La Gran Depresión y el paquete presupuestal 2020
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La Gran Depresión y el paquete presupuestal 2020

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La Gran Depresión y el paquete presupuestal 2020

12/09/2019

El paquete presupuestal que se presentó el domingo pasado hace recordar lo que ocurría al inicio de los años 1930’s en medio de la Gran Depresión. Existía entonces una recesión-estancamiento económico global que afectaba a México. El comercio internacional se contraía, había escasez y desempleo, y además ocurrió el regreso forzado de 300 mil trabajadores mexicanos de los Estados Unidos (6% de la fuerza laboral). El entonces secretario de Hacienda Luis Montes de Oca (co-fundador del ITAM) se mantenía en su postura ortodoxa: estaba convencido de sostener el tipo de cambio fijo y un presupuesto equilibrado, a pesar de la reducción de los ingresos fiscales por el menor comercio internacional y la baja actividad económica. Había escasez de dinero, su costo era elevado, y los precios iban a la baja. El secretario tomó medidas de austeridad extremas: despidió servidores públicos y redujo salarios de los que se quedaron, y además disminuyó el gasto corriente y el de inversión conforme se redujo la recaudación fiscal. Hubo superávit en las finanzas públicas. Entonces México no tenía capacidad de contratar deuda externa ni de echar a andar la máquina de fabricar billetes. Nadie los aceptaba después de los fiascos de los bilimbiques de la época revolucionaria. Por consecuencia, el PIB continuó deteriorándose aún más. Entre 1929 y 1932, el PIB se contrajo 4.7% en promedio cada año.

La reacción vino en el segundo semestre de 1931 cuando teníamos en México el llamado Maximato, en que había un presidente pero el que mandaba era Plutarco Elías Calles. El secretario de Hacienda, Luis Montes de Oca, dejó el cargo y su reemplazo fue el ingeniero Alberto J. Pani, quien había participado en las fases finales de la revolución y era parte del equipo sonorense. Pani actuó de inmediato con base en su intuición: aumentó la cantidad de dinero en circulación para flexibilizar la economía, expandió el gasto público y soltó el tipo de cambio para que se depreciara. El déficit fiscal fue pequeño pero se invirtió en infraestructura de alta productividad. A partir de 1932, la economía inició una larga fase de crecimiento económico que duró 50 años.

La economía es hoy muy distinta de la de entonces, pero llaman la atención algunas similitudes entre la situación actual y lo que ocurría los primeros años de la Gran Depresión. El paquete presupuestal que se presentó el domingo pasado parece reflejar ciertas condiciones semejantes a las que enfrentaba en aquel tiempo Luis Montes de Oca: una economía mexicana en estancamiento (por no decir recesión) con la amenaza de un lento desempeño de la economía internacional; la necesidad de mantener tasas de interés elevadas para seguir atrayendo capitales del exterior y mantener estable el tipo de cambio; la imposibilidad por decisión presidencial de no endeudarse más. Parece no haber lugar a dudas. Lo que nos espera hacia delante es la profundización del estancamiento económico y no se ve una luz al final del tunel de persistir la política actual.

Y no es que esté de acuerdo en aumentar el gasto para expandir la economía. No en las condiciones actuales. No si la confianza de los inversionistas es tan baja (a pesar de las voces dulces que algunos le susurran al presidente), no si los programas y las políticas públicas están tan mal diseñadas y dan cabida a corrupción, no si el dinero es para los grandes proyectos de infraestructura (Santa Lucía, Dos Bocas y Tren Maya) cuya tasa de rentabilidad social es muy baja o incluso negativa, no si el dinero es para el clientelismo electoral, no si hay mensajes contradictorios entre lo que se dice y lo que se hace, en particular en lo concerniente a la gobernanza y democracia en el país. Así, yo no respaldaría la expansión del gasto y hasta del endeudamiento público para revitalizar la economía y salir del estancamiento.

Pero si las condiciones fueran distintas, si hubiera confianza, si hubiera sensatez en las decisiones y en el diseño de la política pública buscando la inclusión social y la prosperidad de todos, si hubiera respeto al estado de derecho y una lucha sistemática a la corrupción, entonces no tendría duda en utilizar diversos instrumentos macroeconómicos viables que le permitirían salir a la economía del letargo en que se encuentra. Propugnaría por una política contracíclica.

La Gran Depresión sigue enseñándonos lecciones del presente. Debemos analizarla con sensatez para resolver problemas del presente.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.