Carlos Monsiváis
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Carlos Monsiváis

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Carlos Monsiváis

25/06/2020

Uno. El décimo aniversario del deceso de Carlos Monsiváis dio paso a la moda de preguntar qué hubiera opinado el escritor y experto coleccionista, legendario residente de la calle San Simón, de la Colonia Portales, sobre tal o cual (y tal por cual) episodio del tiempo actual. En la misma vena, me pregunto qué hubiera dicho de la apropiación conmemorativa de su figura por manos oficiales (para no decir, o gubernamentales, o estatales). El INBA, el Museo de las Culturas, RTC, y según me cuentan el propio Ejecutivo Federal, se prodigan en homenajes, con la participación decidida de amigos indudables, dudables y de coyuntura.

Dos. De mí, sé decir que no fuimos amigos, pero sí constantes conocidos. Con una mezcla de tensiones y plácidas charlas, a flor de piel su natural sarcástico y su voraz erudición. Tuve el privilegio de visitar más de una ocasión su “búnker”, un refugio casero de cuya riqueza en literatura, pintura, música, es pálida pero visitable sombra El Estanquillo, y de tratar a su señora madre. Mal relacionado desde niño con los gatos, de su fauna no recuerdo especialmente a ninguno. Experiencia extrema era la de conversar con Carlos. Normalmente en el Sanborns de Avenida Universidad (doy fe de su gusto por las “enfrijoladas”), y, por excepción, lujo, una tarde larga, en Leicester Square del Londres de 1971. Lujo, igualmente, un amigo compartido: Hugo Gutiérrez Vega.

Tres. El reencuentro en México podría ingresar en el departamento Tensiones. Fue en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes. Había salido, o estaba por salir, Vida en Londres, mi primer “best-seller”. Nos saludamos y pusimos al día, y ante la aparición del diario londinense, de cuya preparación, creo, él estaba al tanto, se me ocurrió ofrecerle un capítulo para el suplemento México en la cultura que él dirigía, con ese instinto muy suyo sobre lo que cultural y socialmente se gestaba bajo la superficie. Rutinariamente me respondía que lo vería el Consejo Editorial. Lo miré irónico, al tiempo que pensaba: “Carlos, pero si el Consejo Editorial eres tú”. Y ahí quedó el asunto, sin “Hard feelings”, como dijo, o pudo haber dicho Tin Tan (de mis dilectos, y, por cierto, uno de los amigos de mi padre, igualmente actor).

Cuatro. También tensó la relación el episodio del segundo CEU, en 86, 87, “Monsi” del lado insurrecto, y yo entre los negociadores por parte de la Rectoría, ¡oh interminables sesiones en el repleto Auditorio Justo Sierra, perifoneadas por Radio Universidad! Debut de Carlos Imaz, Imanol Ordorica, Antonio Santos (de fácil trato). Enfriada ya la animosidad, depuesta la huelga, conseguido el Congreso Universitario, desayunamos. Y confieso que la antropología que Carlos hacía de un movimiento que insurgía en la ciudad, y que el tradujo en derechos humanos, sociedad civil, me interesaba sobremanera. Empero, lo que me intrigaba eran los rasgos de ese nuevo rostro.

Cinco. Siempre estuve atento a sus libros, y celebré sin parar lo perdurable de experiencias, figuras y autores compartidos. Lo que llamo la Revuelta Cultural de los 60’s, ebullición de las artes todas y del pensamiento en la que irrumpieron, ya definitivos, Carlos y José Emilio Pacheco. Monsiváis me traía a la memoria, indefectiblemente, a Luis Guillermo Piazza, mi primer editor y entrañable amigo, y a Emmanuel Carballo, amigo no menos cercano mío a partir de los 70’s. Espero que, en este multitudinario festín memorioso de Carlos, no se escape que los tres, Tito, Emmanuel y él, publicaron al unísono una columna en el periódico Excélsior. Y estaba el conocimiento monsivaíta de uno de mis autores: el uruguayo Juan Carlos Onetti.

Seis. Espacio queda para una singular anécdota. Ocupando yo la Subdelegación de Cultura de la Delegación Venustiano Carranza, y en colaboración con la Directora del Archivo General de la Nación, Alejandra Toscano y su equipo, urdimos el ciclo “Décadas de la Ciudad de México”, especie de arqueología total que arrancó con la década de los 40’s, el sexenio de Manuel Ávila Camacho y los cuatro iniciales años del de Miguel Alemán. Monsiváis se alzaba como obligado participante. Lo que tuviera a bien: escribir, perorar, bailar, declamar, actuar.

Siete. Quedó en lo primero. No sin toda una campaña de resistencia, persistencia, logré que concluyera, entregara, y saliera a la luz, en la colección Práctica de Vuelo, el que juzgo uno de sus mejores ensayos, suma de un humor sapiente, afincado en lo documental y lo intuitivo, intitulado: ¿De qué se ríe el licenciado? (en alusión, por supuesto, a la “mazorca” de Miguel Alemán, sucesor de Manuel Ávila Camacho).

Ocho. Sumamente honroso resultó para mí, que sus organizadores, me invitaran a participar en no recuerdo qué número de ceremonia luctuosa, en honor de Carlos, y en la azotea de El Estanquillo. Me acompañó mi amiga Ingrid Brena. Buena asistencia. Buena sesión. Memoria puntual de una cercanía (no digo, reitero, amistad), más arroz que prietitos o gorgojos. Y El Estanquillo, en el edificio donde concluye La sombra del caudillo de M.L. Guzmán (cercano el Casino Español), en el corazón del corazón de la Ciudad de México.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.