Un sueño raro
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Un sueño raro

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Un sueño raro

17/06/2019
Actualización 17/06/2019 - 14:12

Tuve un sueño.

De pronto, un día, se hizo la paz en las tierras, los caminos y las villas.

De pronto, en la República entera, se hizo valer el antiguo precepto, según el cual ninguna persona puede ser molestada en su persona, familia, domicilio, papeles o posesiones.

Tuve un sueño.

Por la Frontera del Sur, la Guardia Republicana ya no cometía los excesos del pasado.

Los guardias mantenían un comportamiento ejemplar.

Todos los guardias. Sin importar que en los años aciagos de la restauración sirvieran como soldados, marinos o gendarmes.

Ninguno osaba, ni por asomo, fustigar o despojar de sus pertenencias a los peregrinos que cruzaban por la Frontera del Sur.

Mucho menos osaban, como llegó a ocurrir antaño, entregarlos a las gavillas de bandoleros.

Tuve un sueño.

Por los pueblos del Poniente, los De la Maña –personajes siniestros y conocidos por todos– dejaban de pavonearse con desenfado por las plazas.

A los matones y violadores, llegó un día la Guardia Republicana y se los llevó.

Los otros De la Maña tuvieron que esconderse. Incluso los más acaudalados. Los que hacían desembolsos para obras pías. Los que pagaban emolumentos a incontables intendentes y prefectos.

No había de otra, pues los guardias llegaban sin aviso, capturaban a los De la Maña y luego no los liberaban.

Los prefectos ya ni siquiera les tomaban las llamadas.

Tuve un sueño.

Por las carreteras del Norte dejaban de circular camionetas sin placa.

Las cámaras se volvían infalibles. Camioneta sin placa que se internaba por carretera en una villa del Norte, era rastreada y terminaba confiscada.

Todas las camionetas sin placa. También aquéllas que llevaban mercenarios.

No había pitazo ni amenaza ni cañonazo de medio millón que lo evitara.

Así a los mercenarios les quedó claro que no podían circular en camionetas sin placa.

Tuve un sueño.

En las calles de la Capital ya no desaparecían mujeres ni aparecían, recostados en el pavimento, muchachos asesinados.

Un buen día la intendenta se quedó callada y caviló, para sí, que la solución estribaba en emplazar a los detectives.

Fueron los detectives más avezados a quienes la intendenta emplazó con mayor apremio. Incluso a los que habían prestado servicio en los años aciagos de la restauración.

Los detectives ordenaron diligencias e intervinieron dispositivos móviles.

Así fue como dejaron de ejecutar muchachos y desaparecer mujeres en las calles de la Capital.

Tuve un sueño.

Todo lo anterior sucedía, claro está, porque Palacio giró una instrucción vehemente y terminante.

Hay que recordar que en la República entera, lo mismo en la Frontera del Sur que en las carreteras del Norte, que en los pueblos del Poniente y en las calles de la Capital, no se movía una sola hoja sin que mediara la instrucción terminante de Palacio.

El Fiscal Máximo ordenó también investigar, muy de veras, a todo dirigente que no cumpliera puntillosamente su encomienda, empezando por aquellos dirigentes –personajes conocidos por todos– al servicio de los De la Maña.

Tuve un sueño.

Palacio giró una instrucción, sí, y esta vez fue vehemente y terminante.

Sin embargo, no se hizo a cambio del favor del pueblo, ni para alcanzar una posición célebre en la historia.

No se hizo por el dolor de las madres que habían perdido a sus vástagos. Ni por las viudas. Ni por los huérfanos en desamparo.

No. Se hizo por otra instrucción. Ésta a su vez fulminante.

Esta instrucción la dictó, en un arrebato, el mandatario extranjero, allende la Frontera del Norte.

Este mandatario impetuoso escuchó quejas del desorden y el horror en el patio trasero.

Allende la Frontera del Norte había malestar.

Un patio trasero sigue siendo un patio.

Y el patio trasero tenía tiempo ocasionando inconvenientes.

Los peregrinos lo atravesaban por millares.

Así que, en un arrebato, el mandatario extranjero, allende la Frontera del Norte, dictó aquella instrucción fulminante.

Tuve un sueño; un sueño raro.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.