Ruta Zócalo-Chapultepec
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Ruta Zócalo-Chapultepec

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Ruta Zócalo-Chapultepec

21/04/2020

Uno. Me acucian, estas semanas de obligado confinamiento, el disfrute paseante de la Ciudad de México (de la que tenemos menos literatura, testimonios, recopilaciones fotográficas, cine y video, archivos sonoros, de los que demanda), y el simple y llano libre tránsito previsto constitucionalmente. Luenga ha sido nuestra relación. De ella he escrito Paseando por Plateros (la avenida, no el conjunto de torres y barrio), Junto a los escombros, sanación del terremoto de 1985, e innumerables crónicas; conducido Paseos Literarios, oficiales y espontáneos (los dedicados a Manuel Gutiérrez Nájera en colaboración con Belem Clark); y en la vena de una multi disciplina humanista que no rehúye la participación de ciencias geológicas, y que he bautizado Filología Urbana, he organizado “lecturas” de sus zonas Centro y Sur. Bajo la visión de niveles: subsuelo, suelo, cielo. En nuestra cultura ancestral: interconectados.

Dos. Si la Plaza de Armas, a la que dan Palacio Nacional, Catedral y Cabildo, guarda el corazón de la historia capitalina; con la Pirámide circular de Cuicuilco (me pongo banal: frente a Perisur), del estallido furioso del volcán Xitle (“Big Bang” de bolsillo), y del imponente Cerro del Ajusco (narrado casi con mirada religiosa por M.L. Guzmán), nace un comienzo que apenas exploramos, o cuya vulgata popular peca de tímida.

Tres. El caso es que, en el tintero, siguen aguardándome dos caros proyectos: la crónica de la caída de la Gran Tenochtitlán vencida por los arcabuces, los caballos, los navíos españoles; y un recorrido a pie de la ruta Zócalo-Chapultepec (y anexas), diferido por razones varias. Me detengo en este último, con la venia del lector de El Financiero. Llegué, en una primera tentativa, a proveerme, de una bolsa, ropa excursionista y cómodos tenis.

Cuatro. En su diseño inicial, incluía la noche en el no hacía mucho inaugurado Gran Hotel de la Ciudad de México que, en tiempos porfirianos, ocupara el Centro Mercantil (y que junto con Al Puerto de Liverpool, El Palacio de Hierro y Fábricas de Francia, conformaban un proto Centro Comercial, conjunto al que sólo faltaban techos de cristal para semejar una galería parisiense), e iniciar la jornada con el espectáculo de la Jura de la Bandera a mitad de la amanecida plancha, alguna vez ajardinada. Según decisión de último momento, bajaría en dirección de San Juan de Letrán (si tenía suerte, encontraría un fotógrafo callejero que consignara la hazaña urbana que arrancaba), por Madero o por Cinco de Mayo. ¿Desayuno? Quizá La Copa de Leche. O El Palacio de los Azulejos.

Cinco. Paseo caprichoso, con virajes, ralentizado, y una sola directriz: la línea Avenida Juárez (con a lo mejor un asomo a la Avenida de los Insurgentes), seguida por el Paseo de la Reforma (¡aquel Paseo de la Reforma sin desfigurar!), hasta el final de la singladura: el Bosque de Chapultepec. Entre los virajes, a la izquierda, la Colonia Juárez para constatar lo que quedaba de la Zona Rosa, y a la derecha, la Colonia Cuauhtémoc y sus calles-ríos. Obligados: el recorrido de La Alameda (lejos le quedaba ese desafortunado Anexo en el que mal conviven una fuente dentada, burdos remedos Luis Barragán, y espacios hoy ocupados por jóvenes bailarines urbanos, figuras reflejadas por la cristalería de los comercios); la exploración visual morosa, detallista diría, del Ángel de la Independencia…

Seis. Antes, curiosidad cineasta, los “lugares de la memoria”: los sitios de los cines Alameda, Del Prado, Paseo, Roble (el de las Reseña de Festivales, congregando en la última función a la “intelectualidad” que había crecido una barbaridad y, claro, a Luis Buñuel, dios de la tropa del grupo de Nuevo Cine), Latino, Chapultepec. Ya a esta altura, evocaciones del Restaurante Chapultepec y sus “vistas” a los Leones de la entrada al Bosque milenario, el edificio de la Secretaría de Salud, hito Art Deco (¡que nunca se venga abajo!), la sucursal de las Librerías del Cristal (fuente de lecturas iniciáticas). De cajón, el recorrido de mi Zona Cero (véase FC, confidencial): donde estuvo el edificio con el departamento que compartiera con el actor Manuel Ojeda, el restaurante Csardas, mi café habitual, la panadería. Calle de Río Atoyac (para que no se me ocurriera olvidar el estado de Guerrero).

Siete. Si el recorrido lo hiciera en estas fechas, “grafitearía” in mente con insultos la estulta “Estela de Pus” que simboliza el salvaje calderonismo y su aguada celebración del bicentenario de la Independencia y centenario de la Revolución. Y larga reflexión me impondría el recuerdo del sitio original de La Diana, mi confidente antes de que ambos nos mudáramos. Ella expulsada por el Anillo Interior, yo por las nupcias que me llevaron a la Colonia del Valle (tres años después a Europa, con larga estancia londinense). Chapultepec sería una ruta dentro de la ruta: el elevador por el que ascendía “Don Perfidio”, el mirador del Alcázar, el Museo del Caracol, la Casa del Lago, los lagos, el lugar del ferrocarril, la Calzada de los Poetas…

Ocho. En estos afanes memoriosos (de los que pido mi limosna), me afano en la reclusión con motivo de la pandemia que le está bajando los humos al planeta. Y que dará lugar, espero, a mejor época.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.