En situaciones como la que hoy estamos viviendo en Medio Oriente, el panorama se reconfigura por horas.
Mientras que el martes pasado el mercado apostó a una contención rápida del conflicto, ayer regresaron señales que apuntan en sentido contrario: ataques a buques, riesgos para instalaciones estratégicas y la evidencia de que Irán todavía conserva capacidad de represalia.
La pregunta ya no es si habrá daño económico, sino de qué tamaño será y cuánto tiempo durará.
Lo primero que hay que decir es que el escenario de una guerra breve luce cada vez menos probable. Ese era, en esencia, el supuesto inicial de Donald Trump: una ofensiva intensa, de pocos días, que quebrara la capacidad militar iraní y abriera espacio a una negociación desde una posición de fuerza.
Pero la respuesta iraní, la persistencia de riesgos en el estrecho de Ormuz y la falta de una ruta política clara para el «día después» han movido el conflicto a otra categoría: la de una guerra más larga, con objetivos cambiantes y costos crecientes.
A partir de aquí, el conflicto puede derivar en tres direcciones, de acuerdo con diversos expertos, como Ian Bremmer, fundador de Eurasia.
La primera, y la menos dañina para la economía mundial, sería una desescalada relativamente rápida. No implicaría necesariamente la paz, sino una especie de congelamiento: Irán mantendría capacidad de hostigamiento, pero sin cerrar por completo Ormuz; Estados Unidos declararía que ya degradó suficientemente el aparato militar iraní y buscaría reabrir una vía diplomática.
Si eso ocurriera, el petróleo podría ceder de manera significativa respecto de los picos recientes y buena parte del costo geopolítico se disiparía. Pero hoy ese escenario parece el menos probable: Irán ha descartado negociar bajo presión y los canales diplomáticos que en otros momentos operaron en silencio están, por ahora, cerrados.
La segunda, hoy quizá la más verosímil, es la de una guerra contenida pero prolongada: sin colapso del régimen iraní, sin invasión terrestre estadounidense a gran escala, pero con ataques recurrentes sobre infraestructura, buques, bases y rutas energéticas, sin descartar atentados en otros lugares del mundo.
Ese cuadro no necesariamente dispara un apocalipsis petrolero, pero sí mantiene un impuesto geopolítico persistente sobre la economía global.
La tercera es la más peligrosa: una interrupción prolongada y masiva de flujos energéticos del Golfo. Allí ya no hablaríamos solo de volatilidad, sino de un auténtico shock de oferta global. Si la crisis se prolonga y Ormuz permanece virtualmente inutilizado, el petróleo podría volver a niveles que alterarían de manera seria las expectativas de inflación y crecimiento.
En ese caso, el daño sería especialmente fuerte para Asia, pero también golpearía a Europa por la vía del gas y a los mercados emergentes por la vía de inflación, tasas de interés y salida de capitales.
Y ese impuesto ya empezó a cobrarse, y no solo por el petróleo: el conflicto se está reflejando en mayores costos de fletes, de seguros marítimos y de rutas alternativas, además de retrasos en el tránsito de mercancías. Estos temas se los estamos comentando desde hace muchos días. Incluso si el Brent no vuelve a niveles extremos, el golpe puede sentirse de manera más duradera en gasolinas, diésel, petroquímicos y fertilizantes. El problema no es solo el precio del barril: es la alteración de toda la logística energética y comercial de la región.
Por eso, la conclusión más relevante es que el mercado ya entendió que esto no depende solo de cuántos misiles vuelen, sino de cuánto tiempo quede comprometida la logística energética global. La liberación de reservas estratégicas, como se acordó ayer, puede contener el pánico y ganar tiempo, pero no sustituye la reapertura segura de las rutas marítimas. Es un amortiguador temporal, no una solución estructural.
¿Y México?
Nuestro país no está en la primera línea del conflicto, como le hemos comentado. Un petróleo más alto mejora, en principio, el valor de nuestras exportaciones. Pero esa ventaja es parcial y puede evaporarse con rapidez: México importa más de la mitad de las gasolinas que consume, depende de cadenas manufactureras globales y necesita un entorno externo estable para sostener inversión, exportaciones y tipo de cambio.
En suma: en un shock geopolítico prolongado, el saldo para México no sería positivo. Podríamos recibir una ganancia transitoria por el lado petrolero, pero perder más por el lado de costos, inflación, incertidumbre y menor crecimiento externo.
La tentación de pensar que el peor momento ya pasó es comprensible cuando se observa que el petróleo ya no está en sus máximos. Sería un error.
Lo que hoy se está configurando no es necesariamente una catástrofe instantánea, sino algo más complejo: una guerra de duración incierta que introduce un nuevo piso de riesgo para la economía global.
Y la factura que este cuadro produce o ya llegó o pronto lo hará.