Amparo Dávila (1928-2020)
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Amparo Dávila (1928-2020)

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Amparo Dávila (1928-2020)

24/04/2020

Uno. Las ciudades están ocupadas no sólo por edificaciones, históricas y de nueva factura, y pobladores en activo, sino por la presencia virtual de sus artistas, ya finados, ora (auto) silenciados. Tal es el caso, para la Ciudad de México, de Amparo Dávila, gran cuentista, procedente de la hermosa mas tristona Zacatecas (población de Pinos), y fallecida por estos días.

Dos. Dávila se forma plenamente, y alcanza sus éxitos (el Premio Villaurrutia en 1977) en la Ciudad de México. A diferencia de otras escritoras, de su calibre, pero rehenes del olvido sin fisuras, poeta y narradora, Dávila tuvo una especie de repunte, reaparición. A lo que contribuyó el ensayo que le dedica, a ella y otras autoras, mi amiga Beatriz Espejo. Hablo de Seis niñas ahogadas en un vaso de agua. Documentación y Estudios de Mujeres; ensayo aparecido y vuelto a aparecer.

Tres. Y objeto de segundas, y hasta terceras lecturas, propiciadas por el obligado confinamiento con el que el Covid-19, ha bloqueado los días previos al mes enero (y que algunos, a lo mejor, someteremos a un viraje incluso cuando la emergencia pase); virus y contagio, digámoslo, frente a los que la comunidad científica se ha exhibido lenta, remisa, en el apremiante invento de un antídoto. Y consigno otro dato que encierra fracaso.

Cuatro. A diferencia del pasado, que reflejaba reconocimiento, la concesión de asientos en el transporte colectivo (equidad de género con las embarazadas), credenciales especiales, programas diseñados para su ocio (sembrado, salvo excepciones, por soledad y depresión), aplauso por una vida cumplida, el pasar de los 60 años se empieza a tasar estigma, proyectar la sombra del lastre.

Cinco. La noción de lauros ganados en la lucha de la vida, cobra el carácter de inutilidad, sospecha. La tercera edad, o matizando, la condición de adulto mayor, a ojos vistas o inferida, impide por estos días el paso a ciertos super mercados y otras restricciones. Ejemplo de esto último, lo fue el intento, en servicios médicos, intento frustrado (hasta ahora), de, ante una común urgencia, de un viejo y un joven (o apenas maduro), eliminar al primero.

Seis. Como si entre la lectura de un autor bisoño, pero acariciado por la fama, y el último Hemingway, cayera por su propio peso la elección automática del “nuevo”. Pero en lo que estoy.

Siete. Juego de pares, Dávila y Espejo. Piezas de una literatura escrita por mujeres, que entre los 50 y los 70, por lo menos, dieran pie a una especie de proto o pre feminismo que habría que rearmar. Grupo notable que incluye a Pita Amor, Margarita Michelena, Elena Garro, Rosario Castellanos, Inés Arredondo, Guadalupe Dueñas, Josefina Vicens, Tita Valencia, entre las principales. Y al que la abundante cosecha de escritoras debutantes, debe leerlas no como precursoras sino en tanto ejemplos vigentes.

Siete. Decía que la celebridad de la Dávila descansó en el cultivo del cuento, no arredrándose, por la época de sus libros capitales, su magistral práctica, y me limito a América Latina. Patriarca, un Jorge Luis Borges en Argentina, Juan Rulfo en México-Comala, Onetti en Uruguay, a control remoto desde París Julio Cortázar.

Ocho. ¿En qué tendencia la zacatecana? De este y otros aspectos esenciales, se ocupa Beatriz Espejo en su serio, documentado libro. Verdadero homenaje.

Nueve. Quizá, lector, piqué su curiosidad. Me adelanto a su pregunta: ¿merecí la suerte de conocerla, de tratarla, en el tráfago de una escena literaria por demás activa, que gustaba de organizar vinos de honor, ritualidades, ver y dejarse ver más o menos como los cafés de París funcionan en ese juego de espejos (los estrictamente madrileños, no, más bien coto, zonas reservadas). A conocerla, sí; a tratarla, no. Ni remotamente como lo hice una temporada larga con Pita Amor, por ejemplo. Extravagante, coqueta. Personalidades del todo opuestas Dávila y Amor.

Diez. Vengo haciéndolo estos días de encierro. Comunicarme telefónicamente con Beatriz Espejo, recluida en su casa de Contadero. Pero esta vez, el tema es Amparo Dávila, su muerte, su traslado al lar natal, su obra, sus dones cuentísticos. Inevitablemente, a esta tecla se suman otras, y la sabrosa conversación se dilata.

Once. El caso es que, insisto en recomendarle, si lo tiene a la mano, esta lectura y/o relectura.

Doce. Frente a la desenfrenada oferta de la virtualidad, la inveterada costumbre de la lectura, de clásicos y modernos, de obras mayores y populares, revela la indestructibilidad del libro, sobreviviente de siglos, guerras, crisis económicas, ciclos de ascenso y ciclos de decadencia, plagas, invasiones, fascismos y prontos democráticos (democracias que reclaman la etiqueta con su fecha de caducidad).

Trece. Le confío que, después del repaso de Amparo Dávila, me afanaré en un mal momento de Batman, al que de pronto todo se le ha oscurecido; sus hazañas, Ciudad Gotham, su destino justiciero. Habló de Batman. Pesadillas, de Tom King, con la intervención de nueve dibujantes. Seguiré informando.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.