Ha pasado casi un mes de mi anterior participación en las hojas de El Financiero en las que, sin intención, mea culpa, cometí la imprecisión de haber señalado que el querido maestro Luis Javier Solana no había estado presente en el evento La agenda democrática del Grupo Oaxaca, organizado por el INAI hará cosa de dos meses aproximadamente.
Sin embargo, habiéndose hecho la aclaración inmediata y pertinente de esta imprecisión, una vez más dejo constancia de que en un enorme esfuerzo y con el ánimo siempre presente Luis Javier Solana asistió y su presencia fue vista y sentida, no solo al leer los pasajes de la entrevista que se le hizo y que forma parte del libro publicado por el INAI, sino que de cuerpo presente, inteligencia en los ojos y avidez por escuchar y participar en el evento, el INAI una vez más tuvo el privilegio de tener a don Luis Javier Solana, uno de los padres fundadores del movimiento democrático de la transparencia en México, en primera línea.
Por eso, dedico estas líneas a la trayectoria y legado que Luis Javier Solana ha hecho a la agenda nacional de nuestro país: la transparencia como elemento democrático.
Luis Javier Solana aspiró desde los inicios a que el derecho de acceso a la información fuese homogéneo y uniforme a lo largo y ancho del país, por eso la idea de una Ley Federal no parecía convencerle. ¿Por qué no una Ley General? Pauta única de obligatoriedad sin distinciones de ámbitos de gobierno, esferas de administración, niveles de federalismo, ni tantos otros pretextos que hacían que pedir información fuese tan disparejo como una calle sin pavimentar en la ruta —aún en construcción, de la incipiente democracia mexicana—.
Por supuesto, Solana sabedor de la realidad política comprendió que una meta tan completa como la de una Ley General no tendría el eco suficiente en los pasillos del Congreso, ni en los afanes del Ejecutivo federal. Puesto que una Ley General exige una modificación constitucional en la que el escenario del cabildeo político, partidista y parlamentario parecía no ofrecer el éxito ansiado. Era preferible, en consecuencia, optar por cierta modestia legislativa y apostarle a un modelo clásico de Ley Federal, la cual, sin duda, logró pasar la mirada recelosa de un Congreso que bien a bien no tenía mucha idea de lo que aprobó en 2002 como la primera Ley Federal de Transparencia y Acceso a la Información Pública Gubernamental.
Por supuesto, debe reconocerse que dicha Ley pionera no es un producto exclusivo de don Luis Javier Solana, sino una contribución plural llamada Grupo Oaxaca.
Inimaginable en ese entonces, en un contexto patrimonialista de la burocracia sobre la información habida en sus cajones, que cualquier individuo pudiera exigir y tener acceso a la documentación del Gobierno. Blasfemia medieval y alimento de crédulos en un México autoritario que, como suele suceder en esta clase de casos, quedó derrotada, deconstruida y tildada de absurda, frente a una realidad que ahora nos parece tan natural, que es el acceso de cualquier individuo a la información pública del Gobierno en el más amplio sentido de la palabra.
Pues todo esto, que ahora forma parte de la normalidad, es algo del legado de un pionero democrático que desde la trinchera del periodismo nos ha dejado para no tener temor, ni pedir merced, cuando le exigimos al Estado información documentada.
Enhorabuena, siempre con admiración al maestro Luis Javier Solana Morales.