Las señales
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Las señales

11/04/2019
Actualización 11/04/2019 - 12:23

La posibilidad de predecir una crisis económica o, por el contrario, el inicio de un proceso de expansión, radica en la habilidad para identificar las señales que se emiten casi en forma diaria por parte de los diversos agentes difusores de información sobre lo que sucede en los mercados mundiales, o específicamente en uno de ellos. Es tal la cantidad de datos que aparecen diariamente, que cualquier análisis puede parecer correcto aunque resulte opuesto a otro igualmente sólido en su contenido.

Cuando el economista Nouriel Roubini predijo, en 2006, que la burbuja inmobiliaria de las llamadas hipotecas subprime iba a detonar una crisis de magnitudes inconmensurables debido al alto grado de dependencia entre estas y el resto del sistema financiero de Estados Unidos, lo hizo en contra de la corriente mayoritaria de funcionarios y especialistas, que sostenían el principio de que bancos y empresas financieras eran “demasiado grandes para caer”, en el entendido de que siempre aparecería el brazo financiero salvador del gobierno federal para evitar la catástrofe.

La quiebra de Lehman Brothers desató la tormenta y los grandes comenzaron a caer, llevándose consigo a millones de ahorradores y su patrimonio. Roubini y otros que entendieron la realidad pudieron salvar su patrimonio, algunos incluso hacer grandes fortunas por apostar contra el sistema, pero en el fondo se trató de la demostración clara de quienes supieron entender las señales, frente aquellos otros que por ignorancia o ambición desmedida cayeron al precipicio sin freno alguno.

Esto nos lleva a aplicar este principio a la realidad mexicana actual, donde los equilibrios macroeconómicos creados desde la última crisis, en 1995, garantizaron evitar entrar en problemas de deuda inmanejable tanto para el gobierno como para sus empresas Pemex y CFE. Un Banco Central autónomo y organismos del mismo tipo en áreas como las telecomunicaciones, competencia económica, la información especializada, entre otros, cierran el círculo de ese binomio eficiencia-vigilancia que todo modelo económico requiere en un país democrático.

Los datos que hoy tenemos de la economía mexicana nos obligan a encender las luces rojas de lo que puede suceder en unos meses, más allá del compromiso del gobierno federal de no endeudarse, mantener un superávit primario y garantizar un crecimiento del 2.0 por ciento. Las discrepancias entre López Obrador y Hacienda son un indicador de la diferencia entre deseo y realidad. Los intentos exitosos por retomar el control total de Pemex anulando a los consejeros independientes del Consejo de Administración, y haciendo lo propio para que la CFE regrese a ser la única proveedora de electricidad con el riesgo de caer no sólo en insolvencia sino en escasez de los recursos que proveen a la sociedad, vaticinan un oscuro futuro a corto plazo para el país.

La eventual degradación crediticia de Pemex y CFE por las calificadoras y el efecto sobre el valor de la deuda de México romperán ese proceso de revaluación del peso mexicano, causado por la caída del valor del dólar en mercados internacionales y por una alta tasa de interés que el mercado mexicano paga a sus inversionistas, todavía confiados en la buena percepción que se tiene de la economía nacional.

Todo esto hasta que el destino nos alcance y el bajo crecimiento de 1.0 por ciento para este año derive en tensiones sociales difíciles de manejar, y sin colchones presupuestales desperdiciados en meterle dinero a una empresa quebrada como Pemex. Si leemos bien los indicadores de inversión, consumo y crecimiento, deberíamos pensar en que lo que hoy parece una economía estable y con bajo crecimiento, podría ser el preámbulo de una crisis mayor.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.