lenguajes opuestos, pues, cuyas paralelas jamás llegan a juntarse.

Seis. Antigua asimismo es la maña de la victimización. Acuso, incluso exagerando, al que me acusa; el alguacil sale “alguacilado”. Para que la próxima vez se lo piense dos veces, o de plano admita que es inútil cualquier señalamiento. Ir por lana y salir trasquilado.

Siete. No menos exitoso es el traslado al pasado de los desastres personales del presente. Con la ventaja de asumir un papel reparador, justiciero. Sobre todo, si el pasado, o ya pasó irreparablemente, o se le obturó la posibilidad de defenderse. En esto, juega importante papel la desmemoria ambiente.

Ocho. Insisto que, en cualquiera de los casos anteriores, el papel de la impasibilidad resulta definitivo, al grado de constituir el 50 por ciento del argumento distractor, ahíto de disculpas. Si la expresión facial vacila, duda, el teatrito de viene al suelo.

Nueve. En este recuento, otro subterfugio al uso y al abuso es el de “no me acuerdo”. ¿Yo dije eso, cuándo? ¿La prensa, no habrá puesto en mi boca algo que no dije?

Diez. Salida, sumamente difícil de desmontar porque en la memoria subjetiva, personal, no hay forma de meterse. Podrán abundar las pruebas en contrario, periodísticas, testimoniales, ¿pero qué hacer? ¿Cómo rayos desmentir a quién jura y perjura, no recordar?

Once. En este mismo campo se encuentra el que aduce haber entendido chueco un asunto de interés general. ¿Cómo penetrar en su conciencia para demostrar lo contrario? Y de malentendidos está adoquinado el camino del infierno.

Doce. Lo indudable es que lo que antes era excepción, se va convirtiendo en regla. Ya no asombran la desmemoria, la contradicción entre lo dicho ayer y lo sostenido ahora, el cinismo de la opacidad y la incongruencia.

Trece. Y si nos asomamos a la praxis burocrática, el panorama no resulta menos deplorable. Por ejemplo, el “colgarse” de lo que ocupa la atención pública, sin que importen ni el ridículo ni la redundancia ni la inutilidad. Lucirse con algo de lo que hablan hasta las piedras (si está usted pensando en el Covid-19, acertará).

Catorce. Y está la nueva moda de que, frente a un problema, en vez de tratar de hallarle solución, se le somete a una encuesta. Sin que importe que no se esté capacitado para hacerlo, ni si la metodología empleada corresponde a otro sector. Forma por demás descarada de invocar al “tío lolo”.

Quince. Total, de lo que se trata es de taparle el ojo al macho y engrosar el informe de trabajo. La burocracia, alta o baja, trabaja y discursea para sí.

Dieciséis. Es así como la vida pública se ha convertido en amplio repertorio de subterfugios y excusas. La cara del político, del funcionario, dura, sin alterarse un músculo, con una “altura de miras” que otea lo que no puede, ni sabe otear, el resto de los mortales.

Diecisiete. Savo las redes sociales. Bendecidas cuando conviene, maldecidas cuando no.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.