Oportunidad ganada
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Oportunidad ganada

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Oportunidad ganada

10/06/2020

Uno. Los hechos. En primer término, en 1970 se instala el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, con la aquiescencia tácita de los humanistas de la ausencia del término Humanidades en el rótulo, y obedeciendo a la fantasía de que bastaba fundir ciencia básica, tecnología y desarrollo para asegurar la prosperidad nacional. Pasados los sexenios, claro quedó que la ilusión, ilusión era. Rotundo es el fracaso en términos de desarrollo; la industria nacional guarda pavorosa dependencia con la extranjera; y se multiplicaron los pobres y la informalidad.

Dos. Con traducir lo anterior un fracaso, no fue todo. Al interior del CONACYT, la capacidad política y de gestión de la comunidad científica, impuso su canon al humanista, pese a constituir conocimientos pares, aunque diversos. Imposición advertible en aspectos tales como la obtención de recursos, el método y la evaluación. En el imaginario social, las humanidades perdieron aliento, se desacreditaron.

Tres. Las elecciones presidenciales últimas, aparejaron no sólo un cambio en la conducción del organismo, sino el de paradigmas. En el CONACYT, el ánimo un tanto vago de dar su espacio a las Humanidades y equiparar la ciencia tradicional y comunitaria a la profesional y posgraduada; y en el Ejecutivo Federal, la sustitución del desarrollo por bienestar y felicidad. No tardó en producirse la desavenencia entre la autoridad de CONACYT y la comunidad científica dominante. Desavenencia que ya huele a divorcio.

Cuatro. Del lado del castigado sector humanista, por el contrario, la respuesta se ha caracterizado por su tibieza, inactividad, desarticulación (salvo raras excepciones, como, y no se tome a presunción, el documento que suscribimos cuatro colegas de la UNAM, que, amén de puntualizar el conflicto, propone caminos). Y como era de esperare, el hacha de Hacienda, ha finalmente caído, eliminando un 75% del presupuesto del CONACYT, del CIDE, del CINESTAV (¿por ahora?). La directora del CONACYT hizo pública su justiciera anuencia.

Cinco. El conflicto no podía escapar a las “Mañaneras”. Sólo que su principal conductor, quizá bajo el apuro de volver a lo suyo, la plaza pública, la campaña electoral permanente, el baño de pueblo, cometió el desacierto de equiparar al núcleo científico inconforme con el nuevo CONACYT y sus concepciones, y desde luego con los graves recortes, con el Partido Científico cercano al dictador constitucional Porfirio Díaz. Grupo el susodicho que a mí me produce el mayor interés histórico, y que contó en su nómina con luminarias financieras como José Ives Limantour, intelectuales como Justo Sierra, políticas como los hermanos Pablo y Miguel Macedo. Y operadores como Rosendo Pineda.

Seis. A los hechos, deben seguir, tal es mi postura, las ideas; a la fecha, un tanto ofuscadas por la desafortunada comparación presidencial, que, con el fácil (pero ya habitual) recurso de la descalificación, ignoró personas y contextos. Me apunto. Respecto a la igualdad cognitiva de Humanidades y Ciencias, el CONACYT debe reconocerla nominal y sustantivamente. Ya sea separando del todo los puntos de formas de producción, método, divulgación y aquilatamiento; ya sea configurando una estructura paralela, la humanística y la científica. Lo que no cancela el diálogo entre ambas. En particular en esas zonas de la ciencia en las que el Humanismo cobra protagonismo: el azar, la indeterminación, el sentido profundo (no sólo su explicación física) del Big Bang!

Siete. Y no sólo lo anterior. Momento es el del análisis sobre lo que Humanidades y Ciencias, representan en los destinos del país, los que se dibujen tras los devastadores efectos de la pandemia. En el entendido de que las primeras están hondamente ligadas a nuestra cultura (que ha acabado en cultura de resistencia), requieren mayor juego inter y multidisciplinario, la re asunción de tradiciones como la grecolatina y el pleno diálogo con las ciencias sociales…

Ocho. Mientras que las segundas, aunque se quieren ecuménicas, guardan estructural dependencia con la investigación natural y exacta externa sometida a inversiones de tal envergadura que ni el Estado Mexicano, ni su hoy cuestionada iniciativa privada, ni su público sistema educativo superior, pueden costear. Aunque, la verdad, están mostrando morosidad en la fórmula que pare en seco al coronavirus. Y no encuentro ociosa la discusión sobre las posibilidades de ciencias, si bien no con carta de naturalización nacional, sí representativas de específicas naciones.

Nueve. Y por lo que se refiere a la obligación estatal de promover sus sectores abocados al cultivo integral (investigación, docencia, vulgata) de las Humanidades y las Ciencias, abrumadores son los argumentos de carácter histórico, político y social, que así lo exigen. Su verdadera dimensión orgánica. Del todo alejada de cuestiones coyunturales como la de los equilibrios presupuestales, o las preferencias en el destino del gasto de las administraciones en turno.

Diez. Sugiero que tales sean los rieles por los que discurra una polémica cuyos encontrados intereses, antagónicos supuestos, francas rivalidades, tozudas oposiciones y aún desatinados parangones, urge desactivar. No poco es lo que, al margen de temperamentos, fijaciones, lugares comunes, hábitos, está en juego.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.