Otras manifestaciones, mismo gobierno
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Otras manifestaciones, mismo gobierno

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Otras manifestaciones, mismo gobierno

17/03/2020

Uno. Los días 7, 8 y 9 de marzo, la Ciudad de México se cubrió de manifestaciones femeninas. La jornada del 9 consistió en un paro: Un día sin nosotras. En la ruta se atravesó el Día Internacional de la Mujer (8).

Dos. En conjunto: preparativos de todo tipo: Festival de Poesía por Primavera; Festival Sonoro en ‘Las Islas’ de Ciudad Universitaria; evocaciones por la Declaración de Beijing (1995). Predominio del tema en los programas de comentarios de radio y televisión, y de opinión en la prensa escrita. Granito en el arroz: reaparición del retrógrado sacerdote Juan Sandoval. Impresión dominante: punto de inflexión.

Tres. Para el sábado 7: desfiles ciclistas, marchas, concentraciones, sectores. Anuncio de la marcha del día 8, “Juntas y organizadas”; su composición. Al frente, familias víctimas de feminicidios; seguidas de madres con hijos de 12 años o más; luego un contingente de mujeres; en cuarto lugar, grupos mixtos pertenecientes a agrupaciones; y por último, grupos mixtos sin pertenencia. Itinerario: salida en el Monumento a la Revolución, parada en la Antimonumenta (Alameda Central), arribo en el Zócalo.

Cuatro. Dos anuncios de la jefa de Gobierno: despliegue de 2 mil 710 elementos del Grupo Atenea, y, para el sábado, partido femenino de futbol Pumas-Cruz Azul. Manifestaciones y marchas actuales, evocan aquella vestida de blanco para atajar secuestros y violencia desatados. Recuerdo que el grupo con el que asistí, aguardamos a la vanguardia a la altura de la Torre Sears, que se colmaron las calles que conducían al zócalo, el zócalo mismo, en una jornada que para variar exhibió desacuerdo. Gobernaba la ciudad, el actual Ejecutivo federal. La descalificación, entonces, fue: “pirrurris”; al presente, con menor enjundia, “conservadores”.

Cinco. El día 9, nos reunimos un grupo a comer en El Rioja, en una especie de “observatorio” informal. Escuchar pareceres, intentar orientarse. En lo personal, impresión de lo inédito, cargado con emociones primarias: ira, hartazgo, y no poco de río revuelto. Y me lo confirmó una letra de Julieta Venegas: “Las mujeres se rebelan; los hombres no saben qué hacer” (o algo por el estilo). Y yo dale y dale a mi toque historicista: ¿cuándo empezó a pudrirse el presente mexicano? Sostengo que en la obtención, en 1963, de la sede olímpica del 68. Circunstancia que debió encender todas las alarmas lo mismo en Palacio Nacional que en Los “Pinoles”.

Seis. Respecto a la atención que el México dual, el desarrollado y el en vías de subdesarrollo, despertaría en el planeta (se trataría de la primera cubertura satelital). Acerca del agotamiento del Partido de Estado (más Politburó que otra cosa comparable) y del “desarrollo estabilizador” que, religiosos como somos, se llamó Milagro Mexicano. Respecto a los coletazos de la Guerra Fría, y el renovado brío de las fuerzas antisistema que ya se habían probado con el sindicalismo independiente. Etcétera, etcétera. Falta de previsión (que hasta donde entiendo, muestra el fracaso estadista) que, con el vergonzoso manejo de la Olimpiada Cultural, cobró su primera víctima.

Siete. Otra hubiera sido la historia si el régimen, previsor, arúspice, se autorreforma a tiempo. Hubiera ahorrado las concesiones un tanto desesperadas de la LOPPE (1976); la insurgencia de la Corriente Crítica del PRI; la confusión genética PSUM, PRD, Morena (en vías de fragmentarse); el “empoderamiento” de una clase política voraz, sin exigencias ideológicas, chapulina y chapucera, a punto de engrosar su lista de partidos al mejor postor.

Ocho. ¿Una de las pistas firmes, la anterior, de la situación actual, del Estado que pierde terreno día a día en aras de la delincuencia (y su ribete feminicida), de la crispación que las “Mañaneras” azuzan, del juego de encontradas posiciones de sectores (público, privado, social), de una economía que recuerda la atonía del alucinado echeverrismo? Afirmo que sin duda.

Nueve. Todo lo anterior, más el fenómeno que debería despabilar a sociólogos, antropólogos, posgraduados en ciencias de la conducta, novelistas y periodistas; el de una sociedad que agrava su patología, al parecer sin distinción de clases, según lo expresan la histeria de algunas Redes Sociales, un estrés galopante, la disolución del tejido que hace de comunidades, comunidades imaginarias pero fehacientes.

Diez. Punto de inflexión, sí, del que fuimos confusos, perplejos testigos los últimos días. Pero proa ¿a dónde?

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.