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La realidad

27/12/2018
Actualización 27/12/2018 - 14:16

El fin de año alcanzó al nuevo gobierno mexicano en su inexperiencia y su carencia de sensibilidad sobre los problemas propios de un país que no es el mismo que veían cuando eran oposición. Los plantones en el aeropuerto y la resistencia a aceptar los recortes presupuestales por parte de los presidentes municipales, así como el drama de los miles de burócratas despedidos sin argumento alguno más allá del que exige su renuncia como parte de los cambios puestos en práctica por la cuarta transformación, son todos estos ejemplos de la falta de oficio político de los recién llegados, y de los costos que decisiones de este tipo ocasionarán en el corto plazo.

El tema de la desorganización de la nueva administración, ligado al proyecto de desmantelamiento de un aparato burocrático, cuya reducción ha sido hecha con un largo cuchillo sin consideraciones racionales, prevé un choque con factores reales de poder y un mayor burocratismo producto del desconocimiento de la vida cotidiana en el manejo de los trámites por parte de los nuevos e inexpertos funcionarios públicos. La subordinación de toda la clase política a la figura y las decisiones del Presidente, impide la reversión de medidas que dañarán seriamente la economía nacional y de las personas de manera casi inmediata.

Las rectificaciones hechas en lo referente a las modificaciones legales y presupuestales en relación a las universidades y el presupuesto para ellas, así como los recursos destinados para el servicio diplomático, denotan la falta de conocimiento en el manejo de documentos básicos, así como la posible influencia de sectores radicales dentro de Morena dispuestos a rebasar las propias indicaciones de su líder.

El rechazo a la inversión extranjera en ciertos proyectos, como el del Transístmico, es otro mensaje de cerrazón por parte del Presidente frente a la urgente necesidad de atraer capitales externos en un momento de reducción de flujos de recursos a nivel internacional. El repunte de precios durante diciembre sólo complica más el escenario en la medida en que el compromiso de elevar salarios por encima de la inflación por parte de López Obrador, obligará al Banco de México a reforzar su política de alzas en la tasa de interés, generando a su vez un choque frontal entre esta institución y la Presidencia de la República.

Los recortes presupuestales a los órganos autónomos del Estado mexicano forman parte de la recomposición del régimen, cuyo objetivo es concentrar todo el poder en la figura presidencial. En este contexto, estas instituciones que siempre representaron una instancia de contrapeso frente al poder, están hoy en peligro de desaparecer por ser consideradas ilegítimas e inútiles en la cuarta transformación. Sin embargo, sus aportaciones a la democracia y a la transparencia las vuelven indispensables para evitar el regreso de un modelo autoritario de un solo hombre.

Una burocracia sin capacidad profesional para procesar las demandas ciudadanas, y convertida más en un órgano de control político que en una nueva forma de atender las necesidades ciudadanas, tiene la fuerza suficiente como para destruir los cimientos de una débil y cuestionada democracia de poco más de dos décadas de existencia. Esta fascinación por el pasado estatista del nacionalismo revolucionario mitificado por el propio López Obrador, nos puede conducir en unos cuantos años a la democracia iliberal de la Rusia de Putin o la Hungría de Orbán, donde las reglas de gobierno se adaptan a las necesidades del autócrata, abandonando rápidamente el Estado de derecho en beneficio del caudillo. Este es el riesgo que se corre en la realidad mexicana.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.