Aciago 22 de octubre de 2019
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Aciago 22 de octubre de 2019

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Aciago 22 de octubre de 2019

01/11/2019

Uno. Aunque (lo digo por ahí), no por mucho madrugar amanece, soy irremediablemente tempranero. En la enésima versión de lo ocurrido en Culiacán, Sinaloa, el Ejecutivo federal declara no haber estado al tanto del operativo, por el que primero se detuvo, y después se soltó, al ‘Chapito’ Guzmán. Yo ya la esperaba.

Dos. Declaración que si bien, en principio, le lava bíblica, penalmente las manos, desata una profunda crisis en las líneas de mando a cargo de tan atropellada acción de la fuerza pública; máxime si cobra fuerza (evidencia) la dirección inconsulta de una instancia extranjera, la DEA. Mientras que no pasa de vacilada el compromiso de Trump de frenar el tráfico de armas por la frontera norte.

Tres. Horas después, antes de iniciar mi seminario de historia literaria (posgrado), en la Facultad de Filosofía y Letras, me entero del fallecimiento reciente de un amigo entrañable, conocido mientras asomábamos la cabeza en uno de los círculos del Infierno.

Cuatro. No que no prestara atención, y comentara con tino, a los dos trabajos de esa sesión; dedicados, respectivamente, a la antología poética Laurel, que intentó sin éxito fundir a México y al recién estrenado exilio español, y a mi generación cronológica, la de La onda. Simplemente, la memoria y la mente (el corazón, en suma), discurría, por otros andurriales.

Cinco. Ya por la anochecida, me impongo de la muerte, en Francia, de Alicia Reyes, amiga y cómplice asimismo entrañable. Poeta, novelista policial, traductora, heredera en la Capilla Alfonsina tantos años bajo su dirección, del legado (biblioteca, archivo) de su abuelo Alfonso Reyes.

Seis. Frente al díscolo autoritarismo crítico, de algunas fundaciones, Alicia Reyes dio muestras de apertura y generosidad sencillamente ejemplares. Ya he comentado que, gracias a ella, la Capilla Alfonsina se convirtió en mi lugar de acogida en algunos de mis exilios políticos universitarios (política, la universitaria, aunque usted no lo crea, en veces tan feroz o inepta como la extramuros).

Siete. Ritual cotidiano de un excelente café cargado (costumbre nacida desde que el presidente Ruiz Cortines, enviaba a don Alfonso sacos de incomparable grano veracruzano); vívida conversación; y, por qué no, chismorreo de nuestra Republiquita de las Letras, de tanta “pompa”, para tan escasa “circunstancia”.

Ocho. En los “recreos” del trasiego de papeles y documentos, durante años, visita a la Librería Rosario Castellanos, en el edificio del que fuera el Cine Lido, milagrosamente salvado de la manía destructora que se llevó a las Pérgolas de la Alameda. Aunque no hasta el punto de que la noche de inauguración de la librería, se viniera al suelo el costosísimo domo. Recorrimos el lugar, lo recuerdo, entre la pedacería multicolor.

Nueve. Y, a la hora de la comida, el SEPS de Mazatlán. “Lugar de la memoria” mío desde que lo frecuentábamos, en los 60 del pasado siglo, los amigos de la Facultad de Derecho (todavía con maestros de la talla de Mario de la Cueva o Rojina Villegas).

Diez. A Alicia Reyes, debo la orientación en no pocos de mis estudios alfonsinos, por ejemplo, la edición de las correspondencias cruzadas por su abuelo con Martín Luis Guzmán y Jaime Torres Bodet, y mi libro El cielo no se abre. Biografía documental de Alfonso Reyes.

Once. Lugar especial guarda la sorpresa de entregarme, una mañana, para su edición crítica, el voluminoso manuscrito, con el mismo tema (el padre, el hermano Rodolfo, la culpabilidad), que precede en el tiempo a Oración del 9 de febrero.

Doce. Hablo de mi Alfonso Reyes. Óbolo a Caronte (semblanza del general Bernardo Reyes).No menor muestra de confianza fue la de que me permitirá asistirla en la férrea determinación de la publicación íntegra de los Diarios (trece carpetas) de Alfonso Reyes. Esto frente a la idea de una selección, no ajena a la sospecha de parcialidad.

Trece. Edición, la completa de los diarios, que, en nuestro ambiente cultural feudal, deviene muestra de solidaridad entre investigadores e instituciones.

Catorce. Ya residente Alicia en Francia, y aunque al tanto de su salud, tiempo nos faltó para deplorar, estoy seguro, la edición “grillesca”, laica y evangélica (agua y aceite en principio), de Cartilla moral; texto que su abuelo, aunque con pluma poderosa, redactara bajo presión de la amistad, y menor comparado con otros suyos en verdad originales y deslumbrantes.

Quince. Descanse en merecida paz Alicia Reyes.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.