Lamentable legado
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Lamentable legado

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Lamentable legado

14/12/2018

Uno. Del ex presidente Enrique Peña Nieto, escribimos en su oportunidad el grado en que se debatía en un mal contraído por vez primera por don Luis Echeverría allá por 1970: la Insuficiencia presidencial.

Dos. Y si se concluyó con gran celeridad, que EPN, “No sabía que no sabía”, ya para hacer mutis, reparamos que tampoco sabía lo que hacía.

Tres. La forma publicitaria despilfarradora en la que, a partir de la brutal derrota de su partido, el PRI, prodigó su auto-epitafio político, en prensa, radio y televisión, así lo probó con creces.

Cuatro. Esto al mismo tiempo que cedía el espacio público a su sucesor, Manuel López Obrador, quien, constitucionalmente, no entraría en funciones sino hasta el 1° de diciembre del presente 2018.

Cinco. Pero faltaba lo peor, el máximo desacierto. Conceder El Águila Azteca, ni más ni menos que a Jared Kushner, yerno y asesor de Donald Trump, mandatario anti-mexicano. ¿Concesión indirecta al propio suegro, que se hubiera deseado con Tijuana como escenario y en presencia de los migrantes centroamericanos? (caravana, dicho sin ironía, cuya oportunidad, “timing”, no su justificación de miseria y vida en riesgo, aún está por elucidarse a fondo).

Seis. Y el cuadro de no saber que no se sabe, más el no saber lo que se hace, se enmarañó con las motivos expuestos de mal grado, de tamaño honor.

Siete. ¿Es, el afortunado, una figura de la cultura, de las ideas o de las redenciones naturales o sociales que tanto gustan a las ONG’s? Ni por pienso.

Ocho. ¿O se había distinguido por la lucha denodada por los intereses republicanos mexicanos sobre los designios imperialistas de su propio país? No que se sepa.

Nueve. Lo que se adujo, peregrina, forzadamente, fue su decisiva intervención en el tratado comercial que firmarían (ya lo hicieron) los tres países del Norte de América, México, Estados Unidos y Canadá.

Diez. Lo que hablaría de una libertad de vuelo, de acción, autodeterminación que en verdad resultan inconcebibles.

Once. Como bien me precisó una vieja amiga, el actuar del asesor respondió, por fuerza, a las indicaciones de su jefe, atentas a los intereses de Estados Unidos, o si usted prefiere, del sesgo pro-imperial que “Bóreas” (tiempo tempestuoso del Norte) Trump, imprime a su gestión.

Doce. Y añadió: “Pobre chico. Presiones de tamaño suegro, quizá de la suegra, y lo más seguro de la esposa. ¿Cuál autonomía, por Dios?”

Trece. Lo incuestionable es que semejante otorgamiento, consecuente, ya con una notabilidad intelectual, ora con no menos entrega a la promoción y defensa de nuestro país, ofende a la presea máxima del Águila Azteca, a quienes por incuestionables méritos la han recibido y al propio país otorgante.

Catorce. Sin que se ponga en duda, cuestione, que concederla es exclusiva atribución del Ejecutivo Federal. De ahí el desacierto, la ignorancia.

Quince. Cuestión diversa, menor, fue el empeño del ex presidente de hacer uso, hasta que bajara el telón, del comedor de Los Pinos para agasajar protocolariamente al rey de España, uno de los invitados a la ceremonia del cambio de poderes. ¿Es que piensa dejarnos, auto exilarse?

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.