Lecturas (y reelecturas)
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Lecturas (y reelecturas)

14/01/2020

Uno. Me hago trampa: el desorden irremediable de mi “red de bibliotecas” (búnker de Copilco el Alto, cubículo de CU, Casa Jacaranda en Taxco, Guerrero Mártir), es deliberado.

Dos. La precisión alfabética o temática (colega conozco que, a esto, llama ¡“ciencia dura”!), frustraría la dosis de caos, sorpresa, desencanto, hallazgo, que todo conglomerado librero impone (a fin de cuentas, a imitación de la lógica de la vida misma).

Tres. ¿Qué gano con que a los autores, con letra inicial A del apellido, sigan los de letra B, y a estos los de la letra C, y de esta guisa hasta la letra Z?; ¿o que a la Arqueología (incluida la industrial), siga la Bibliografía? (hoy por hoy en pleno repunte); ¿o que ganan, en esencia, los citados autores mismos?

Cuatro. Orden a la postre fosilizado, cuando no funeral.

Cinco. Si, contra la alharaca que indica lo contrario, en México no se lee, no la literatura en su acepción humanista, ¿redime la obsesión clasificatoria? Digo que no.

Seis. La cuestión anda por otro lado. Con todo y la trama laico-evagélica alrededor de su inane Cartilla moral, Alfonso Reyes, como autor, sigue en estado vegetativo. Vivísimo y coleando estaría si a sus grandes textos, los de ‘a devis’, los sostuvieran la lectura popular que se merecen, las reediciones constantes, la promoción oficial desbrurocratizada.

Siete. Y lo mismo podría decirse de Juan Ruiz de Alarcón y de Altamirano (dos “guerrerenses”), del Duque Job y de Julio Torri, de Rodolfo Usigli. Y, en algunos casos, como el de Arreola y el de Fuentes, se ciernen sospechas de antifeminismo, el peor de los estigmas; de la posesión violenta al sobajamiento machista.

Ocho. ¿De qué rayos les sirve, me pregunto de nueva cuenta, que los estantes los aherrojen, no al tun tun, sino cual pase escolar de lista?

Nueve. El caso es que estoy en Casa Jacaranda, Navidad del 2019. En la recámara de visitas, descolocado, me topo con Ramón Gómez de la Serna, su libro Retratos contemporáneos escogidos. Y, en la sala, misma situación, me guiña el ojo Perdida de Gillian Flynn, ultra best seller de hace pocos años.

Diez. En peligro quedan las lecturas (o relecturas) programadas con anterioridad al periodo vacacional. La placentera taxqueña de El Quijote. La de documentos para el libro de Justo Sierra que un grupo de amigos cómplices tenemos en proceso. El Carlos Denegri de Enrique Serna.

Once. Combino. A ratos, la papelería sierrana; la galería de Gómez de la Serna, en especial la dedicada a los raros Juan Ramón Jiménez, Macedonio Fernández, Cansinos Assens; sin orden ni concierto, el prodigio cervantino.

Doce. Hasta las heces, el thriller de la Flynn (salvo el epílogo de Rodrigo Fresán, que no entiendo a qué venía); por concluir, a la vuelta a la capirucha (que, me llegan noticias, resuma frío y contaminación), El vendedor de silencios.

Trece. Aunque, debo decirlo, casos redomadamente patológicos, los títulos penúltimo y último. Del infierno en que puede convertirse una relación matrimonial, en Perdida; del enlace Poder-Prensa, corruptor y corruptible, que llegó la expresar el reino de Denegri.

Catorce. Concluyo optimista (época es esta de buenos deseos). Macedonio Fernández, se disculpa por misiva, con Jorge Luis Borges, por haberlo dejado plantado, al no acudir a una convenida cena en casa del autor de Fervor de buenos aires.

Quince. La razón aducida es un perfecto autorretrato. Dice Macedonio: “Tienes que disculparme el no haber ido anoche. Soy tan distraído que iba para allá y en el camino me acuerdo de que me he quedado en casa”. Paradoja y metafísica de la mano.

Dieciséis. Feliz año, lector, lectora.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.