El ángel caído, ¿es rescatable?
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El ángel caído, ¿es rescatable?

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El ángel caído, ¿es rescatable?

01/06/2020
Actualización 01/06/2020 - 12:36
columnista
Ernesto O'Farrill
Perspectiva Bursamétrica

El reporte que publicó JPMorgan sobre México la semana pasada coincide con la encuesta periódica que publica Bank of America, con lo que resalta como factores de riesgo el Banco de México en su reciente informe, y con lo que expusimos en este mismo espacio el pasado 20 de abril: “¿Cuándo perderemos el grado de inversión y que nos pasará?”. La probabilidad de que México pierda el grado de inversión en unos cuantos meses va en aumento, si no se da un cambio drástico en la dirección a donde nos está llevando el 'nuevo modelo económico'. Una dirección a todas luces irracional y sin sentido, de destrucción masiva de valor, de magnicidio ecológico, de estatismo y de ineficiencia en el sector público y en el aparato productivo. Totalmente incompatible con la globalización, con la democracia, con la productividad y con el bienestar social.

Primero que nada quiero destacar que estas conclusiones son resultado de análisis técnicos, que no tienen nada que ver con posiciones ideológicas de 'los adversarios del régimen'. Son diagnósticos elaborados por especialistas que concluyen que las calificadoras internacionales van a tener que actuar, aunque no quieran y aunque estén retrasando el ajuste lo más posible, para el mediano plazo, degradando a basura la calificación de la capacidad de crédito del gobierno de México.

JPMorgan llama a México ‘el ángel caído’, y piensa que se va a perder el grado de inversión porque tenemos: “un crecimiento estructuralmente bajo, el crowding out de la inversión privada (que se refiere a la obsesión de fortalecer a Pemex y a CFE a costa del desplazar al sector privado), los retrocesos en el sector de energía, la insuficiente respuesta a la pandemia, el persistente retraso en la reforma fiscal que sugieren un creciente riesgo de rebajas en la calificación crediticia”.

La encuesta mensual de Bank of America entre inversionistas institucionales globales de mayo nos dice que 75 por ciento de los inversionistas encuestados espera que México pierda el grado de inversión entre este año y 2022. Las razones de porqué se considera factible este escenario son las mismas: la falta de apoyos fiscales en la actual coyuntura, el clima de incertidumbre, donde varios inversionistas han mostrado su preocupación por las políticas gubernamentales. “La respuesta política, en particular la fiscal, en la pandemia, hasta ahora no ha sido muy oportuna y centrada estrechamente, lo que probablemente agravará la recesión y socavará la recuperación. La incertidumbre política y la relación que se entabla respecto a la inversión privada, que crea un desincentivo”. También preocupa el efecto que provocará la contracción de la economía de Estados Unidos en la de México. Estados Unidos es el principal socio comercial de México, y donde el Producto Interno Bruto (PIB) se contrajo 4.8 por ciento a tasa anualizada en el primer trimestre de 2020.

El Banco de México por su parte termina su informe trimestral de inflación y política monetaria con la siguiente lapidaria: “Para alcanzar una recuperación expedita de la actividad económica al resolverse la contingencia sanitaria, y restaurar el bienestar de la población, evitando afectaciones de carácter más permanente, es necesario que la economía mexicana preserve fundamentos macroeconómicos sólidos y la estabilidad del sistema financiero, y que se adopten las acciones necesarias en el ámbito monetario y fiscal. No obstante, toda vez que la estabilidad macroeconómica, aunque necesaria, no es suficiente por sí sola para generar mayor crecimiento económico, también es preciso corregir los problemas estructurales e institucionales que han propiciado bajos niveles de inversión y que han impedido al país aumentar su productividad. La emergencia de salud no sólo no debe distraer de estas tareas pendientes, sino que las hace más apremiantes. En particular, es indispensable encaminar políticas que fortalezcan el Estado de derecho, que combatan la inseguridad, la corrupción y la impunidad, y que garanticen la certeza jurídica, el cumplimiento del marco legal y el respeto a los derechos de propiedad. Del mismo modo, se requiere reforzar el funcionamiento microeconómico de la economía y reducir la incertidumbre económica interna para mejorar la percepción sobre el clima de negocios en el país. Ello permitirá atraer la inversión y generar la flexibilidad en la asignación de recursos que son necesarios para enfrentar, en el corto plazo, la crisis de Covid–19 y, en el mediano plazo, los reacomodos en el funcionamiento de la economía que ésta conlleve. A su vez, esto permitirá alcanzar un crecimiento económico más dinámico que traiga consigo más y mejores empleos y bienestar para la población”.

Hemos insistido en este espacio que la tesis de mantener un déficit fiscal acotado para garantizar estabilidad y crecimiento es una tesis falsa. Las finanzas públicas sanas no garantizan la estabilidad. El modelo de la economía clientelar está condenado al fracaso. En adición al equilibrio fiscal es necesario reunir una serie de condiciones indispensables para generar crecimiento, de lo contrario, la contracción en la inversión genera contracción económica, lo que contrae la recaudación fiscal y el empleo. Cuando los recursos son limitados, no puedes mantener un gasto social fuerte y al mismo tiempo propiciar una política estatista (crowding out). Esto lleva rápido y forzosamente a un dilema: o se mantiene el gasto social con endeudamiento o se recorta más el gasto, afectando a los sectores de la sociedad más vulnerables. Es más importante restablecer el clima de confianza que gastar más dinero. Si no se resuelve lo primero, es mejor no tirar el dinero por el cráter del Popocatépetl. Sólo es cuestión de voluntad.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.