Puro recuerdo
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Puro recuerdo

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Puro recuerdo

15/04/2020

Uno. Sin capacitarme (no entonces) en García Cubas, en González Obregón, en Sotomayor, en Novo, retorné, me instalé de fijo, en la Ciudad de México en la frontera de los 50 y los 60. Había vivido en Taxco de Alarcón a partir de los 3, 4 años de edad. Mi deseo, avidez, por la ciudad natal no tenía límites. Preferido se volvió el Centro (luego, cuando lo adquirió Carlos Slim, posesión más preciada que Telmex o Carso, Centro Histórico). Y, del primer cuadro (como también se le llegó a conocer), me aficioné a ciertos pasajes.

Dos. La Catedral, la Avenida Francisco I. Madero (paseada, cuando se llamaba Plateros, en las páginas de la historia urbana, ahora sí, y fijada en mi libro-álbum fotográfico Paseando por Plateros e innúmeras crónicas); desde luego el mismo “zócalo” (alguna temporada, ajardinado); las calles de Moneda, Correo Mayor, Academia; las de Argentina y Guatemala; la Plaza de Santo Domingo. Fuera del perímetro, la Alameda Central y sus Pérgolas, auténtico vestíbulo del corazón capitalino. Etcétera, etcétera. Se hablaba, en corto, de la “Capirucha”, y todavía no se imponía el vocablo “Chilango”. Quedaba el hábito de las compras sabatinas, la gente de punta en blanco.

Tres. La suerte me deparará laborar en la Suprema Corte de Justicia, lo que me hará medio residente de la zona y excursionista de Donceles en busca de libros de ocasión. Impuesto el recuerdo, traigo a cuenta la adquisición, y deslumbramiento, aunque frente a Bellas Artes, en la carcelaria Librería Porrúa (libros presos, separados del posible adquirente por un mostrador y empleados celadores), de novelas de Martín Luis Guzmán, y las memorias de José Ives Limantour y José Vasconcelos. Como se me impone la remembranza de caminatas, los fines de semana, de ida y vuelta, de mi departamento en la Calle de Río Atoyac (para que no olvidara el Estado de Guerrero, y que compartía con el actor Manuel Ojeda), en la Cuauhtémoc, al “zócalo”.

Cuatro. El Paseo de la Reforma, calle a calle, señorial, todavía de palacetes de escasos pisos, aún vestigio del Imperio de Maximiliano y del largo periodo reformista que ligó en el mismo impulso modernizador a Juárez, a Lerdo, a Díaz (que tanto se aficionara al Poder, hasta retenerlo décadas, y provocar la Revolución). Nada que ver la “skyline” del Paseo de la Reforma actual con el que evoco. Por Reforma desembocaba en Avenida Juárez, y por aquí derecho al Centro. La memoria se aguza si era noviembre y su luz vesperal.

Cinco. Del Centro, sus ritos, guardo recuerdos. En Palacio Nacional, la solemne llegada y retiro del “Preciso”, entre honores y clarinadas militares. La visita al mural omnihistórico de Diego Rivera, por esa escalera única (me esfuerzo por recordar, si en su espacio posó Angélica Rivera cuando Primera Dama, no, creo que no, aunque en Los Pinos sí). La asistencia, invitado por no doy quién, a una noche del Grito, cena incluida, momento estelar de aquel poderío presidencial. Las visitas al Henrique González Casanova, mi “practico” en las aparentemente calmas aguas unameñas, retenido en una oficina que preparaba los informes presidenciales. En su antesala, miembros de la Generación de Medio Siglo.

Seis. También tengo presente una memorable estancia (cena en los balcones, morosa charla) en el recién inaugurado Gran Hotel de la Ciudad de México. El tempranero izamiento del lábaro patrio contemplado (“médium shot”) desde los ventanales de la habitación. La monumental plancha del zócalo, abriéndose al día.

Siete. De la Corte, no olvido, no podría, los murales de Orozco; la recia, como de instalación militar, estructura del edificio, su sala de plenos; y está el pasado, pasado vivo, de que ahí bullía el mercado El Volador. De aquí me dirigí, curioso, turista, a recorrer, ora al monumento desafortunado a la Fundación de Tenochtitlán (a su caída contribuirían el zinc y el estaño que fabricaron balas y cañones, y extraído de las minas taxqueñas); y a recorrer, una vez restaurado, el Viejo Cabildo. De lejitos vi, en el 68, la apresurada, impuesta Ceremonia del Desagravio a la Bandera. La protesta de la burocracia acarreada a la plancha; las maniobras de los tanques llamados a la contención. En su momento, también atestigüé el “mojón”, tierra apelmazada que al regente Sentíes, en arrebato estético, se le ocurrió colocar en la base del asta bandera que preside monumental al “zócalo”.

Ocho. Todo lo anterior es puro recuerdo, lector, lectora. Lo que no cicatriza es la prepotencia, inconsulta, ignara, del funcionario salvaje que demolió las Pérgolas. Su librería De Cristal, fue la primera librería que visité, en la ciudad capital, a mi regreso.

Nueve. Y no me queda sino atribuir el texto, ejercicio casero de la memoria, al obligado confinamiento de esta temporada azarosa, inevitablemente apocalíptica.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.