Otra forma de pedir perdón
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Otra forma de pedir perdón

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Otra forma de pedir perdón

11/04/2019

La carta enviada a España y al Papa reclamando que se pidiera perdón a los pueblos originarios por actos cometidos hace 500 años, detonó un gran debate que tuvo aspectos positivos, como la gran cantidad de elementos para la reflexión que nos ofrecieron muchos historiadores y miembros de la comentocracia.

Uno de los aspectos que más me llamó la atención fue la afirmación de que el juicio de la historia no está escrito en piedra, dado que se escribe desde el presente y como el presente es cambiante siempre puede revisitarse un hecho histórico. Evaluar lo que pasó en aquellos años de acuerdo a los principios, valores y creencias de la actualidad no parece muy sensato y deja muy mal parados tanto a los conquistadores como a los pueblos originarios; sin embargo, es posible que a la luz del conocimiento científico de la actualidad existan nuevas evidencias que nos permitan entender de mejor manera lo que sucedió en aquellos años.

¿Nuevas evidencias de algo que pasó hace 500 años? Efectivamente. Carlos Arce, colega del CIDE, da cuenta de nuevas investigaciones que ilustran cómo la caída brutal de la población indígena entre 1520 y 1575 tiene mucho más que ver, de lo que se creía anteriormente, con las pandemias que azotaron la región y que fueron propiciadas por el contacto con los europeos. Las que más se conocen son la influenza, la viruela, el sarampión, la fiebre amarilla, el tifus y una enfermedad que los indígenas denominaron cocoliztli, que tuvo impactos especialmente dramáticos en términos del número de indígenas infectados que fallecieron. En el artículo ‘Perdón, me equivoqué’, Arce señala que estudios publicados el año pasado por la investigadora alemana Ashlid Vagene, especialista en aqueogenética del Instituto Max Planck de Ciencias de la Historia Humana, muestran que la cocoliztli coincide con una cepa de la Salmonella Entérica Paratyphi C. La investigación es el resultado de estudios de ADN practicados a restos de cientos de personas encontrados recientemente en Oaxaca, cuyo deceso ocurrió a mediados del siglo XVI. Lo anterior refuerza las evidencias del gran impacto que tuvieron las pandemias en la disminución de la población indígena en tiempos de la Conquista.

También me ha llamado la atención la frecuente reiteración de que más que juzgar cosas que pasaron hace varios siglos, se debe pedir perdón por lo que los mexicanos hemos hecho o dejado de hacer, y que se ha traducido en una menor calidad de vida de los pueblos indígenas que el resto de la población. Sería un perdón diferente, porque llevaría a la acción, a diferencia del perdón histórico cuyas consecuencias son muy vagas. En lo personal no me parecería mal el perdón histórico, como ya lo hizo el Papa hace algunos años, lo que resulta un tanto extraño es que se reclame que se pida perdón a través de una carta. En todo caso, creo que resulta más útil voltear la mirada hacia los agravios del presente.

México es un país con gran importancia y diversidad étnica. Tradicionalmente los censos se habían acercado a la cuantificación de la población indígena a través de la condición de habla de lengua indígena; bajo este concepto en el 2015 se cuantificaron 7.4 millones de indígenas de tres años y más. Por otro lado, siguiendo recomendaciones internacionales, en los últimos ejercicios censales e intercensales el Inegi ha incluido la pregunta de identidad étnica, es decir, si las personas se consideran indígenas por su cultura, costumbres o tradiciones, independientemente de que hablen o no una lengua indígena. Bajo este concepto de autoreconocimiento o autoadscripción la población indígena asciende a poco más de 25 millones de personas (uno de cada cinco mexicanos).

Pero lo más relevante y dramático es que cuando analizamos diversos indicadores del desarrollo de los pueblos indígenas, pareciera que viajamos muchos años atrás en el tiempo. En el 2015 el promedio de escolaridad de la población hablante de lengua indígena era de 5.7 años, que es el promedio que tenía el país en los ochentas. El analfabetismo para este grupo de la población era de 23.0 por ciento en ese mismo año, similar a la tasa promedio que tenía México en 1970 (25.8 por ciento), cuarenta y cinco años atrás.

En este contexto, y aunque al parecer hemos entrado a una suerte de pereza en el diseño de políticas públicas, donde el eje central de la política social es la transferencia de recursos monetarios sin considerar la raíz de los problemas que se desea enfrentar, el repensar la política social para y con los pueblos originarios resultaría una buena forma de pedir perdón.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.