Mueren las democracias
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Mueren las democracias

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Mueren las democracias

10/01/2019
Actualización 10/01/2019 - 21:01

La debilidad de las democracias radica principalmente en la ausencia de instituciones de todo tipo capaces de contener la ambición de poder que todo individuo posee a la hora de gobernar. Los teóricos del tema, Hobbes, Locke, Rousseau, terminaron por concluir que resultaba imposible confiar en los valores morales de las personas como instrumento para garantizar la continuidad de la democracia como sistema político y como forma de vida. Únicamente creando pesos y contrapesos que limiten el ejercicio del poder, pero que al mismo tiempo permitan al gobernante llevar a cabo su programa de acción en el marco de un sistema legal vigente, es posible pensar en un modelo de organización política blindado de las aspiraciones de un eventual autócrata.

Steven Levitsky y Daniel Ziblatt describen en su texto, 'Cómo mueren las democracias', la forma en la que la debilidad democrática se transforma en un régimen autoritario en el siglo XXI. Atrás quedaron las experiencias de las dictaduras militares que sustituían al poder civil ante el caos o la ingobernabilidad propia de una democracia sin instituciones ni leyes efectivas. Las fuerzas armadas demostraron una y otra vez que podían asumir con relativa facilidad el mando del país, pero no la continuidad de un modelo basado en la fuerza y el terror. “Uno puede hacer lo que quiera con las bayonetas menos sentarse sobre de ellas”, decía Napoleón en un claro reconocimiento de las limitaciones propias de un régimen basado únicamente en la fuerza.

Los nuevos autócratas entendieron perfectamente la lección y procedieron a cambiar la estrategia para reducir al mínimo la opción violenta y llegar al poder con la mayor legitimidad posible. Como en la vieja estrategia comunista que nunca funcionó, los dictadores actuales hicieron uso de los mecanismos de la “democracia burguesa” para, una vez alcanzado el poder, anularla y crear un régimen con formas democráticas pero de fondo autoritario. A diferencia de los comunistas del siglo XX, los déspotas del siglo XXI han logrado un éxito indiscutible.

Esto que han dado por llamar la democracia iliberal, no es más que la estrategia acertada de políticos autoritarios que desprecian el libre juego del poder bajo las reglas del Estado de derecho, la alternancia y la legitimidad de la opción opositora. Es esta la forma como triunfó el Brexit en Gran Bretaña, Trump en Estados Unidos, Chávez y Maduro en Venezuela, Evo Morales en Ecuador, Viktor Orbán en Hungría, Erdogan en Turquía, entre otros. Es la opción que mata la democracia desde la democracia misma y la reduce a una serie de símbolos carentes de contenido real.

Y es este el peligro que se vive en México cuando López Obrador descalifica a sus adversarios y sus propuestas en conjunto, al calificarlos de retrógrados y parte de la mafia del poder que debe desaparecer. Lo mismo sucede cuando órganos autónomos del Estado son golpeados económicamente y se pretende construir un régimen centralizado sin contrapesos reales, ni oposición legítima.

Es común escuchar a aquellos que justifican la nueva forma de reducir los espacios democráticos, bajo el argumento de que “las cosas han cambiado y hay que acostumbrarse a los nuevos tiempos”. Esta argumentación es idéntica a la de aquellos que, tras la destrucción de las democracias a manos de dictaduras o regímenes totalitarios, llamaban a la población a aceptar la “nueva era” y someterse a la voluntad de los nuevos poseedores del poder absoluto. Democracia es debate, competencia, negociación y acuerdos entre iguales, y no el doblegarse ante aquello que representa la muerte de esta forma de convivencia humana.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.