AMLO y el tope con la realidad
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AMLO y el tope con la realidad

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AMLO y el tope con la realidad

02/05/2019
Actualización 02/05/2019 - 8:33

Vaya contraste.

Estamos en las orillas de la recesión, con un crecimiento de apenas 0.2 por ciento en el primer trimestre del 2019, pero queremos que, al terminar el sexenio, en 2024, la tasa de expansión del PIB alcance el 6 por ciento anual, con un promedio al año de 4 por ciento, de acuerdo con lo que dice el Plan Nacional de Desarrollo (PND).

¿Es posible lograr ese tránsito?

De que es posible, claro que es posible. El punto es si se van a crear las condiciones para que esa posibilidad se convierta en realidad.

Como le he comentado insistentemente en este espacio, la clave para el crecimiento es la inversión, aquí y en China.

Afortunadamente, el PND así lo entiende y fija en su “Objetivo 3.4” lo siguiente:

“Propiciar un ambiente de estabilidad macroeconómica y finanzas públicas sostenibles que favorezcan la inversión pública y privada”.

Ese objetivo lo convierte en una meta: lograr que la formación bruta de capital fijo pase del 22.3 por ciento del PIB en 2018 a una cifra de 25 por ciento en 2024.

Aunque parece poco el avance, apenas 2.7 puntos porcentuales del PIB, en realidad se trata de un crecimiento fuerte.

Un crecimiento del PIB de 4 por ciento en promedio anual implicaría un 26.5 por ciento de crecimiento en el sexenio.

Para que la inversión llegue al 25 por ciento del PIB en 2024, requiere crecer 41.8 por ciento en todo el sexenio, lo que implica obtener una tasa promedio de 5.8 por ciento al año.

No es imposible. Ha habido lapsos de la historia reciente en los que la inversión ha crecido fuertemente.

Entre 1995 y el 2000, tras la crisis asociada al “error de diciembre”, la inversión creció a una tasa promedio anual de 13.0 por ciento.

Entre 2003 y 2006, en la segunda parte de la administración de Fox, el crecimiento medio de la inversión fue de 7.3 por ciento anual.

En los primeros dos años del sexenio de Calderón, la tasa media fue de 6.0 por ciento. Y, en la segunda mitad del gobierno de Calderón la tasa promedio fue de 5.6 por ciento.

Como dice aquel, me canso que sí se puede.

Pero, por lo pronto, no se están creando las condiciones para que la inversión crezca, menos aún para que lo haga a tasas aceleradas.

En los primeros tres meses del año, la inversión fija del sector público cayó en 13.1 por ciento en términos reales, mientras que la inversión total (que suma también la del sector privado) crecía apenas a un ritmo de 1.1 por ciento en enero (último dato disponible).

Si no se realiza inversión pública y si no se crean las condiciones de confianza para que el sector privado invierta, evidentemente sólo un milagro de la 'guadalupana' permitiría a la economía mexicana, siquiera mantener el triste 2 por ciento que ha tenido en los últimos años, mucho menos crecer a una tasa del 4 por ciento.

En la economía, como en muchos otros ámbitos, hay conexiones de causa-efecto.

El crecimiento buscado en el PND es un efecto. Para conseguirlo, se tienen que alinear las causas: mayor inversión pública y mayor inversión privada.

Si no hay esos ingredientes, el resultado pretendido no pasará de ser un buen deseo, inalcanzable mientras no cambien las cosas.

Está bien mantener la estabilidad macroeconómica y la disciplina fiscal, correctamente enfatizadas en el PND, pero si se cree que con eso se garantiza el crecimiento, se estará cometiendo un error de grandes proporciones.

Ya hay PND y seguimos con la interrogante de la ruta que permitirá el crecimiento del país.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.