Le queda grande el país a los políticos
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Le queda grande el país a los políticos

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Le queda grande el país a los políticos

22/02/2018
Actualización 22/02/2018 - 8:09

Una de las tragedias que tiene México es su ‘clase política’. No ha estado a la altura de sus retos y en esta coyuntura, pareciera que el país le queda grande.

Pero, hay que hacer un poco de historia para entender la circunstancia actual.

El sistema político mexicano se configuró de manera más clara durante la década de los 40 y 50 del siglo pasado. Estaba basado en un partido hegemónico –virtualmente único, refirió alguna vez Carlos Salinas– y en una burocracia que requería ascender en el escalafón de ese partido para aspirar al poder.

El sistema económico mexicano también se fundó en la relación de privilegios y conveniencia que estableció con los políticos la comunidad empresarial.

El partido hegemónico tenía tres pilares: el sector obrero, el campesino y el sector popular.

Por los cambios en la estructura económica y social del país, fue crecientemente el sector popular el que alimentó casi todos los altos mandos del gobierno.

En paralelo, dentro del gobierno fueron surgiendo diversas tecnocracias. Una de las más importantes e influyentes, mas no la única, fue la asociada al Banco de México y a la Secretaría de Hacienda, desde los tiempos de Rodrigo Gómez y Antonio Ortiz Mena.

Esa tecnocracia creció en influencia en los 80 y sus más brillantes cuadros llegaron al poder, comenzando en el sexenio de Miguel de la Madrid.

Pero toda la vieja estructura política, con los tradicionales sectores del PRI, siguió vigente y actuante.

La tecnocracia modernizadora percibió la necesidad de oxigenar el sistema político, lo que abrió posibilidades a los partidos opositores tradicionales, como al PAN o las diversas fuerzas de izquierda, como el PCM o el PMT.

Desde hace 30 a 40 años, por lo mismo, las fuerzas que constituyen la clase política cambiaron.

La división del PRI en 1988 condujo a que el PRD, el partido que agrupó a las izquierdas, tuviera una participación predominante de expriistas.

El PAN también cambió.

La llegada de nuevos personajes, provenientes sobre todo del sector empresarial, cambió completamente la configuración del partido de Manuel Gómez Morín.

Los triunfos electorales lo convirtieron –como lo fue el PRI por décadas– en una plataforma para acceder al poder, lo que se consolidó con el triunfo de Fox en las elecciones presidenciales del año 2000.

El camino al poder tuvo varias opciones, pues la izquierda –principalmente a través de expriistas– también ganó gobiernos estatales y fue otra plataforma para ganar el poder real.

Morena, al constituirse desde hace algunos años, se convierte en una fractura de la izquierda, pero con la peculiaridad de que el partido completo se explica básicamente por su líder, López Obrador, y se configura en función de las opiniones de quien lo funda y lo encabeza.

Esa clase política, que en su mayor parte carece de solidez ideológica, y está sobrada de ambición, es la que domina, no sólo entre todas las fuerzas políticas formales, sino también entre muchos de los que se han declarado independientes.

Hay ‘garbanzos de a libra’ por aquí y por allá, entre todos los partidos y movimientos, pero no se trata del común denominador, sino de la excepción.

Cuando se hace ese recuento, no sorprende que tengamos la impresión de que los retos del país le queden grandes a nuestros políticos.

¿O será que también nos quedan grandes a quienes hemos procreado esa clase política?

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.