¿Habrá rectificación en el aeropuerto de Santa Lucía y la refinería de Dos Bocas?
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¿Habrá rectificación en el aeropuerto de Santa Lucía y la refinería de Dos Bocas?

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¿Habrá rectificación en el aeropuerto de Santa Lucía y la refinería de Dos Bocas?

20/06/2019
Actualización 20/06/2019 - 13:16

Hace unos días, en una conversación con amigos del sector público y privado, se hablaba de la capacidad de rectificar del presidente en materia de política de comercio exterior. De una actitud proteccionista en el pasado pasó a apoyar la apertura comercial. No solo impulsó decididamente la firma del T-MEC desde la transición, también detuvo la amenaza del presidente de los Estados Unidos de imponer aranceles a todos los productos mexicanos, aunque para ello tuvo que cambiar la política migratoria con la que había iniciado su gobierno e impulsar políticas que él mismo hubiera criticado en el pasado. El cambio no es menor y tiene que ver con una evaluación costo beneficio de la situación.

Ante este hecho muchos nos preguntamos si se podría tener la misma capacidad de rectificación en proyectos de infraestructura como el Aeropuerto de Santa Lucia o la refinería de Dos Bocas, que han sido duramente criticados.

Para entender lo difícil que sería para el presidente rectificar en estos casos, vale la pena leer los conceptos que expresa Dan Ariely en un libro llamado Las Trampas del Deseo. Se trata de un libro sobre economía conductual, un campo relativamente nuevo que se basa en elementos tanto de la psicología como de la economía, que constituye una crítica a la economía estándar que ‘presupone que todos somos racionales; que conocemos toda la información pertinente relacionada con nuestras decisiones, que podemos calcular el valor de las distintas opciones que afrontamos, y que congnitivamente nada nos impide sopesar las ramificaciones de cualquier potencial decisión’. La economía conductual, en contraste, se basa en la idea de que no siempre nos comportamos de manera racional y frecuentemente cometemos errores en nuestras decisiones.

El libro contiene un capítulo que trata sobre el porqué sobrevaloramos lo que tenemos; aunque los experimentos que presenta el autor se refieren a cosas materiales, las conclusiones también pueden a aplicarse a ideas o proyectos personales.

Ariely comenta, a partir de sus experimentos, cómo la propiedad tiene algunas rarezas. Una primera rareza es que nos enamoramos de lo que ya tenemos. Cuando queremos vender una casa, por ejemplo, la apreciamos más que los potenciales compradores. Lo mismo pasa con las ideas, cuando nos apropiamos de una idea la apreciamos más de lo que vale, construimos apegos de los cuáles nos es muy difícil desprendernos. El presidente tiene apegos naturales a proyectos de infraestructura con los que ha soñado desde hace varios años, los aprecia más de lo que valen.

La segunda rareza de la propiedad es que prestamos más atención a lo que podemos perder que a lo que podemos ganar. ¿Qué ganaría el presidente echándose para atrás en los cuestionados proyectos? Verse como un político responsable, que escucha y sabe rectificar, pero, como señala Ariely en su libro, la aversión a la pérdida es una emoción muy fuerte. Se imaginan al presidente sin los proyectos en los que ha apostado su carrera política, renunciando a llevar a cabo la refinería de Dos Bocas en su estado natal o cancelando el proyecto de Santa Lucía para regresar a un proyecto al que se ha opuesto por décadas.

Una tercera rareza es que suponemos que los demás verán la transacción (en el caso de la venta de un bien) desde la misma perspectiva que nosotros, que compartirán nuestras emociones. Nos es difícil pensar que las otras personas no vean al mundo como nosotros lo vemos; quizá por ello el presidente se desespera y piensa que todo el que se opone a estos proyectos es conservador, corrupto o tiene conflictos de interés.

Ariely también menciona que cuanto más trabajo ha puesto uno en algo, mayor será el sentimiento de propiedad que empezará a experimentar respecto a ello; y quién duda del trabajo que le ha constado al presidente enfrentar resistencias, tanto externas como internas, para impulsar estos proyectos.

Mi impresión es que los elementos enumerados hacen que la probabilidad de que el presidente cambie de opinión sea muy baja. Esta casado con sus proyectos, los considera parte de su legado y por ello le costaría trabajo soportar la idea de no llévalos a cabo.

Ariely recomienda tomar distancia crítica para mejorar el proceso de toma de decisiones, tratar de ver cada transacción como si yo no fuera el propietario del bien o de la idea, marcando cierta distancia entre yo mismo y el artículo o proyecto que me interesa. Solo tomando distancia crítica se pueden ver las cosas de manera más objetiva.

Se ve difícil que el presidente cambie de opinión, a menos que ocurra una circunstancia externa que lo obligue a tomar distancia critica y hacer una evaluación costo beneficio de éstos proyectos desde una perspectiva diferente.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.