Ciudades disfuncionales
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Ciudades disfuncionales

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Ciudades disfuncionales

07/06/2019

Uno. La disfuncionalidad, ya no atañe en exclusiva a las familias (las tradicionales y las neo con cerca de veinte modalidades), sino, por igual, a las empresas, a los gobiernos, a los centros de educación superior, a las televisoras, a los museos…y a las ciudades.

Dos. Si la función, supone un orden, la disfuncionalidad traduce desorden. Un desorden nacido, ora de la falta de planeación, ya de una compartida incuria. Las partes se dislocan del todo. Incitan a la anarquía que conduce, a la postre, al colapso.

Tres. Familias que se disgregan, empresas improductivas, desgobierno sistémico, educación superior a la deriva, televisoras que reciclan sus heces programáticas, museos oportunistas, ciudades entregadas al azar (caos, violencia, congestionamiento vial, desatada especulación inmobiliaria).

Cuatro. La Ciudad Mexicana, la que nace de la fusión del trazo prehispánico y de la traza hispánica, llegó a conocer la armonía, la proporción, la separación de centro y barrios y goteras, la monumentalidad en escala humana, los espacios de convivencia. Esto al margen de la noción de casta (castas) que no consiguieron borrar ni la Reforma ni la Revolución.

Cinco. Adicto que soy a la Ciudad de México, suelen preguntarme amistades recientes, alumnos en el posgrado, si la capital republicana gozó de esplendor. Hablo del cívico, civil, ciudadano, urbano, no del edilicio. Respondo que sí, y acudo al testimonio de algunas obras del más hondo calado chilango. Cito cuatro, lista que el lector de El Financiero puede a su gusto ampliar.

Seis. La novela Santa, de Federico Gamboa, en la que conviven parajes pueblerinos originales como Chimalistac y San Ángel, con la Urbe. Fronteras interiores (como lo fuera el Anillo de Circunvalación), que harán trizas el crecimiento al tun tun, Viaductos, Periféricos, Autopistas Elevadas.

Siete. La novela La sombra del caudillo, de Martín Luis Guzmán, en la que la poderosa mezcla de novela policíaca y tragedia griega, tiene un escenario claramente delimitado. En los extremos, el Zócalo y el Bosque de Chapultepec. En la parte media, la Alameda Central. Y esa vía, ese río vivo, que conforman el Paseo de la Reforma, la Avenida Juárez y la calle de Francisco I. Madero (recientemente despojado de su mítico nombre: Plateros).

Ocho. El experimento narrativo del dramaturgo Rodolfo Usigli, que intituló Ensayo de un crimen. Registro de la decadencia, capitalina y nacional, ya amenazante. La Colonia Roma (donde nací), pasando, de enclave porfiriano a Casa de Vecindad (como en el Primer Cuadro las casonas novohispanas) o a Casa de Huéspedes. Una post revolución que ya se permitía el homicidio como una de las Bellas Artes.

Nueve. Después de una involuntaria prolongada ausencia, he revisitado Taxco de Alarcón, en Guerrero Mártir, Antiguo Real de Minas, mi pueblo adoptivo. Últimos días de mayo. Efecto auto lavado por la lluvia nocturna. Y violento contraste entre la orografía y la mancha urbana.

Diez. Junto al bosque de cantera de Santa Prisca, invadiéndolo, la plaga de taxis y combis; grupos de turistas de entrada por salida, sin pulsión histórica, la visita prefabricada en cuantos a platerías y restaurantes, más ocupados en las frenéticas selfies junto al rótulo Taxco (de las letras, la X) que en Santa Prisca o la Casa del Verdugo (ya no digamos los barrios); motocicletas y cuatrimotos sellando la invasión de cuadrillas y pueblecitos ya conurbados.

Once. Sigo juzgando a Taxco. La perspectiva urbana (UNAM), libro que facturamos la población (vía encuesta), y un puñado de especialistas (en la Tradición Amigos de Taxco de los 20´s y los 30´s del pasado siglo), como el más completo diagnóstico y pronóstico del lugar en que supuestamente naciera Juan Ruiz de Alarcón.

Doce. Al parejo de otras sentidas demandas de los habitantes, se impone la de un Centro Peatonal (escenarios A y B), en el corazón mismo de la ciudad platera; solución lograda en múltiples ciudades, de México y del mundo; modelo incuestionable para los barrios históricos (Veracruz, Ojeda, Guadalupe, Chavarrieta, etcétera).

Trece. Pero reconozco, en mi papel de coordinador del volumen (arquitectos, historiadores, patrimonialistas, historiadores del arte, fotógrafos, urbanistas) que, o se no escapó, o no lo subrayamos lo suficiente, el peligro, invasivo y letal, de la disfuncionalidad. Tema, sí, de la psicología y aún la psiquiatría, pero asimismo de la política (no se alarme el lector: de la política urbanista).

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.