Retrasemos el reloj
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Retrasemos el reloj

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Retrasemos el reloj

11/04/2019

Uno. Empecemos por la Revolución, sus vasos comunicantes con el Porfiriato, sus dos oleadas (la de 1910-1914 y la de 1914-1920), sus variantes (política, campesina, obrera, cultural), sus facciones, su agenda social redistributiva, su avanzada Carta Magna, su estética (novela, pintura, música), su reconversión en gobierno en disputa y su salida electoral: el Partido Nacional Revolucionario (1929).

Dos. Admitamos sus fases: Revolución, Contrarrevolución, Post revolución y Desinstauración de la Revolución Mexicana. De 1910, con sus claros antecedentes magonistas, reyistas y maderistas, a 1920, la primera fase; de 1911 a 1917, la segunda; de 1940 a 1968, la tercera; de 1968 pal’real la cuarta. Admitamos, también, la existencia de sus dos partidos históricos: el citado PNR y, en la otra orilla, el PAN (1939). Respecto al Partido Comunista Mexicano, me temo que nunca pasó de “Cabeza sin proletariado” (y que me perdone don Pepe Revueltas, tan coyunturalmente de moda, el cambio de factores que sí altera el resultado).

Tres. Quedémonos con los dos partidos históricos. ¿Qué “se fizo” de ellos? El PNR, tendrá un hijo, el Partido de la Revolución Mexicana (PRM), y un nieto, el Partido Revolucionario Institucional (PRI). El PAN se meterá en transformaciones sin cuento, unas luminosas como la del triunfo electoral en Chihuahua (1988), otras contra natura como su alianza con el PRD en las elecciones pasadas. Sin olvidar, en el Poder Supremo, administraciones panistas rústicas, primitivas, como la de Fox, que al fin saboreó el éxito empresarial (la vida llevaba sin dar una), y las de Calderón, al que le dio por jugar a “los soldaditos” (2000-2012).

Cuatro. Detengámonos en el PRI. ¿Partido de Estado en sus mejores tiempos, dueño del cotarro, sin oposición real, en su gloria el “desarrollo estabilizador”? No. Conjeturo, más bien, Politburó al modo de la Unión Soviética y sus satélites. A la cabeza, un Ejecutivo Federal vertical y todopoderoso, remecido por los perfumes y venenos del Culto a la Personalidad (tan estalinista y después maoísta). Es en estas condiciones que a México se le distingue con la sede de los Juegos Olímpicos de 1968, el gran acontecimiento de la post revolución, que debió hacer sonar en Palacio Nacional todas las alarmas. Primera competición olímpica en América Latina, inauguraría la transmisión satelital.

Cinco. Por dineros y organización no se paró. Además, en un país de la tradición cultural del nuestro (cultura que ha terminado en cultura de resistencia), se añadió una Olimpiada Cultural que en primera instancia convocó a personeros de la Revuelta Cultural de los 60’s (literatura, pintura, teatro, cinematografía, pensamiento). Pero, ¿y el plano interno, plano social y político? Malas noticias. El arrasador PRI, con su Jefe Nato al frente, había cancelado la oportunidad, tres años antes, en 1965, de una medida elemental: reformarse (dar beligerancia a las regiones, reconocer e impulsar a las figuras políticas parroquiales). Así le fue (nos fue).

Seis. La falta de previsión estadista (el futuro existe, y puede cobrárselas), se desatan adversidades sin cuento. La llamada (llamarada) que recorría Occidente, transformar la vida, cuadriculada y pre programada de las ascendentes huestes juveniles clasemedieras (no hubo brotes ni campesinos ni obreros), se cifró en un Movimiento Estudiantil. La estable nave social empezó a hacer agua. Se soltaron los demonios atraídos por la atención planetaria de cámaras y micrófonos. Las contradicciones pasaron de excepción a regla. El México postergado reclamó lo suyo. De motivo de lucimiento y orgullo, la Olimpiada Cultural pasó a ocurrencia avergonzada. La simbiosis Ciudad de México-Instalaciones deportivas siguió el mismo camino. Premio: ese 2 de octubre en Tlatelolco tan permeado, aún, de “zonas oscuras”; una Oriana Fallaci herida en una pierna, dos veces vociferante.

Siete. Y estaban por venir: el desquiciado echeverriato, el Jueves de Corpus, el común desastre de la dupla López Portillo-De La Madrid, la disque visionaria tecnocracia salinista, los terremotos de 1985 y 2017, la Corriente Crítica del PRI, el levantamiento neozapatista en Chiapas subcomandado y subpoetizado, el asesinato de Donaldo Colosio (cuya dimensión trágico-política, estoy seguro, sobrevivirá a su banalización televisiva).

Ocho. Y de la Corriente Crítica del PRI, nacerán el PRD (y el PT y el PV entre otros partidos-cotos): y del PRD, MORENA. Y con el triunfo en todos los planos de MORENA, a sus tiernos cuatro años de nacido, esta situación presente, que no obstante el propósito de darle “línea” informativa cada 24 horas, no sabemos bien a bien cómo calificar con precisión (la precisión de un reloj): ¿maremágnum, tsunami, mainstrom, “despapaye”? Sociedad encrespada y dividida, azuzada. Crecimiento cansino del 2%. Autonomía de la Universidad Pública bajo asedio. Y paro (por ahora) el carro. ¿Cuarta Transformación Nacional? Me temo que no. No, mientras los malandrines recientes de la cosa pública vivan tan campantes (que sus directores de imagen hagan, por ejemplo, de EPN un jovenzuelo enamorado, en vez de un indiciado), y se baile al ritmo de Trump.

Nueve. Sólo la compleja y variopinta Revolución Mexicana, y su agenda, social, popular, vindicativa, se sostienen en pie.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.