Los impresentables
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Los impresentables

04/01/2018
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Interrogación
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Las distintas alianzas político-electorales que se presentarán en las próximas elecciones presidenciales de julio, intentarán mostrar como sus principales candidatos a figuras de prestigio que puedan atraer a votantes por su trayectoria e imagen pública. Buscar a esos individuos dentro, y principalmente fuera de los partidos, se convierte siempre en una tarea compleja que rinde frutos cuando dichas personalidades son anotadas como parte de su repertorio electoral ante la ciudadanía. Por ello se incluye a actores, deportistas, científicos e intelectuales quienes, independientemente de su capacidad como gobernantes o legisladores, son un imán de atracción ante los potenciales votantes.

Pero también están aquellos otros que, por compromisos con los partidos y específicamente con la clase política nacional o local, se ven obligados a proponer a líderes cuya trayectoria es absolutamente contradictoria con aquello que se postula como alternativa de gobierno.

Así, para el bloque denominado Por México al Frente, pretender incluir en sus filas como candidato a diputado al exgobernador de Guerrero, Ángel Aguirre, es un despropósito cuyo costo electoral puede ser enorme para esta coalición partidaria. Aguirre, expriista, perredista cercano a Marcelo Ebrard, y corresponsable directo de la violencia en Guerrero y específicamente de negligencia criminal en el caso Ayotzinapa, no tiene nada que hacer en una opción electoral que se dice comprometida con el cambio de régimen.

Algo similar le ocurre a la candidatura de José Antonio Meade, cuya presentación ante la sociedad se basó en su no militancia partidista con la intención de alejarse de la estructura corporativista corrupta del priismo tradicional. El apoyo original del partido, fundamental para su lanzamiento electoral, va ahora ligado a una visión ciudadana que resulta incompatible con la de liderazgos como el de Carlos Romero Deschamps u otras figuras de esa línea que contradicen el compromiso de ruptura con el abuso de poder y la corrupción institucionalizada. Imposible para un no priista candidato del tricolor hacer embonar la demanda ciudadana de honestidad política con las obligaciones inherentes al aparato partidario tricolor.

En el caso de Morena, la contradicción entre una larga lista de funcionarios y representantes partidarios involucrados en actos de corrupción, abuso de autoridad, violencia política y otras expresiones propias del nacionalismo revolucionario reencarnado en esta opción partidaria, y el caudillo fundador impoluto y honesto, se resuelven como en toda institución populista autoritaria a través de la palabra purificadora del iluminado. Los actos ilegales e ilegítimos de los subordinados no tocan al caudillo, y en todo caso es éste quien los perdona y redime cuando así lo considera conveniente. No hay aquí contradicción a resolver, puesto que no existe la más mínima autocrítica ni responsabilidad sobre actos cometidos por los miembros de Morena o su dirigente nacional y candidato. Es simplemente la lógica del autoritarismo llevada a sus últimas consecuencias.

Es por ello que en las próximas campañas es necesario que ciudadanos y medios seamos lo suficientemente serios y coherentes para denunciar inconsistencias de cualquier lado. Aquellos candidatos impresentables por su inviabilidad política y peligrosidad a la hora de gobernar, deberán ser expuestos ante la sociedad en su justa dimensión. Prestarse a simulaciones o suponer que ya en el poder aprenderán y cambiarán, es una falsa ilusión que puede costarnos muy caro, como ya les sucedió a países al sur y al norte de nuestra frontera. Obligar a las campañas y sus máximos representantes a rectificar en el camino, es válido en la medida en la que la ciudadanía impugne aquello que sabe puede dañar seriamente la estabilidad y el camino de un desarrollo compartido. Pretender regresar al pasado o inventar fórmulas mágicas sería francamente suicida. 

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Twitter: @ezshabot

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Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.