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240 días de dolor

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240 días de dolor

22/11/2020

Era el primer lunes de la primavera. Pero la situación del país parecía todo, menos luminosa.

Comenzaba la llamada Jornada Nacional de Sana Distancia, que en realidad era una forma de denominar al confinamiento generalizado que se aplicaba en el país.

Han pasado ocho meses desde aquel 23 de marzo en el que se buscaba que el distanciamiento social abatiera la pandemia. Se trata de 240 días que han cambiado casi todo y que han traído mucho dolor.

En realidad, México comenzó tarde con esta disciplina. La presencia de contagios locales llamaba a operar el confinamiento desde el comienzo del mes de marzo.

Pero, desde esa fecha se mostró que el doctor López Gatell, a quien se dejó como el responsable de la estrategia, prefería seguir los lineamientos del presidente y no los criterios científicos que decía representar.

López Obrador, en alguna de las conferencias de febrero se burló del uso del cubrebocas y recordó que en la pandemia del AH1N1, del 2009, se obligó a usarlo a todos.

Y apenas pocos días antes de que se decretara el encierro instó a los ciudadanos a acudir a las fondas con sus familias.

Desde esa temprana fecha, el manejo de la estrategia para hacerle frente a la pandemia ha estado llena de contradicciones y de decisiones que van en contra de las mejores prácticas internacionales.

Al menos hay dos de ellas que tuvieron repercusiones serias: el rechazo al uso del cubrebocas y la resistencia a hacer pruebas.

No sabemos cuántos fallecidos se pudieron haber evitado si desde el primer momento se hubieran aplicado ese tipo de medidas, pero de lo que hay que estar seguros es que muchos.

López Gatell se topó con la realidad una y otra vez. Cuando habló de que el pico de la pandemia sería en los primeros días de mayo; cuando señaló que era mejor que se contagiaran más niños en una escuela que menos; cuando refirió que el escenario catastrófico sería el de 60 mil muertos; cuando aceptó posar para la portada de una revista frívola en calidad de “rockstar” y muchas veces más.

Habrían existido múltiples razones por las cuáles debería haber sido sustituido como responsable de la gestión de la pandemia, pero su tono incondicional y adulador con el presidente de la República, le ha valido la permanencia.

Esta semana cruzamos en México la frontera de los 100 mil fallecidos. Y desafortunadamente van a ser miles más.

Estamos en una etapa que se había anticipado, con un repunte de la pandemia, que puede haber sido propiciado por la apertura de la economía o quizás por un clima más frío que permite una mayor circulación del virus.

No sabemos cuántos contagios más nos esperan; no conocemos si alguien cercano va a fallecer en los próximos meses por el coronavirus; no sabemos si perderemos aún más ingresos o nuestro empleo, cuando se apliquen nuevas restricciones.

Pero, de lo que puede estar seguro es que el sufrimiento que nos está infringiendo tanto la pandemia como su gestión incompetente, no ha terminado.

En el mes de noviembre se habrán adicionado cerca de 13 mil 600 fallecidos. Si una cifra parecida se suma en diciembre terminaríamos este año con cerca de 120 mil muertos. Muchos de ellos deberían estar hoy con sus familias, vivos y activos.

No será ahora, pero en algún momento de los próximos años, tendrán que ajustarse cuentas y los responsables de esta situación terrible que ha sufrido la sociedad mexicana deberán pagar por sus errores, frivolidades y soberbia.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.