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05/09/2019

Uno. Como todo lance trascendental, no de pacotilla o de circunstancias, la inauguración (o pre inauguración) de Ciudad Universitaria, en 1952, modificó por entero el paisaje (y el contenido) de la Ciudad de México, entonces y ahora, sede de los Poderes Federales, y por tanto parte nodal de un Distrito Federal.

Dos. A diferencia de intentos urbanos anteriores afanados en el Norte, Ciudad Universitaria “jalonó” la capital federal hacia el sur pedregoso, dio esplendor a su vecino proyecto Jardines del Pedregal (el arquitecto Luis Barragán, el desarrollador Bustamante), puso de moda San Jacinto, revaloró Tizapán (pendiente quedaron Cuicuilco y Chimalistac), y pobló los Copilcos Alto y Bajo.

Tres. De otra parte, en las nubes estaba el proyecto de la Carretera Panamericana, que uniría las puntas de América, de Alaska a Argentina, y en cuyo seno surgió la Carrera Panamericana, algo así como la Fórmula 1, cuya reanudación, entre tantas malas noticias (feminicidios, protestas y marchas al por mayor, investigaciones criminales sin respuesta, delincuencia menor y mayor ingobernables, baches y socavones), ha llenado de júbilo a las autoridades metropolitanas (y a su clientela “happy few” y a los departamentos de ventas de las revistas, que si puedo no me pierdo, Hola¡ y Quién).

Cuatro. La Avenida Insurgentes, tramo emblemático en el trazo de la carretera transcontinental aludida.

Cinco. Gajes de la “polaca” de entonces, a la avenida Universidad se le bautizó originalmente Fernando Casas Alemán, político de alcurnia alemanista, y “suspirante” presidencial perdedor; premio de consolación que los estudiantes cancelaron, válidos de una escalera y un bote de pintura, rebautizándola justamente Avenida Universidad (escoltada a la sazón por un Río Magdalena todavía río).

Seis. Al interior de Ciudad Universitaria, Ciudad dentro de la Ciudad que más de un delirante sueña Estado dentro del Estado, alcanza su pleno logro la Ley Orgánica de 1945: sanción de la autonomía plena y de las responsabilidades presupuestales del gobierno (sin desmedro de los derechos patrimoniales del organismo, entre ellos, aunque suene impopular, las cuotas); de la vinculación dialéctica entre Docencia, Investigación y Difusión; del reconocimiento de dos saberes, pares aunque distintos, las Humanidades y las Ciencias; y de la colegialización (como método, tanto de Gobierno como de producción de conocimiento).

Siete. Entre las novedades aparejadas por el nuevo domicilio, sustituto del Viejo Barrio Universitario (al que se volverá a partir de los 70’s con restauraciones, museos, centros de extensión: Palacio de Minería, Sal Ildefonso, de alguna manera el propio Chopo), dos ameritan especial mención, y recuerdo; ligada una, a Rubén Bonifaz Nuño, y la otra a Henrique González Casanova.

Ocho. Hablo, respectivamente, de la Imprenta Universitaria y de la Gaceta UNAM. Amigos entrañables, inseparables Rubén y Henrique. Maestros que puedo proclamar míos; magisterio fuera de las aulas, en veces de huella más profunda que la sola escolarizada.

Nueve. Si la Imprenta Universitaria, retoma aquel Departamento Editorial que el rector y enseguida primer secretario de Educación Pública de la revolución, José Vasconcelos, diseñara para Alfonso Reyes, pero que ocuparía Julio Torri (a don Alfonso, todavía en España, escenario de madurez humana e intelectual plena, tampoco pudo traérselo don José a una subsecretaría)…

Diez…Decía que si la Imprenta Universitaria retoma el impulso editor vasconcelista; la Gaceta UNAM propone a la nueva comunidad un instrumento de comunicación, articulación, esencial, estratégico. Y vaya que Henrique sabía lo suyo en los campos de la información y del periodismo (en la Biblioteca del Estudiante Universitario, estamos preparando un volumen de Páginas escogidas suyas, que incluirá una parte dedicada al gran periodista literario, cultural).

Once. El lunes 23 de agosto de 1954, aparece el primer número de Gaceta UNAM. De justicia es mencionar otros nombres involucrados, desde distintas posiciones, en el empeño. El rector Nabor Carrillo, el secretario general Efrén del Pozo, y los directores, respectivamente de Difusión Cultural y de Servicios, Jaime García Terrés y Horacio Labastida.

Doce. Para el lector de El Financiero, interesado en la hondura, alcances, significado urbano y arquitectónico, vial, jardinero, de convivencia, artístico en general y pictórico en particular de Ciudad Universitaria, le recomiendo, entre otros pocos, el libro, profusamente ilustrado, Hazaña y memoria: la Ciudad Universitaria del Pedregal, elaborado por mi amigo Enrique X. de Anda Alanís (México, UNAM, 2013). No se arrepentirá.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.