La herencia macroeconómica en año electoral
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La herencia macroeconómica en año electoral

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La herencia macroeconómica en año electoral

04/01/2018
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Economía
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Durante mucho tiempo, el desempeño de la economía se caracterizaba por un auge impresionante en el último año de gobierno. Se intensificaban los trabajos para concluir las obras iniciadas en el sexenio en turno, se trataba de cumplir las promesas de campaña, o bien se hablaba del 'año de Hidalgo' (chin chin quien deje algo).

También hubo varios gobiernos cuyo último año fue de desastre económico, como el de Luis Echeverría, que culminó con la devaluación y 22 años de tipo de cambio fijo; o el de José López Portillo, con el estallido de la crisis de la deuda y la expropiación bancaria; o de la transición Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo, que también fue de una calamidad económica extrema. Sin duda, el último año del sexenio es fundamental, pero depende en buena medida de lo que haya ocurrido en los años previos: las crisis de 1976, o de 1982, o de fines de 1994, no se formaron en unos meses. Tenían ya un periodo más largo de gestación.

México tiene ya dos decenios de estabilidad macroeconómica y por ello ya casi se le considera como la norma. En todo caso, se dice, el problema es mayor o menor crecimiento, ligeros cambios en la pobreza y en la inflación. Y sí, ciertamente ha habido estabilidad macroeconómica, lo cual es oro molido, pero los costos del bajo crecimiento, también de decenios, de la persistencia de la pobreza y la desigualdad, se han acumulado y pareciera que son también una fatalidad, un resultado imposible de modificar. Y en estas afirmaciones hay dos problemas: ni la estabilidad está garantizada (inflación baja y tipo de cambio estable) ni son tolerables el bajo crecimiento y la perpetuación de la pobreza y la polarización social, ni el crimen y la inseguridad.

La gestión económica de los últimos años, decenios, no ha sido lo suficientemente buena y acertada. Si bien ha habido algunas reformas positivas, como la de telecomunicaciones y en algunos aspectos la energética, no han sido suficientes para dejar un buen saldo. Se ha despilfarrado el dinero público, se ha dado rienda suelta a la corrupción en todos los niveles con un alto nivel de impunidad, se han postergado decisiones importantes que han dejado crecer los problemas. Por ejemplo, el tema de las pensiones, del debilitamiento de las instituciones públicas, de la inseguridad y la falta de confianza en el Estado de derecho. También se ha acrecentado la polarización regional y la desigualdad extrema. El crecimiento, de por sí bajo, no ha sido incluyente como lo había prometido Enrique Peña Nieto. Hoy estamos iniciando el último año de su gobierno.

En este contexto, el gobierno actual está más preocupado por el triunfo electoral, por mantenerse a toda costa en el poder, que por su legado histórico. Es el último año del sexenio y ciertamente no será de auge económico. El Presupuesto fue diseñado para tratar de mantener estabilidad macroeconómica y ganar las elecciones, no para afrontar los problemas estructurales de nuestra economía. Además, el ambiente económico internacional se vislumbra negativo o al menos incierto para el país, tanto por la reforma fiscal de Trump, que seguramente afectará la inversión en México, como por la posible terminación del Tratado de Libre Comercio en los próximos meses. La inflación de 2017 se ha mantenido casi al doble de la meta establecida por el Banco de México y éste no tiene muchas herramientas para solucionarlo. El tipo de cambio ha repuntado ante estas expectativas y el monto de la deuda pública, que se ha mantenido bajo cierto control (por debajo de 50 por ciento del PIB), se ha logrado en parte por el uso de las ganancias cambiarias del Banco de México (su remanente de operación) y por la reducción de la inversión pública.

2018 será entonces un fin de sexenio difícil, de bajo crecimiento, inseguridad, corrupción y aderezado por adversidades externas que dificultarán el contexto en que México enfrentará las elecciones.

Al tener que reforzar la estabilidad macro, y al intentar ganar las elecciones a toda costa, el gobierno federal y muchos estatales descuidarán un año más las tareas más fundamentales. Se dedicarán a gastar en 'regalos', publicidad y todo tipo de gasto corriente a 'operadores políticos'. Ya lo mostraron en el diseño y aprobación del Presupuesto. Lo veremos en su acción cotidiana durante los próximos meses. 

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Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.