Polis y Campus
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Polis y Campus

02/03/2018
Actualización 01/03/2018 - 22:00

Uno. O Estado y Universidad, Estado Mexicano y Universidad Nacional Autónoma de México.

Dos. Informo gustoso al lector de El Financiero que no hablo de oídas, como está ocurriendo con el trend topic del 68. Libros, artículos innumerables, he publicado sobre la UNAM y su contexto. Y he participado, durante lustros, en su política administrativa y académica, nada tersa. De los nexos Polis-Campus, me ocupo principalmente en La Universidad en la calle y Helicópteros sobre Ciudad Universitaria.

Tres. De igual número, dos, fueron las oleadas revolucionarias: 1908 (por el libro de Madero) a 1913 (Constitucionalismo); y de 1914 a 1940 (arranque, al término del cardenismo, el genuino, de la post revolución). En la primera oleada, la Revolución adopta a la porfirista Universidad Nacional de México, y con todo y la Decena Trágica y su trofeo sanguinario, Victoriano Huerta, se dan al interior del campus los combates por la autonomía. Nombre preclaro: Antonio Caso, ateneísta.

Cuatro. Durante la segunda oleada, dicha autonomía se consigue en 1929, pero en 1933 el Estado intenta que la UNAM se privatice. Lo que se impide, ya en la post revolución, con la Ley Orgánica de. 1945. En 1952 se inaugura CU, Ciudad dentro de la Ciudad que algún delirio quiere Estado dentro del Estado.

Cinco. Tan adopta, reconoce, el Nuevo Estado Revolucionario, social (por oposición al del Viejo Régimen, liberal), a la Universidad, que hace rector al ateneísta José Vasconcelos en 1921, camino a la SEP (¡ay, qué tiempos!); y le concede autonomía al claustro (condicionada, en 1929, pero plena en 1945). Y vaya si expresaba el consentimiento de la polis al campus, la citada apertura de CU (por no hablar de la reforma constitucional de 1980).

Seis. Las cosas estuvieron de esta manera. La lucha por la autonomía, primero del Ministerio de Instrucción Pública (después SEP), data del mismo mes de septiembre de 1910. Continúa con Madero y con Huerta. Y ya se sabe que a Victoriano Huerta, lo apoyaron no pocos intelectuales de postín.

Siete. Pues hete que su ministro educativo, Nemesio García Naranjo, consuma en la ley de 1914, la campaña contra el positivismo enderezada por el Ateneo de la Juventud, campaña a la que incluso atrajo al mismísimo Justo Sierra. Episodio éste, el de la ley del 14, poco atendido por los especialistas.

Ocho. Aunque muy nuevo Estado Revolucionario, podemos advertirle sin embargo una clara tendencia privatizadora de la UNAM. Si no en la ley de 1929, la de la autonomía, sí en la de 1933.

Nueve. Aduciéndose la concentración de los esfuerzos en la educación elemental, a la UNAM se le otorgan por única vez 10 millones de pesos y se le deja a la suerte de la privatización. Se abre así un tenebroso período de asambleas frenéticas y remuda, o redundancia, de rectores. Nudo gordiano que se rompe en pedazos en 1945.

Diez. Contra la ocurrencia abracadabrante de algunos logreros, que la tachan de “vieja”, la Ley Orgánica de 1945 es, a la par, blindaje y técnica del cambio (si el cambio, como solemos decir, es para cambiar, no saltar hacia atrás, o a los lados izquierdo o derecho). Fija la vinculación autónoma de la universidad pública con el Estado, sin que este último pierda su correspondiente obligación financiera.

Once. Divide a las autoridades en individuales y colectivas, entre las últimas el Consejo Universitario, los Consejos Técnicos y los Consejos Internos (la amplia avenida, no siempre transitada, de la colegialización). Traslada la designación del Rector, del “asambleísmo”, a una Junta de Gobierno. Lleva a sus consecuencias últimas la triple, integral, misión universitaria: enseñar, investigar, difundir.

Doce. Sanciona la razón de ser del campus, su nexo social, la atención de las condiciones y problemas nacionales.

Trece. De la investigación y la difusión me ocuparé en la última entrega de esta serie.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.