Dante en Hidalgo
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Dante en Hidalgo

29/01/2019

A mi hija Paula, con dolor

Uno. Mientras en la Ciudad de México el Senado simula (jugada cantada) la designación del fiscal general de la República, que recae en Alejandro Getz Manero (confirmando la “idea” del ex EPN, de que el procurador pasara automáticamente a fiscal, puritita carnalidad).

Dos. Y mientras se revivía a la echeverriana Conasupo, con todo e Ignacio Ovalle, condiscípulo que fuera mío, allá en los 60 hoy tan llorados, en la Facultad de Derecho de la UNAM.

Tres. En la hidalguense población de Tlahuelilpan se produce un episodio (perdón por la antigualla) dantesco.

Cuatro. Toma clandestina, una más, de un ducto, otro en la interminable cuenta, de Pemex. El que va de Tuxpan a Tula, kilómetro 226, a quince de la población de los hechos. La fuga es espectacular, formando charcos y ríos.

Cinco. Hacia las 5:00 de la larde, los pobladores, decenas, mayores y niños, ellas y ellos, se apersonan con cuantos recipientes tienen a la mano (un periódico incluye tinas de baño) para la colectiva “ordeña”. Ante la mirada impotente de fuerzas del orden, por decirlo así, civiles y militares.

Seis. Tres horas, aproximadamente, dura la expropiación del carburante que Lázaro Cárdenas nacionalizara en 1938, arrebatándoselo a norteamericanos, ingleses y holandeses. No pocos de los improvisados huachicoleros se empapan del peligroso líquido.

Siete. La fuente brotante no cesa de arrojarlo al mejor postor. En versión oficial, tratábase de un “piquete” ya viejo, que se manifestó al reabrirse el ducto (porque, recuérdese, se había tomado la decisión presidencial de cerrarlos todos).

Ocho. Al parecer, las autoridades municipales habían alertado al Ejército, fuerza ocupada en la vigilancia, terrestre y aérea, de la red de ductos, hacia las 4:00 de la tarde.

Nueve. La escena se normaliza (es un decir). Huachicoleo comunal por un lado, pasiva vigilancia por otro. Pasa una, pasan dos, tres horas pasan.

Diez. De súbito, surgida no se sabe de dónde, una chispa produce una explosión pavorosa (así la muestran las imágenes fijas y en movimiento) que todo lo arrasa. Si bien únicamente se contaran bajas en la población civil. Un infierno.

Once. Sirven de material ígneo, el carburante que no para de emanar del “piquete”, las garrafas y cubetas, los empapados huachicoleros. Retomo el calificativo: “dantesco”.

Doce. Las cifras preliminares arrojan: más de 110 muertos, 55 heridos de gravedad, múltiples desaparecidos; movilización de 50 ambulancias y 4 helicópteros.

Trece. Cinco horas tomará el apagado de las llamas, la recolección de cadáveres carbonizados, la atención de heridos en extremo por las ondas expansivas y su condición de teas humanas.

Catorce. Los últimos días han sido pródigos en atentados terroristas, desastres naturales en diversos puntos del planeta.

Quince. Las escenas del poblado de Hidalgo son de otro orden.

Dieciséis. No que tome a los mexicanos (y a los extranjeros interesados en México, muchos de ellos posibles inversionistas) por sorpresa, dada la magnitud, y para algunos ayuna de planeación logística por delante de la del enemigo, de la guerra federal desatada contra el huachicoleo.

Diecisiete. Lo que causa perplejidad, preocupación honda (o debería causar) es el fenómeno social de una comunidad, o buena parte de ella, en la desesperación riesgosa de allegarse recursos, legales o ilegales, vengan de programas social o del llano saqueo, para sobrevivir.

Dieciocho. Episodios que en tiempo reciente ya habían tenido lugar en otros puntos, en Puebla sobre todo. Aunque no al punto del espantoso lance en Tlahuelilpan. “Tragedia”, la califica AMLO. Al tiempo que presume la solidaridad internacional: más de 90 países. No es para menos.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.