¿Sombra nada más?
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¿Sombra nada más?

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¿Sombra nada más?

30/11/2018

Uno. Vicente Quirarte y yo solemos reunir a nuestros respectivos seminarios del Posgrado de la Facultad de Filosofía y Letras, para una sesión conjunta, al término del respectivo semestre. Esta ocasión, adelantamos la fecha. Tema: La sombra del caudillo de Martín Luis Guzmán. Novela, versión periodística, película. Resumo mi intervención.

Dos. Mi familia taxqueña no era intelectual. La madre, figura predominante, diseñadora y empresaria de modas. El padre, del que se divorciaría en el fragor de una especie de guerra civil (él, con el apoyo de la policía municipal, ella con la del destacamento militar), galán desafortunado del Cine Nacional, Edad Dorada. El padrastro, primero futbolista, después entrenador del Emperador de los deportes patrios, hoy por hoy alicaído.

Tres. En el librero doméstico, no sé por qué, libros sobre la caterva asesina nazi, y ediciones ilustradas de la Segunda Guerra Mundial (que mi hermana Guadalupe, la futura historiadora Guadalupe Curiel Defossé, cuando tenga uso de lectura, y yo mucho antes, devoraríamos de cabo a rabo).

Cuatro. Amén de las inevitables colecciones de Selecciones del Reader’s Digest (en la sección Novela, mis preferidas siempre tenían que ver con el asunto de la fuga, de cárceles, de campos de concentración, de la vida de pueblo chico). Y Salgari y Verne. Y, contribución del padrastro (y entrañable amigo cómplice) a la magra librería familiar, Memorias de Pancho Villa de un tal Guzmán. Libro que no me prendió.

Cinco. Y no porque estuviera yo al tanto (¿cómo diablos iba a estarlo?) de los “asegunes” de su factura (si era puro cuento chino, si la verdadera autora era la escritora y amante de Guzmán Nelly Campobello, o, en el otro extremo, si el voluminoso libro era el verdadero monumento de Doroteo Arango, a la sazón malquisto por la historia oficial priista). Simplemente, no se contó, ni se contará en lo futuro, entre mis obras dilectas de Guzmán.

Lo que no obstó para que le dedicara espacio, en mi tesis de Maestría La querella de Martín Luis Guzmán.

Seis. Mi verdadera iniciación en la obra de Guzmán (que me llevará a Reyes que me llevara a Torri que me llevará a Vasconcelos que me llevará a/), la deberé, en realidad, a las clases de Mario de la Cueva, en Derecho Laboral y Derecho Constitucional. La brillante obsesión de don Mario por el contexto social de los textos legales, me descubriría a la Revolución Mexicana y a sus autores, y me revelaría, junto a El águila y la serpiente y a La sombra del caudillo, al agudo crítico político Guzmán (a quién, ya investigador-filólogo, dedicaría no pocos de mis afanes, a él y a su constelación portentosa).

Siete. Y estaban por venir, Febrero de 1913 (muerte política de Madero), quedándonos a deber la segunda parte, la muerte física; y Apunte sobre una personalidad, autobiografía en segunda persona, probadita que no haría otra cosa que excitar el apetito del lector. Y ya entrado en gastos, reparé en que debería de revisar y publicar la tesis de doctorado, que me dirigiera Rubén Bonifaz Nuño, y que le ofrendara al novelista e historiador de difícil clasificación: Clío soldadera. Guzmán y la historia de México.

Ocho. Respecto a la novela, en su momento impulsaré, en coedición de la UNAM con Porrúa, la salida de la versión periodística de La sombra del caudillo, otra de las contribuciones de Juan Bruce- Novoa a los estudios de la literatura mexicana,.

Nueve. Mi relación con el filme, también era de larga data. Mi generación jurídica, la de 1962-1966, asistió, en la Ciudad de México (¡qué CDMX ni qué ocho cuartos!), a la Segunda Revuelta Cultural del Siglo Veinte Mexicano, y en CU, a la ebullición del Cine Club. Fue en ese contexto, que por primera vez vi la película La sombra del caudillo, ya enlatada por el Gobierno o a punto de serlo.

Diez. Por último, recordé mi reparo a la colocación permanente de la cámara, de abajo hacia arriba, cuya motivación comprendería con el paso del tiempo. Lo que el director, Julio Bracho, nos brindaba, al modo del Muralismo de Rivera, Orozco y Siqueiros, era un Mural en movimiento de un Episodio Nacional. Y que, transcribí y di a la publicidad, el discurso de don Martín en el set de los Churubusco, antes del primer “pizarraso”. El escritor hablaba como escribía. Respirando al modo clásico comas, puntos, puntos y comas, puntos finales.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.