Ciudad Universitaria
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Ciudad Universitaria

16/04/2019

Uno. Una ciudad sin memoria (viva, en acción, compartida), transcurre a ciegas, en la nada. Podría existir o no existir. Espacio habitado por espectros. Lo de la memora viva, en acción y compartida no es sólo una frase, a lo mejor afortunada. Expresa, tanto un uso consciente (lúcido) de ese aparato simbólico que es la urbe (calles, parques, establecimientos), como, a la par, el juego de ensanchamiento y de conservación. Si los cambios resultan inevitables, de elemental sentido común lo es el cuidado de lo antiguo y lo nuevo.

Dos. Está de moda, lo sé, incluso fuera de los círculos académicos, eso del patrimonio tangible e intangible. Pero de eso se trata, de patrimonio tangible e intangible común, comunal. De construcciones y vialidades, pero asimismo del halo que despiden. En cascada, de su Centro a sus Goteras. Un habla, un modo, un espíritu, específicos. No estudiarlos ni propalarlos de manera permanente es abdicar de un derecho humano que las ONG’s, apenas si enaltecen: el derecho a la identidad. De barrio, urbana, nacional.

Tres. Un buen ejemplo de la práctica y defensa del derecho humano aludido es el libro CU en construcción (México, UNAM, Fundación ICA, Fundación Miguel Alemán AC, 2018). Textos y fotografías (con abundancia de las aéreas) entretejidos; testimonio de “una obra en obra que fusionó diseño arquitectónico, ingeniería de edificios, circuitos viales e integración plástica”. Además de emparentar CU con un proyecto paralelo, el de Jardines del Pedregal (y que bien podría extenderse a los dos Copilcos, el bajo y el alto, y a San Jerónimo, por lo menos).

Cuatro. Si a la Ciudad de México (¡qué CDMX ni qué rábanos!) le creció una Ciudad Universitaria, a esta le crecerán espacios para las Humanidades, para las Ciencias y para la Cultura. Y si la Ciudad Universitaria ya se encuentra protegida por la declaración de Patrimonio de la Humanidad (UNESCO, 1999), quizá valdrían la pena resguardos semejantes para esos nuevos espacios, e impedir, por ejemplo, la invasión a la original fachada del Centro Cultural, por la sobreimposición del Museo de Arte Contemporáneo.

Cinco. Desechada la idea inicial de la edificación universitaria en las Lomas de Sotelo, se elige el Pedregal de San Ángel, a la sazón marcado por dos lances. El ancestral de explosiones volcánicas (y no sólo del Xitle), cuyas capas de lava crearon una zona rocosa, de piedra negra (para la geología: “pahoehoe”). Y el moderno de un fraccionamiento residencial. Asociación del arquitecto Luis Barragán y los desarrolladores José Alberto y Luis Bustamante, adquirentes de los terrenos pedregosos. Restricción arquitectónica: nada del neocolonialismo, el californiano style. Hora de la modernidad, modernidad ajardinada.

Seis. No poco debemos al presidente Manuel Ávila Camacho: además del Instituto Mexicano del Seguro Social, El Colegio Nacional, los premios nacionales y la adquisición de los terrenos en los que su sucesor, Miguel Alemán, levantará la Ciudad Universitaria (incluida una estatua de cuerpo entero, togada, que aún me tocara ver, al igual que su paulatina mutilación hasta desaparecer del todo). Dos signos señalan al avilacamachismo: la urbanización y la industrialización. Tres, en realidad, si consideramos el imparable ascenso del sector intelectual que, en el imaginario social, termina por desplazar a los favoritos de la Revolución y sus primeros años de gobierno: campesinos, obreros, grupos populares.

Siete. Proceso y equipos. En 1946 se expide la Ley sobre Fundación y Construcción de la Ciudad Universitaria. Construcción en la que se suceden principalmente tres rectores: Salvador Zubirán, Luis Garrido y Nabor Carrillo. Involucrada, la Escuela Nacional de Arquitectura convoca a un concurso de proyectos, resultando ganador el de Mario Pani y Enrique del Moral. Presentado el anteproyecto en 1947, se integran: una Comisión Técnica con José Villagrán, Agustín Díaz, Alfredo J. Flores y Enrique del Moral; una Dirección General del Proyecto, integrada por Mario Pani, Mauricio M. Campos y Enrique del Moral; una Gerencia General, a cargo de Carlos Lazo; y una Gerencia de Obra, a cargo de Luis Enrique Bracamontes. Administrador: Ricardo Novoa.

Ocho. Desde 1943 se expropian los terrenos a ejidatarios de Ampliación Tlalpan, Copilco, San Jerónimo Aculco y Padierna: 733 hectáreas, entre áreas de cultivo y pedregal. En 1948, se inician las obras de infraestructura: drenaje, túneles, puentes. En 1952, se lleva al cabo la ceremonia de Dedicación de la Ciudad Universitaria, que constituye la inauguración oficial por parte del presidente Miguel Alemán. Entre las décadas de los 50 y los 70, la Compañía Mexicana de Aerofoto registra la construcción, estreno y desarrollo de la Ciudad Universitaria; constancia patente en el libro aquí comentado.

Nueve. Del universitario, bisoño o veterano, se espera el conocimiento de la hazaña arquitectónica, ingenieril y estética que significa la Ciudad Universitaria; de la UNAM, el empeño sostenido, permanente, innovador, para mantener viva, activa y compartida una historia que lo es del Sur de la Ciudad de México, de esta misma y de la Nación Mexicana (hispanoamericana, me atrevo a decir).

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.