Educación nacional
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Educación nacional

16/02/2018
Actualización 15/02/2018 - 22:23

Uno. Del todo desechadas ya, agua de borrajas, la Democracia Electoral (1977 a la fecha), y la Alternancia Panista (2000-2012), como nuevas “revoluciones de México”, nos quedamos otra vez con la tríada antigua: Independencia, Reforma, Revolución.

Dos. Vuelta en U. Dos siglos, el XIX y el XX, de emancipaciones.

Tres. Jurídica-política en 1810-1821; de la sociedad colonial que sobrevivió a la Independencia, en 1867; literaria con el Modernismo, en 1898; plástica con la exposición “curada” por Savia Moderna en 1906; intelectual en 1909 (Ateneo de la Juventud); social en 1910.

Cuatro. Si bien respecto a la Revolución Mexicana, se admite una Post Revolución, cuesta reconocer su Des-instauración, franca a partir de 1968, y rematada el año 2000. Fecha que tantas esperanzas milenaristas aparejó en nuestra patria y en el mundo “ancho (pero no) ajeno”. Como diría Ciro Alegría.

Cinco. En el terreno educativo de la educación media superior y superior, los dos grandes episodios, el de la Escuela Nacional Preparatoria y el de la Universidad Nacional, corresponden, respectivamente, a la Reforma y al Porfiriato engendrador de la Revolución, que la hará suya.

Seis. Si bien, en 1910, los créditos corresponden no sólo al ministro Justo Sierra sino también al dictador republicano Porfirio Díaz (como Obregón tendrá su parte no menor en la cruzada educativa vasconceliana).

Siete. Don Justo, en la línea de tiempo de Gabino Barreda, el positivista (a la mexicana), el artífice junto con Benito Juárez de la ENP; y precursor, Sierra, de los dos grandes secretarios de Educación Pública contemporáneos, José Vasconcelos y Jaime Torres Bodet.

Ocho. Uno ateneísta, dentro de la idea de la responsabilidad intelectual en sociedades ignorantes y desiguales; el otro, excepción al manifiesto de la Torre de Marfil de su banda, la de Contemporáneos (otra excepción, Jorge Cuesta).

Nueve. De la actual “reforma educativa”, cabe apuntar su deuda no reconocida a proyectos anteriores (ese “ceceachero” aprender aprendiendo), su manoseo político coyuntural y que le haya declarado la guerra a los signos de puntuación, ni modo respiración natural de la lengua, oral y escrita. Entre otras fallas “estructurales”.

Diez. Así como nos quedamos de nueva cuenta con el terceto, Independencia-Reforma-Revolución, en la educación nacional nos quedamos con la dupla Escuela Nacional Preparatoria y la Universidad Nacional (autónoma de manera condicionada en 1929, definitiva en 1945), y sus ramificaciones (a ver que se nos ocurre, en serio, en el siglo XXI).

Once. Ramificaciones. De la ENP, principalmente, los estatales Institutos Científicos, el Muralismo de San Ildefonso (propaganda pero también arte, diría Cardoza y Aragón) y la UNAM misma.

Doce. Y de la UNAM, su lucha (y conquista) por la autonomía, la misión no sólo de enseñar sino de enseñar e investigar y extender, una colegialización a la que no se le ha sacado todo el jugo, la responsabilidad financiera del Estado, y la Agenda Nacional (condiciones y problemas nacionales).

Once. Vale la pena, a fe mía, intentar en artículos subsecuentes, el examen de los orígenes, los procesos de configuración, y el estado de las dos grandes novedades universitarias del siglo XX: la Investigación y la Difusión Cultural.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.