PRIAN o PRIMOR
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PRIAN o PRIMOR

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PRIAN o PRIMOR

22/03/2018

En una contienda electoral entre tres bloques, el primero de ellos que se rezague dejará de ser una opción real para convertirse en un factor determinante a la hora de definir al ganador de la contienda. Así sucedió en el 2000, cuando la izquierda dejó de ver a Cuauhtémoc Cárdenas como un posible ganador y se inclinó por Fox para sacar al PRI de Los Pinos. En 2006, fue el PRI de Madrazo el que se derrumbó e inclinó la balanza en favor de Calderón en la elección más disputada de la historia democrática mexicana. Y fue en 2012 cuando la caída de Josefina Vázquez Mota fue suficiente para contener el ascenso de López Obrador, en una avalancha de votos de filopanistas hacia el PRI de Peña Nieto.

Hoy, como en 2006, López Obrador va arriba en las encuestas, pero ni el PAN ahora aliado al PRD, ni el PRI y sus socios se ven hasta ahora fuera de la contienda en una disputa por el voto útil. De hecho, la lucha por el segundo lugar sólo ha conseguido aumentar la ventaja del puntero a unos días del inicio formal de las campañas. AMLO y Morena van por los votos del PRI tradicional y algunos bastiones del PRD, mientras que el Frente estaría disputando el voto de las clases medias urbanas que le dieron el triunfo a Calderón en 2006.

Para el PRI, su apuesta es sostener el voto duro del priismo tradicional, hoy sensiblemente debilitado, y añadirle a esas clases medias que vean en Meade una mejor oferta que la de Anaya. Hoy, en esa guerra entre tres, el tabasqueño lleva ventaja. Y es que en la lucha por obtener el segundo lugar para desde ahí disputar la silla grande, priistas y panistas han mandado a un lejano lugar sus afinidades comunes: la continuidad con las reformas aprobadas y puestas en marcha, sus agendas legislativas en la misma línea, y un lenguaje negociador que les rindió beneficios mutuos durante largos años. La ruptura provocada por la candidatura de Anaya y la alianza con el PRD ha llevado a la relación entre estas fuerzas a su nivel más bajo en décadas.

El hecho de que la confrontación entre PRI y PAN abra la puerta a la opción comprometida con la cancelación de las reformas y el resurgimiento del modelo proteccionista de crecimiento hacia adentro y precios de garantía a productos agrícolas, entre otras cosas, demuestra hasta dónde la irracionalidad política pueda estar presente en las campañas electorales. La denuncia de López Obrador sobre la existencia de una ilegítima alianza entre priistas y panistas –PRIAN– tiene un sustento real en los denominadores comunes, que son la base de la relación entre ambas formaciones políticas: apertura económica, finanzas públicas sanas y libre mercado.

Ese PRIAN está siendo desplazado por una lógica perversa de venganzas y ajustes de cuentas que podría terminar por construir una nueva coalición entre el viejo PRI y Morena, en el llamado PRIMOR, cuyo resultado sería la incorporación de los residuos del corporativismo tricolor al partido de López Obrador y con ello ganar la presidencia y una mayoría en el Congreso que pudiese meter reversa a las reformas puestas en marcha.

Así, más allá de la batalla electoral y sus efectos colaterales, tanto el PAN de Anaya como el PRI de Meade no deben perder de vista que lo que está en juego es la continuidad de un proyecto de país que ha tenido un éxito parcial por su vinculación a los ejes de la disciplina financiera e inserción al mercado externo, y cuyas debilidades no se resuelven metiendo reversa y cancelando aquello que promete ser detonador de inversión y desarrollo. La tormenta perfecta, producto de la pequeñez, la miopía, y la visión limitada de la realidad, puede llevar a este país de regreso al siglo XX, sino es que más atrás.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.