La caída
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La caída

29/03/2018

Cuando Donald Trump tomó posesión como presidente de Estados Unidos el 20 de enero de 2017, se comenzó a especular sobre su posible destitución por diferentes motivos. Desde los escándalos de corrupción de él o sus allegados, o la trama rusa que poco a poco fue tomando forma, la propia conducta del primer mandatario norteamericano fue reforzando esa posibilidad que, como deseo de muchos y negación de otros, terminó por confirmar lo que desde un inicio de su gestión se afirmaba: Donald Trump no estaba preparado para ocupar la silla presidencial en el país más poderoso del planeta.

El electorado trumpista siguió siendo fiel a su líder independientemente de las acusaciones en su contra. La capa de acero construida sobre su imagen durante la campaña siguió protegiéndolo de todo. Desde su vinculación con el gobierno ruso y su falta de transparencia en sus negocios y declaraciones impositivas, hasta sus expresiones racistas y despectivas a grupos étnicos y nacionales, pasando por su machismo y carencia de lenguaje propio de un primer mandatario, la base social del trumpismo, creada por distintos medios incluyendo las redes sociales manipuladas por empresas como Cambridge Analytica, se sostiene sin cuestionar al caudillo.

Pero la resistencia anti-Trump ha comenzado a rendir frutos. Los demócratas han conseguido enfrentar a los republicanos ligados al presidente, con figuras locales emisoras de discursos conservadores ahí donde se necesita, lo que les ha rendido frutos en Virginia, Alabama y recientemente en Pennsylvania. Los medios de comunicación como CNN, ABC, MSNBC. CBS y los diarios New York Times y Washington Post han emprendido una cruzada que va más allá de un enfrentamiento ideológico entre liberales y conservadores. Se trata de rescatar la viabilidad de los Estados Unidos de América como la potencia mundial capaz de generar los equilibrios necesarios para evitar que los conflictos internacionales derivados de las amenazas totalitarias terminen por desbordar la capacidad de contención hasta ahora mostrada por la única superpotencia hegemónica.

Las instituciones de la democracia norteamericana han logrado hasta ahora contener los excesos del autócrata y echar a andar los mecanismos para su destitución por graves violaciones legales en el ejercicio de su mando. Los servicios de inteligencia, encargados de la seguridad nacional, han identificado en las acciones del presidente un peligro para la seguridad nacional. Robert Muller, el fiscal especial, ha acumulado expedientes que documentan las irregularidades y violaciones legales de Trump como candidato presidencial y como presidente en funciones.

Esto ha provocado la reacción inmediata del presidente norteamericano, despidiendo a todo aquel funcionario capaz de cuestionar sus decisiones. Trump se ha quedado con puras figuras que le dicen sí a toda tontería que plantea, con el riesgo que esto conlleva para la seguridad nacional y mundial. Mientras Mueller cierra el círculo de la ley sobre el primer mandatario, éste radicaliza su posición y amenaza con chocar con sus aliados dentro y fuera de los Estados Unidos. El juicio político contra Trump podría estar a la vuelta de la esquina, pero Muller espera el justo momento para entregar su dictamen sobre el caso.

El fiscal especial requiere tener la certeza de que los resultados de su investigación no caigan en manos de republicanos dispuestos a encubrir los delitos de Trump, por lo que requiere esperar a las elecciones de noviembre cuando se pronostica que los demócratas obtengan la mayoría en ambas Cámaras. Esto, o que Muller identifique que los republicanos no están dispuestos al suicidio colectivo apoyando al presidente, y estarían dispuestos a dejar caer a Trump más temprano que tarde. Es el momento de la caída, lenta, pero segura.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.