Intentando entrarle al toro
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Intentando entrarle al toro

20/12/2019

Uno. Aunque sin verse las caras, intercambian pareceres sobre el estado actual de la res pública (¿usted, amable lector, lo entiende?), dos figuras claves en el trazo de lo que le ocurrió al PRI por no haberse renovado en fecha ya tan antigua como 1965, tres años antes de los juegos olímpicos (incluida la Olimpiada Cultural) que nos pusieron de cabeza.

Dos. De un lado, desde Madrid, el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, dueño si no exclusivo si absoluto de la “marca” Cárdenas; gobernador ni fu ni fa de Michoacán; decisivo en la configuración de la Corriente Crítica del PRI que luchó a brazo partido por cerrarle el paso a Salinas de Gortari; regente bastante distante de la Ciudad de México (se le olvidó la huelga que paró por meses a la UNAM); cofundador del PRD.

Tres. De otro, desde México, Manuel López Obrador; priista de cepa; de posterior casaca perredista; también regente, aunque hiperactivo, de la Ciudad de México; creador con el bagaje del PRD del partido Morena (que mezcla otrora priistas y perredistas y de todos los colores); en la actualidad, presidente de la República, cargo al que aspirara tozudo el ingeniero.

Cuatro. Cárdenas aduce, principalmente, que, el exilio político otorgado a Evo Morales se inscribe en una sana tradición mexicana, pero que, respecto al otro tipo de exilio, el económico, no le cuadra que nuestro país le esté haciendo el trabajo sucio al Imperio tras la frontera norte; y procede a marcar las diferencias.

Cinco. Celia Ballesteros, periodista de El País, va al grano. El ingeniero se muestra conforme en lo de ponerle coto a desigualdad y riqueza, pero asimismo reclama la reducción de la violencia (misma, que, a punto de acabar el año, arroja la cifra de 31 mil bajas). Y en cuanto a las medidas orientadas más a la reducción del gasto que de la desigualdad, suelta su ronco pecho.

Seis. Lo que hace falta es una auténtica política fiscal que eleve la recaudación del Estado y la redistribuya entre los tres niveles de gobierno, el Federal, el Estatal y el Municipal (nivel este, me permito recordar, que ha pasado de aquel romanticismo de “célula social”, “Primera Ventanilla de la Nación”, a la de Corte de los Milagros). Y falta lo más acre.

Siete. A la específica pregunta de si Morena constituye la “izquierda” de México, el ingeniero se muestra escéptico. Del partido de López Obrador, el “ganón” de los pasados comicios (que a fe mía no terminan de analizarse en su mayúsculo gasto, pobreza ideológica, estúpida “spotización” y nupcias monstruosas como las del PAN y el PRD), no ve claro, ni su propuesta de desarrollo económico tendido, ni de política exterior, ni de fin a la desigualdad.

Ocho. ¿Se justifica que el Presidente se declare cardenista? Ni por pienso. El cardenismo significa soberanía de México, elevación de los niveles de vida, política exterior equitativa. Y tira a matar: “No veo que nadie esté al mismo nivel que los personajes que aparecen en el emblema de Morena: Hidalgo, Morelos, Juárez y Lázaro Cárdenas”.

Nueve. La respuesta no se hace esperar. Tras las consabidas (manidas) expresiones de respeto, y de la aclaración de a ambos los mueve por igual el afán democrático, AMLO indica que su acceso al poder traduce más que un cambio de gobierno un cambio de régimen. Que la corrupción, contra la que lucha, es la causa principal de la desigualdad tanto económica como social. Que aún existen actores que o no entienden o no aceptan esta “visión”. Y rechaza tajante la propuesta cardenista de una reforma fiscal, lo que aprovecha para reiterar que no se aumentarán los impuestos.

Diez. En el entendido de que ambos políticos, el michoacano y el tabasqueño, han jugado papeles estelares en esa continuación del PRI sin el PRI, en la nostalgia de una “izquierda” que conduce inevitablemente tanto a la formidable Agenda Social de la Revolución Mexicana y como al nacionalismo revolucionario del PNR (1929), se alza la pregunta: ¿estamos en el verdadero quid?

Once. ¿Basta un gobierno bien portado (sobre todo en comparación con los cínicos excesos iletrados del peñanietismo, si bien ya se advierten morenos arroces entre los Super delegados, ¡vaya etiqueta!), para la redistribución de la riqueza? ¿El ahorro del gasto público en aspectos como la salud, la educación y la cultura (sobre todo frente a la impunidad de nuestra real Industria de la Conciencia, los “mass media” mercantilistas), basta para aparejar el crecimiento económico con sentido redistributivo?

Doce. Más aún, ¿qué “izquierdas” contraponen a los declarantes? ¿La pragmática de una clase política, verdadera dueña del poder, que, chapulinesca, se salta banderías, partidos, ideologías? ¿O la de una tradición revolucionaria social, que amalgama dialécticamente Independencia y Reforma, las tres armadas?

Trece. Dilema, a fe mía, de la mayor trascendencia.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.