El miedo
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El miedo

15/02/2018
Actualización 15/02/2018 - 12:15

Uno de los factores que incide en la intención de voto del ciudadano es el miedo. El temor a que el ascenso al poder de uno u otro partido signifique la pérdida de lo obtenido durante años de esfuerzo y trabajo, o la posibilidad de que el país entre en un caos generalizado que afecte la estabilidad económica y social de sus habitantes. En condiciones normales, en un régimen democrático con instituciones sólidas y un Estado de derecho consolidado, la alternancia partidaria no genera inquietud alguna.

El triunfo de liberales, conservadores, socialdemócratas o incluso la presencia de fracciones más radicales en gobiernos de coalición, terminan por ser parte de la cotidianidad democrática que permite a unos y a otros probar suerte cada determinado tiempo a partir del ejercicio de la voluntad ciudadana en las urnas. El problema comienza cuando dentro de la democracia aparecen y crecen de manera significativa los llamados partidos o movimientos antisistema. Aquellos que pretenden romper con la institucionalidad bajo el principio de que sus defectos son lo suficientemente graves como para sustituirla por otra cosa.

Así surgen los Trump en Estados Unidos, o los Chávez en Venezuela y Morales en Bolivia, entre otros, cuyo objetivo es la obtención del poder con las reglas democráticas, para luego sustituirlas por otras que les garanticen su permanencia sin tener que competir en igualdad de condiciones con sus adversarios. Por eso el miedo con López Obrador desde 2006 y hasta ahora; por la descalificación de sus adversarios y críticos; por el tipo de personajes que lo rodean y que forman parte de una estructura vertical autoritaria e intolerante, y por un discurso paternalista donde termina de por perdonar a sus contrincantes, siempre y cuando éstos se sometan a su proyecto y control.

El miedo que genera la posibilidad de que López pretenda echar para atrás las reformas energética, educativa, laboral, así como la construcción del aeropuerto y a su vez proponga invertir en refinerías inviables económicamente, es suficiente para detener la popularidad al alza del tabasqueño ante el temor de que su triunfo implique un intento por retroceder en el proceso de modernización de la economía mexicana. La propuesta de Morena es la de la reconstrucción del nacionalismo revolucionario del viejo PRI, que supone un incremento en el gasto público sin un aumento en los impuestos, lo que implica necesariamente mayor endeudamiento y con ello inflación y crisis segura.

Si López Obrador y Morena quieren romper con el obstáculo del miedo que los aleja del triunfo, tendrían que dar un golpe de timón en el fondo y en la forma de su propuesta. Abandonar el caudillismo del movimiento, modificar el programa de gobierno, e incorporar a figuras que sean garantía de estabilidad institucional que ayuden a mitigar el miedo que sigue rondando en buena parte de la sociedad mexicana ante un eventual triunfo de esta izquierda trasnochada. Las propias expresiones del candidato presidencial, que van de la descalificación a la disculpa y luego a la reafirmación del mismo argumento que generó la crítica no aceptada, hacen ver a un político que ha reducido la agresividad del lenguaje pero no la falta de compromiso con la pluralidad y el debate de ideas.

El miedo funciona como un instrumento de disuasión, cuando el político genera las actitudes y argumentos adecuados para que el ciudadano crea en el riesgo que implica la elección de uno u otro candidato. Hoy, López Obrador sigue generando esa sensación en millones de mexicanos que temen a un presidente que gobierne por decreto, y rodeado de un grupo de políticos resentidos y deseosos de ajustar cuentas con quienes consideran les robaron en dos ocasiones la presidencia de la República. En verdad muy peligroso.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.