Las dos enseñanzas
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Las dos enseñanzas

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Las dos enseñanzas

21/05/2020

Uno. Habrá que ir previendo el repertorio, la hondura y el alcance de los cambios que aparejará (que ya está aparejando), el desenlace de la epidemia covid 19. Por ejemplo, en el terreno de la enseñanza (en el entendido de que la educación, sigue siendo nuestro problema nodal, tal y como lo dictaminaron Altamirano, Barreda, Sierra, los ateneístas y, entre ellos, Vasconcelos). Las urgencias del momento, condujeron, lo mismo en la educación primaria que en la universitaria, a la educación a distancia, hoy por hoy catapultada por los instrumentos de la revolución electrónica.

Dos. Por supuesto, no se trata de una absoluta novedad. Mientras aquí, en los sesentas del pasado siglo (segunda vuelta de Torres Bodet en la SEP), se fraguó la Telesecundaria, en los setentas, en Inglaterra, cogió pleno vuelo la Open University. Entonces y ahora se alza la pregunta de qué tan importante (esencial), es el fenómeno presencial de profesor y alumnos. Ese deporte de contacto que reviste la enseñanza-aprendizaje. Importantísimo, digo yo. A tal punto que marca la diferencia.

Tres. Y no me refiero a la dispareja realidad que ha expuesto la súbita virtualidad. Quienes poseen y quienes no, los instrumentos de recepción. Estadística de las brutales desigualdad, e inequidad (estas sí estructurales) que definen, sin rebozo, a nuestra sociedad, hija de una Revolución en sus estribaciones justiciera, reparadora, y en supuesto auge democrático. De qué sirve la educación a distancia, si la mayoría de sus destinatarios, o carecen, o ignoran, el modo de cerrar el círculo. Situación que remediaría una auténtica política pública (mejor que aquella de la SCT, que obsequió millones de televisores a las clientelas de Televisa y de Televisión Azteca, gesto munífico, manirroto mejor dicho del que la fecha aún no se esclarecen dudas y opacidades).

Cuatro. Añoso profesor, en la UNAM, primero en la Facultad de Ciencias Políticas (buen número de años, en licenciatura y en posgrado), y después en el posgrado de la Facultad de Filosofía y Letras, me encuentro en la situación de afirmar lo determinante que resulta, para maestro y alumnado, la experiencia del cara a cara (sobre todo si el primero, tiene claro que la experiencia docente no se limita a la transmisión, por fuerza autoritaria de un saber inapelable, sino a la construcción compartida, sin perderse de vista los diferentes roles, alguien que sabe provisionalmente, y alguien que quiere saber, de conocimiento).

Cinco. Dejo por ahora fuera el tiempo en la FCPYS (materias como la Industria Cultural y la Literatura Iconográfica, oficios como el del guión radiofónico), si bien con la promesa de volver a él. Y me ciño, a la historia de las generaciones literarias patrias del siglo veinte que imparto en la FFYL. Clave, insustituible, deviene la interlocución presencial, para humoradas de que en las generaciones también pueden reconocerse primera y segunda división (y hasta equipos “llaneros”); asuntos de seriedad extrema como la periodización a partir del Modernismo-Ateneísmo; el sistema literario en cuanto producción simbólica; el autor colectivo; las Revistas las coordenadas.

Seis. Cuestión fundamental, y urgida de probanzas, esta última: las coordenadas generacionales. La cooptación o reclutamiento, la estructura interna, el liderazgo, los Manifiestos con el literario como punto de partida aunque sin desdoro de los educativos, sociales, hispanoamericanos, los principales episodios, los órganos de expresión (antología, revista, señeros títulos individuales, las polémicas, el espejeo (versiones propias sobre la marcha) y las versiones (a toro pasado), los nexos con los equipos con la sartén en la mano y los nacientes (clave del saber generacional, la regla de tres, el grupo que está por dejar la escena, el grupo que la controla, el grupo que irrumpe), las filias y las fobias que diría Alfonso Reyes…

Siete. Momentos especialísimos, de apremiante comunicación viva, tres. El sustento del quehacer literario como militante Humanismo, del todo opuesto a la moda postmoderna de la teoría (que suplanta no sólo a la función crítica sino a la original de la creación), y que osa afirmar el sinsentido (significado para autores y lectores) de poesía y prosa. La ya adelantada riqueza del sistema literario, con sus modos de socialización, sus “lugares” (aulas, cafés, cantinas, salas de redacción), sus hábitos y habla y costumbres; y, por supuesto, las deformaciones de mafias, compadrazgos e influyentismos no pocas veces amparadas por instituciones públicas.

Ocho. Momento álgido, de acaloramiento, quizá personal, este del análisis sobre el estado de la cuestión en la cultura y la literatura mexicanas, que, si de por sí andan juntas y revueltas, a últimas fechas, con el desdén del poder, los recortes que no paran, la absurda apreciación del hombre de cultura como parásito (que, ni modo, tiene su correlato en una especie de “derechohabiencia” derivada de becas y estímulos no pocas ocasiones con dedicatoria), echan chispas.

Nueve. Y, en tercer lugar, la propaganda de la multi disciplinaria Historia Intelectual (no confundirla con la historia del intelectual), como la conveniente para la aprehensión cognitiva del sistema literario. En fin, plagas y complacencias aparte, lo que procede es el equilibrio entre las dos enseñanzas. Los aportes que la telemática a la producción y juicio, investigación, de las Humanidades, son invaluables. Como invaluable lo es la mínima distancia presencial en la docencia que se precia de serlo.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.