Cero y van dos
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Cero y van dos

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Cero y van dos

03/03/2020

Uno. Como si las aguas públicas no corrieran turbulentas, a un diputado morenista, más al parecer en ocio ciudadano que en sensibilidad legislativa, se le ocurre proponer una reforma por la que los funcionarios de la UNAM sean elegidos por voto universal y secreto. Lo que pudo pasar por “puntada”, en medio del furor electorero (y sus modalidades de mano alzada, tómbolas, rifas y demás) “prende”. ¿Un distinguido académico? ¿Un conocedor hondo de la historia y momentos por los que ha atravesado la institución? No. No. Ni siquiera un “fósil”. Equis.

Dos. La respuesta de las autoridades universitarias, aunque ocupadas en procesos de configuración que exigen estos tiempos, es contundente. Misma a la que se suman las autoridades capitalinas. La iniciativa se retira. Pero, si de por sí circulan las sospechas de “mano negra” en el actual conflicto (¿conflictos?) de la casa de estudios, queda el resquemor de una irreal competencia entre “marcas” nacionales. La de una, probada en el tiempo, si bien nacida en el orto porfiriano, merced a la visión benéfica de Justo Sierra (y la aquiescencia, no la menospreciemos, del dictador republicano), y la coyuntural de cien universidades por echarse a andar en un sistema, por fuerza, nacional.

Tres. ¿Una, la nueva, a costa de las funciones y prestigios de la otra? No es esta la vez primera que se encienden las alarmas. Ya ocurrió meses atrás, con el tema de la autonomía, motivo de aparente omisión u olvido reglamentario. La autonomía, pieza clave, dispositivo no sólo de autogobierno y autorregulación, sino de resignificación, autognosis y autocrítica. Reservas doradas del cambio en un largo historial que ha pasado por Viejo Régimen, Revolución, Posrevolución, Desinstauración de la Revolución y esta etapa que, lo confieso, ignoro aún como llamarla. ¿”Reformateo” raigal de una sociedad racista, desigual, su Industria de la Conciencia en manos mercantiles, ahorrándose le violencia?

Cuatro. Me detengo no en la “puntada” diputadil (y vaya si abundan), sino en la cuestión autonómica que, se sabe, no goza de especial popularidad oficial. Largo es su proceso. Desde su reclamo por los fundadores (fundación, lo reitero, de una Utopía), hasta su consagración constitucional el 9 de junio de 1980. Luces y sombras.

Cinco. En 1929, fruto de la “cruzada vasconcelista” (el oaxaqueño polémico primero Rector y acto seguido primer secretario de Educación Pública con los auspicios del presidente Álvaro Obregón), condicionada, al depender de la SEP. En 1933, plena, pero traduciendo el intento gubernamental de su privatización al costo de 10 millones de pesos (supuesta última ministración).

Seis. Y, solución dialéctica, en 1945, en el cuerpo de su actual Ley Orgánica. Misma que al tiempo que reconoce a la institución como “corporación pública”, vaya, organismo descentralizado del Estado dotado de plena capacidad jurídica, y crea entre las autoridades colegiadas a la Junta de Gobierno; fija la obligación financiera del Estado mexicano para con su universidad nacional, nacional y autónoma.

Siete. Omitir, olvidar, este paso, es de gravedad extrema, a tiempo (¿pero definitivamente?) remediado. ¿Y qué significa, me pregunté en Helicópteros sobre Ciudad Universitaria? (2000), constancia folletinesca de los conflictos de 1987 (segundo CEU) y 1999 (Consejo General de Huelga), que tan de cerca viví, la autonomía universitaria, la de la UNAM y la de las universidades del país del mismo carácter?

Ocho. Perdura la respuesta: facultad y/o responsabilidad para gobernarse a sí mismas; realización del fin trinario propio: docencia, investigación, extensión y/o difusión; respeto a las libertades de cátedra, investigación, libre examen y discusión de ideas; determinación de sus planes y programas; fijación de los trámites de ingreso, promoción y permanencia de su personal académico; administración de su patrimonio.

Nueve. ¿Autonomía universitaria en el marco de qué filosofía educativa? La propia de un sistema ajeno a fanatismos y prejuicios; abierto a todas las corrientes del pensamiento universal; atento a la convicción del interés general, la comprensión de nuestros problemas y el acrecentamiento de nuestra cultura. Afanes inscritos (¡oh don Jaime Torres Bodet!), en una filosofía política constitucional en el que la democracia se quiere sistema de vida fundado en el constante mejoramiento económico, social y cultural de los mexicanos.

Diez. En resumen, invocar hoy por hoy la autonomía, la de la UNAM y la de sus congéneres, significa la vía, efectiva, de “garantizar la educación superior y ofrecerla al alcance del pueblo”. No como gracia sino como producto del esfuerzo, institucional, colegiado e individual.

Once. No vaya siendo que en esta dirección se anden disparando reluctancias, ocurrencias, reformas, ocurrencias no por peregrinas menos inquietantes…

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.