El FCE, piedra rodante
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El FCE, piedra rodante

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El FCE, piedra rodante

24/12/2018

Uno. El escritor (no hablo del artista, especie hace mucho extinta, quizá sobreviviente en las artes plásticas) vive en la actualidad una existencia contradictoria.

Dos. Solicitado por el aislamiento al que obliga la escritura “literaria” (la oralidad, por el contrario, demanda, en todo momento, audiencias) enfrenta, al mismo tiempo, el sustento diario. Soltero, casado, emparejado, padre de familia o viudo.

Tres. Situación particularmente aguda en Hispanoamérica. Tanto, que no deja de ser un sueño recurrente, compartido por poetas y prosistas, el “vivir de escribir”.

Cuatro. Sueño que en México lo han medio realizado Foncas y Conacultas y SNC’s con el sistema de becas (así se le tenga como artilugio del Estado para domeñar un oficio, por naturaleza, crítico, irreverente, contestatario, insumiso).

Cinco. Y si no de becas, ¿cómo sobreviven los escritores de España, de Perú, de Argentina, de Colombia, de México para no darle vueltas? A reserva de un más detenido análisis, podemos señalar algunas salidas: menesteres académicos, premios, burocracia difusora, “opinocracia” o franca actividad política. De “izquierda”, de “centro”, o de “derecha” (o lo que por tal se entienda después del grado cero ideológico de que se hizo gala en la pasada contienda electoral).

Seis. En la función que une burocracia y política, han sobresalido el INBA, el INAH, Difusión Cultural de la UNAM, los Institutos Culturales locales y el Fondo de Cultura Económica. Si bien la particular historia de este último ha mezclado de todo.

Siete. Si como institución pasó de editorial independiente a organismo paraestatal, de su timón se han encargado editores de raza, editores hechizos, empresarios públicos, algún escritor e incluso un expresidente de la República (por cierto, tan complacido de al fin poder mandar, sin una molesta sombra vicepresidencial de hecho al lado, que un poco más y se eterniza).

Ocho. En resumen, nacido como universidad abierta, el FCE ha sido laboratorio de nuevas voces literarias, vertedero de publicaciones oficiales destinadas a la basura (mire usted que publicar los autobombos de la reformas estructurales), mero negocio librero.

Nueve. Y si la administración ya ida dejó mucho que desear, la entrante da de qué hablar. Primero, Margo Glantz acepta, para recular a poco, el cargo. En seguida, sobre la marcha, le entra al quite Paco Ignacio Taibo II (¿me faltó algo en el nombre?), nacido en España. Ignorándose, desconociéndose mejor dicho, el requisito de las empresas paraestatales, de nacionalidad mexicana por nacimiento del director.

Diez. ¿Remedia el inconveniente que la mayoría de Morena resuelva reformar la ley correspondiente a modo, con clara dedicatoria? (y no deja de asombrar el espectáculo, propio de la prehistoria del Estado Moderno, de una disposición legal general, pensada para un caso particular). Me temo que no. Adviene otro tropezón.

Once. En una feria librera que ya no se sabe bien a bien qué es, si feria de vanidades literarias en un país que apenas practica la lectura, o espacio de negocios en el que las trasnacionales llevan las de ganar, él, lo más seguro próximo titular del FCE, se suelta con unas declaraciones de baja comicidad que ofenden aquí, allá y acullá. También sorprende la aquiescencia con que se aplauden.

Doce. Un tipo de bravuconada adolescente que hace lustros califiqué de “anarco-gilipollez”.

Trece. Se arma la de Dios es padre. El declarante se disculpa pública, electrónicamente. ¿Ahí muere? No. En serie, a un tropezón sigue otro. Taibo II se apersona en el edificio faraónico de Picacho, pero sin credencial del INE, y lo más grave, sin tener claro a título de qué. ¿Gerente editorial? ¿Encargado del despacho? ¿Protodirector?

Catorce. La reforma legislativa cambia de comisión, de la de Género a la de Cultura. Y el propio AMLO zanja el punto al afirmar que con Taibo II se sentiría apoyado. De eso se trata. Vaya comienzo. Piedra rodante el Fondo de Cultura Económica.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.